La vecina del piso de arriba
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Sí, esa que uso para salir a comprar pan a las siete y media de la mañana, con su bata de algodón y el cabello suelto, medio dormida. La que siempre me saluda con una sonrisa rápida, los ojos azules como vidrio mojado y una mano en la cadera mientras abre la puerta del elevador. Me llamó ayer, por primera vez, por su nombre: *Gaby*. Y yo, que ya llevaba meses notando cómo se mordía el labio cuando me veía con los pantalones ajustados, sentí un cosquilleo en la nuca, como una descarga eléctrica de bajo voltaje.
—¿Te molesta que te pida un favor? —me dijo, metiéndose en mi departamento sin esperar invitación. Se notaba que ya había estado ahí antes, en las noches en que mi esposa viajaba y yo me quedaba solo, pero nunca antes había entrado con esa seguridad.
No respondí. No hacía falta. La dejé pasar, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, con las manos en los bolsillos, viéndola caminar hasta el sofá. Se quitó las sandalias con un suspiro, se sentó cruzando una pierna sobre la otra, y se pasó la lengua por los dientes como quien prueba el aire antes de saltar al agua.
—Estaba lloviendo —empezó, sin mirarme—. Me asusté cuando tronó el trueno. Me acordé de que dijiste que tenías una botella de tequila del 2012. ¿Todavía está?
—Sí —dije, y me levanté a buscarla.
La saqué de la alacena, con el estuche de madera y todo. Se puso de pie de golpe y me tomó el brazo. No con fuerza, pero con intención.
—No la abramos aquí —dijo—. Vamos al cuarto.
Me gustó cómo lo dijo. No como una orden, ni como un ruego. Como una certeza. Como si ya hubiéramos pasado esa parte y ahora solo faltara el detalle.
Abrí la puerta, dejé que entrara primero. El cuarto estaba a oscuras, pero no me importó. Encendí la luz baja del velador, la que deja un haló de cálido en la pared, y me senté en el borde de la cama. Ella se acercó despacio, como si temiera que yo me levantara y me fuera. Pero no lo hice. Me quedé quieto, con las manos en las rodillas, observándola.
Se quitó la bata. No con prisa. Con un ritmo que yo conocía: primero el cordón de la cintura, luego los hombros, y por último, las tiras de la espalda. La seda se deslizó por su piel y cayó al suelo como una hoja seca. Estaba morena, pero con pecas que brillaban como polvo de oro en los hombros y el estómago. Las mamas no eran grandes, pero perfectas: redondas, firmes, con pezones oscuros y erectos. Me recordó a las uvas negras que venden en la colonia Roma, después del mediodía, cuando el sol las calienta un poco.
—¿Puedo? —preguntó, y se arrodilló frente a mí.
No dije nada. Solo le tomé la mano y la obligué a mirarme. Sus ojos temblaban. No de miedo. De ganas.
—No preguntes —le dije—. Solo hazlo.
Se levantó, me desabotonó la camisa, uno por uno. Los botones se atravesaron en el camino, pero ella no se desesperó. Con cada botón que abría, sentía su aliento en el pecho, cálido y húmedo. Cuando quedé en camiseta, me agarró de los hombros y me empujó suavemente hacia atrás. Me dejé caer sobre la cama, sin romper el contacto visual. Ella se subió, se sentó a horcajadas sobre mis muslos, con las manos en mi pecho, los codos doblados, el vientre contra el mío.
—Tú me miras —dijo—. No cierres los ojos.
Y sí, los mantuve abiertos. La vi bajar la cabeza, meter la lengua en mi ombligo, hacer círculos lentos, cada vez más profundos. Me agarre de sus caderas, sentí su piel húmeda ya, aunque no sudaba. Le apreté un poco, para que se acercara más. Y entonces, con una mano, me desabrochó el pantalón. No me lo bajó de golpe. Lo bajó despacio, como si desenrollara una cinta de caramelo, dejando que el aire se metiera entre los dos, entre el algodón y mi piel, entre el calor y el deseo.
