La vecina del piso de arriba
7 minLa vecina del piso de arriba
Era viernes y la humedad se metía por las ventanas como una caricia lenta, pegajosa, insaciable. En el barrio de Palermo, donde los árboles se besaban con el viento y las calles olían a café recién hecho y asfalto mojado, Lucía subió las escaleras de su edificio con los zapatos descalzos y el pelo suelto. Iba a devolverle un libro a su vecina del piso de arriba, una mujer llamada Aisha que había mudado hacía tres meses y que ya se había vuelto una presencia constante en la mente de Lucía desde el primer día.
Aisha no era argentina: era nacida en Senegal, criada entre Dakar y París, y hablaba con ese acento que mezclaba la dulzura africana con la precisión francesa. Tenía la piel color miel oscuro, los ojos almendrados que brillaban como obsidiana bajo la luz del atardecer, y una risa que sonaba como campanillas en una brisa cálida. Lucía, por su parte, era morena de ojos verdes y piel clara, con los brazos tatuados de pequeños símbolos que parecían hojas y flores —una herencia de su abuela cubana— y una forma de moverse que era a la vez torpe y seductora.
—¡Aisha! —llamó desde la puerta, toqueteando la tira de papel de la encuadernación del libro.
—¡Pasá! —respondió una voz profunda y cálida.
La puerta se abrió. Aisha llevaba una camiseta blanca demasiado grande, desabrochada hasta el ombligo, y shorts de algodón que dejaban ver sus piernas largas y firmes. No usaba sostén, y Lucía notó de paso cómo los pezones se endurecían al contacto con el aire condicionado, como dos pequeños capullos al borde de florecer.
—Gracias por devolverlo —dijo Lucía, intentando no mirarle directo a la entrepierna, pero no pudiendo evitarlo: la tela del shorts se marcaba su entrepierna hinchada, una protuberancia suave y firme que parecía respirar con ella.
—No hay de qué —respondió Aisha, cerrando la puerta con lentitud, como si el acto en sí ya fuera un preludio—. ¿Querés sentarte un rato? Estoy haciendo té de jengibre.
Lucía asintió. No por el té. Por la forma en que Aisha la miraba, con los labios ligeramente entreabiertos, como si ya estuviera saboreando algo dulce y peligroso.
Se sentaron en el sofá, cerca, demasiado cerca. Las rodillas se rozaban. El té hervía en una tetera de acero, soltando vapor que subía en espirales lentas. Aisha tomó una taza, se la ofreció a Lucía. Sus dedos se tocaron. Una descarga.
—Vos tenés las manos frías —dijo Aisha, frotando el dorso de la mano de Lucía con el pulgar.
—Y vos tenés los ojos calientes —respondió Lucía, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello y le encendía las mejillas.
Aisha sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta los ojos, y también hasta la boca, y a Lucía le pareció que el mundo se detuvo un segundo, como si el tiempo se hubiera olvidado de avanzar.
—¿Te gustan los poemas? —preguntó Aisha, sacando un cuaderno pequeño del bolso—. Escribí uno esta mañana.
—Claro que sí —dijo Lucía, acercándose un poco más.
Aisha abrió el cuaderno, hojó algunas hojas, y comenzó a leer en voz baja, con un ritmo que era casi musical. El poema hablaba de raíces, de agua, de piel que se reconocía antes que los ojos. Había versos que decían: *“Tu cuerpo es un río que yo querría recorrer con la boca cerrada, pero el alma abierta”*, y *“No es pecado lo que nos mira desde lejos: es hambre, es sed, es gana de tocar sin pedir permiso”*.
Lucía tragó saliva. Sentía la entrepierna húmeda, y no por el té.
—¿Te gustó? —preguntó Aisha, cerrando el cuaderno.
—Me gustó más vos que el poema —dijo Lucía, y en su voz no había miedo, solo una verdad que llevaba semanas callando.
Aisha no respondió con palabras. Se levantó, se acercó, y puso una mano en la mejilla de Lucía. Su piel era cálida, suave, con una ligera textura de aceite de coco. Lucía cerró los ojos. Sintió el aliento de Aisha en el cuello, el roce de sus pestañas contra su mejilla, y luego, su labio, lento, seguro, sobre su cuello.
