La vecina del cuarto piso me invitó a subir
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Sí, la vecina del cuarto piso. La que siempre sale con ese short ceñido que le marca las nalgas como si fueran dos melones recién cortados, y esos topitos de encaje que apenas contienen lo que prometen. Me he cruzado con ella docenas de veces en el ascensor, siempre con una sonrisa rápida, un “buenos días, Marco” casi susurrado, los ojos bajos, como si tuviera miedo de que la viera más de la cuenta. Pero hoy cambió todo.
Estaba en la puerta de mi departamentito, con las llaves en la mano y el paquete de leche en el otro brazo, cuando escuché su risa. Baja, cálida, con un eco de picardía que no le había oído antes. Volteé. Ella estaba justo al lado, en el pasillo, con una botella de tequila en una mano y dos vasos pequeños en la otra. Usaba un vestido de tirantes, negro, con una abertura lateral que dejaba ver una pierna larga, bronceada, sin un solo vello fuera de lugar.
—¿Te importa si uso tu baño? —me preguntó, sin sonar como una petición—. Se me cayó el tapón del lavabo y no tengo desatascador.
—Claro —dije, y apenas logré sonar sereno, pero dentro, el corazón me latía como si quisiera salirme por la boca.
Abrió la puerta, entró, y yo la seguí, casi sin pensar. El departamento era limpio, minimalista, con una cama grande en el fondo, deshecha, como si no hubiera dormido bien. El olor a vainilla y algo más, algo más humano, como sudor seco y perfume caro, me golpeó en el pecho.
Se quitó los zapatos de tacón con lentitud, dejando al descubierto unos pies pequeños, los dedos perfectamente alineados, uñas pintadas de rojo oscuro. Se acercó al baño, y antes de entrar, se volteó. Me miró fijo. No bajó los ojos esta vez. Me devoró con la mirada. Me sentí desnudo ya, aunque llevaba pantalón corto y camiseta.
—¿Quieres un trago? —preguntó, y su voz ya no era un susurro. Era una promesa.
—Sí —dije, y no necesité más palabras.
Ella sonrió, esa sonrisa que me hizo recordar que tenía una boca hecha para chupar y morder. Metió la botella en el congelador por diez segundos, sacó los vasos, y vertió el líquido transparente con una precisión casi sensual. Me handed uno. El vidrio estaba frío, pero el tequila dentro, por el efecto del metal, parecía arder.
—Brindo por que no te caiga agua encima cuando subas la escalera —dijo ella, y alzó su vaso.
—¿Y si me cae? —pregunté.
—Entonces te ayudo a secarte —respondió, y bebió de un trago, dejando el cuello expuesto, la nuez moviéndose con cada deglutición.
Me acerqué. Ella no retrocedió. Me detuve a un palmo de su cuerpo, lo suficiente para sentir su calor, para oler ese perfume que ahora me recordaba a cama caliente y piel húmeda. Le devolví el vaso vacío y le toqué la cintura con la punta de los dedos. Ella no se apartó. Al contrario, se inclinó hacia mí, y su aliento rozó mi oreja.
—¿Sabes cuántas noches he imaginado esto? —susurró—. Que te veo pasar, que te imagino sin camisa, que te imagino… conmigo.
No esperé más. Le pasé una mano por la nuca, sentí su cabello sedoso, y la besé. Fue fuerte, húmedo, con lengua que buscaba la mía con urgencia. Su boca sabía a tequila, a sal, a algo dulce que no pude nombrar, pero que quería volver a saborear. Me aferré a ella, la apreté contra mí, y sentí cómo su pecho se hinchaba con la respiración acelerada.
Me separé apenas para mirarla. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados, la mirada vidriosa. Me tomó de la camiseta y la jaló hacia arriba. Yo la ayudé, y la sacó por encima de la cabeza, dejando al descubierto un sostén de encaje negro, que apenas contenía unos senos redondos, firmes, las areolas oscuras y hinchadas.
—Dime si quieres que pare —dijo ella, y su voz ya no era una promesa. Era una orden.
—No —respondí, y la tomé de la cintura, la levanté con una facilidad que me sorprendió, y la tiré sobre la cama.
Ella no se rindió. Se sentó de golpe, sin preocuparse por la caída, y me miró mientras me quitaba la camiseta. Luego, con lentitud, se bajó los shorts, dejando al descubierto una slip de satín negro, mojado ya en la entrepierna. Me señalo con el dedo índice.
—Quiero verte. Todo.
Me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con una lentitud cruel, y sacó mi pene ya medio duro, la punta húmeda, el glande brillante. Me lo agarró con ambas manos, lo frotó lentamente, y bajó la cabeza. Me chupó la cabeza con suavidad, luego con más fuerza, hasta que la boca le temblaba y los ojos se le humedecían. Me llevé las manos a su cabello, no para apretar, sino para sentir su piel, su calor, su urgencia.
—Ahora —dije, y ella se levantó, me deshizo los pantalones, y se quitó el slip con una sola mano. Me mostró su sexo: labios hinchados, rosados, con un pequeño monte de vello castaño que se perdía entre sus muslos. Me acerqué y le metí un dedo. Estaba caliente, mojada, tensa. Se estremeció, y me miró con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Más —rogó.
Le metí dos dedos, los curvé hacia arriba, buscando su punto, mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris, ya endurecido bajo el dedo. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, como un gato que se rinde al placer. Se puso de rodillas frente a mí, me agarró del pene, que ya estaba duro hasta la raíz, y me lo metió en la boca, chupando con fuerza, como si quisiera sacarme la vida por la punta.
—Vamos a la cama —dije.
Me montó sobre ella, con las piernas abiertas, y se bajó sobre mí, lentamente, hasta que todo mi pene desapareció en su interior. La sentí apretada, caliente, con un flujo que me envolvió como un manto. Se movió con lentitud, al principio, como si probara el tamaño, el calibre, la forma. Luego, con más fuerza, con más urgencia. Su cabeza rodaba hacia atrás, el cabello le cubría la cara, y cada vez que se hundía en mí, soltaba un gemido que me sacudía los nervios.
Yo le agarré las nalgas, las apreté, las separé, y la empujé contra mí, con más fuerza, con más saña. Ella gritó, una vez, dos veces, y luego dejó salir una risa nerviosa, loca, como si no pudiera creer lo que estaba pasando.
—Tú eres el diablo —dijo, y me mordió el hombro, dejando un marca roja.
—Y tú, mi ángel caído —respondí, y la tomé del pelo, la obligué a mirarme, y la follar con todo lo que tenía, sin cuidado, sin miedo, solo deseo, solo carne, solo calor.
Ella se vino con un grito que llenó todo el cuarto, los ojos cerrados, la boca abierta, las manos aferradas a mis brazos. Yo la seguí, la sujeté por la cintura, la clavé contra la cama, y me vencí dentro de ella con un estremecimiento que me subió por la espalda hasta la nuca.
Se quedó ahí, sobre mí, sudada, agitada, con los ojos abiertos, mirándome como si me vieran por primera vez.
—¿Lo repetimos mañana? —pregunté.
Ella sonrió, y me acarició la cara con una ternura que no esperaba.
—Sí —dijo—. Mañana, y todos los días que quieras.
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