Me miró por encima del hombro, con una sonrisa de medio lado, y me susurró:
—¿Quieres que te toque?
—Sí —dije, y sentí mi voz ronca.
Me giró la cabeza para que no la viera, pero no importaba. Ya la sentí. Los dedos, fríos al principio, luego calientes, rozando la cabeza de mi verga, rodeándola, acariciándola suavemente, como si no quisiera romper algo. Me puse rígido. No pude evitarlo. Me agarré de las sábanas. Ella se rió entre dientes, una risa baja, gutural, como de gato satisfecho.
—Ya te toqué antes —me dijo, sin soltar la verga—. En la fiesta de la señora del décimo piso. Te dije que te gustaba, pero no lo creí.
—Lo creí después —respondí, jadeando—. Pero no me atreví.
—Ahora te atreves.
Y sí. Me atreví. Le tiré de la cabeza, le aparté el cabello de la cara, y la besé. Fue un beso brusco, con lengua y dientes, con ganas. Ella me correspondió, con los dedos ainda en mi polla, moviéndose al ritmo de los besos. Luego, con un movimiento suave, se deslizó hacia abajo, me bajó el pantalón y los boxer, y se quedó mirándome, sentada sobre mis piernas, con la verga apuntando al techo, tiesa y brillante.
—Eres grande —dijo, y me pasó la mano por el glande—. Como para meterme hasta el fondo.
Me encantó cómo lo dijo. No como una provocación. Como una promesa.
Me senté, la tomé de las nalgas, la levanté un poco y la guié. Ella se estiró, se abrazó a mi cuello, y se sentó despacio, bajando sobre mí, como si el agua se derramara en un vaso de cristal. Se detuvo a medio camino, con la verga aún fuera, y me miró a los ojos.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Solo quiero sentirte todo.
Y bajó. Hasta el fondo. Me puse los ojos blancos. Sentí su cuerpo estirarse, su vagina apretándose, la humedad, el calor. Se movió un poco, como para acostumbrarse, y luego empezó a subir. Lento. Muy lento. Cada vez que bajaba, me frotaba el pubis contra el suyo. Cada vez que subía, sentía cómo su clítoris rozaba mi vientre.
No dije nada. Solo la miraba. La vi sudarle la frente, la vi cerrar los ojos cuando se dio cuenta de que yo la sujetaba fuerte, con las manos en las caderas, empujando hacia arriba con cada descenso. Ella jadeaba, suspiraba, y de vez en cuando me decía “sí”, “así”, “más”, como si estuviera rezando.
Y entonces, sin que lo esperara, se inclinó hacia atrás, me tomó de las manos y se puso de pie sobre mis piernas, con la verga aún dentro, y empezó a moverse como una serpiente, con las caderas en círculos, con los muslos apretados, los pechos moviéndose al ritmo de sus movimientos. Me miraba fijo, con los labios entreabiertos, con los ojos húmedos.
—Marco —dijo, por primera vez mi nombre completo—. Ya no puedo más.
—Yo tampoco —respondí, y le apreté las nalgas.
Ella se arqueó, se dio cuenta de que yo iba a correrme, y se dejó caer de golpe, hundiéndome hasta la raíz. Y entonces sí, sentí cómo la verga me temblaba, cómo el cuerpo me temblaba, y cómo ella me apretó con toda fuerza, como si no quisiera soltarme nunca.
Me corrió dentro, con fuerza, como si fuera la última vez que nos veríamos. Me corrió y ella también, con un grito ahogado en mi hombro, con los dientes hundidos en mi piel, como si me mordiera para que no se olvidara.
No hablamos después. Solo nos quedamos ahí, uno encima del otro, sudados, con las piernas temblando, con la respiración pesada. Ella se volvió a recostar, puso su cabeza en mi pecho, y me acarició el estómago con la punta de los dedos.
—Mañana no te veo —dijo.
—Sí —dije—. Mañana sí te veo.
—¿A las siete y media?
—Sí. Con el pan.
Y me besó, de nuevo, pero esta vez suave. Como un adiós, pero también como un hasta luego.
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