Un gemido se le escapó, casi imperceptible.
—Vos tenés el cuello de miel y sal —susurró Aisha—. Me mata.
Lucía abrió los ojos. Estaban frente a frente, a escasos centímetros. Aisha la miraba como si la estuviera descubriendo por primera vez, como si su cuerpo fuera un mapa que aún no había leído.
—¿Puedo…? —preguntó Lucía, con voz temblorosa.
—Cualquiera pregunta, pero nadie pregunta si quieren garchar.
Lucía rio, nerviosa. Aisha también. Y luego, sin más, se inclinó y le besó la boca.
Fue un beso lento, investigador. Los labios de Aisha eran gruesos, húmedos, y sabían a jengibre y miel. Lucía sintió cómo su lengua le rozaba los dientes, cómo su mano subía por su espalda y se hundía en su pelo, tirando suavemente, invitándola a abrirse. Lucía lo hizo.
Y cuando sus lenguas se tocaron por primera vez, fue como si el mundo se hubiera vuelto más grande y más pequeño al mismo tiempo. El aire se volvió denso, cargado, húmedo. El té se había enfriado. El libro seguía sobre la mesa. Pero nada de eso importaba.
Aisha la empujó suavemente hacia atrás, hacia el sofá. Lucía se dejó caer, con las piernas abiertas y el corazón latiendo como un tambor de fiesta. Aisha se sentó sobre ella, con las rodillas a los lados de la cadera de Lucía, y se inclinó para besarle el cuello otra vez, mordisqueando la línea de su mandíbula, bajando despacio, hasta el borde de la camiseta.
—Vos tenés un cuerpo que me da ganas de rezar —susurró, mientras desabrochaba con lentitud los botones delanteros del sujetador de Lucía.
Lucía se estremeció cuando Aisha le tocó los pechos, con las manos cálidas y seguras, masajeando con el talón de las palmas, jugando con los pezones que ya estaban duros y sensibles. Aisha los chupó uno por uno, lento, con la boca abierta, con los labios rozando la piel sensible, hasta que Lucía no pudo más y arqueó la espalda, gimiendo bajo la lengua de Aisha.
—Decime si te gusta —dijo Aisha, mirándola a los ojos mientras le separaba las piernas con la rodilla.
—Sí, sí, sí —respondió Lucía, con voz rota—. Me matás.
Aisha se inclinó y le quitó los shorts con una sola mano, tirando con fuerza suave. Lucía estaba desnuda debajo de la camiseta, con la concha limpia, pelada, húmeda. Aisha la miró un segundo, como si estuviera grabando cada detalle en su memoria, y luego bajó la cabeza.
Sus labios se posaron sobre el clítoris de Lucía. Fue un beso seco, breve, antes de que la lengua entrara en escena. Garchó con lentitud, lamientas largas que iban de adelante hacia atrás, rozando los labios internos, buscando el punto que ya sabía que le haría gritar.
Y cuando lo encontró, Lucía se deshizo en sus manos.
Gimió, se arqueó, intentó empujar su cuerpo hacia adelante, pero Aisha la sujetó con firmeza por las caderas, y siguió lamiendo, con más fuerza, más profundidad, hasta que Lucía sintió que su cuerpo se partía en dos.
—Aisha, no puedo más… —murmuró, con los ojos cerrados y el aliento cortado.
—Entonces no lo digas —respondió Aisha, levantándose y desabrochándose la camiseta—. Vamos a hacerlo de otra manera.
Se quitó la camiseta, y Lucía vio su cuerpo por primera vez: pechos redondos, pezones oscuros, vientre plano, y entre las piernas, una vulva que era una obra de arte: labios gruesos, oscuros, hinchados, y un clítoris que parecía una pequeña perla escondida bajo su capucha.
—Vení —dijo Aisha, tomándole la mano—. Acostate boca abajo.
Lucía obedeció. Se acostó boca abajo, con la cabeza sobre los brazos cruzados, y sintió el peso de Aisha sobre su espalda. Luego, la mano de Aisha bajó por su cadera, se deslizó por su vientre,
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.