La vecina del cuarto piso
4 minLa vecina del cuarto piso
La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del departamento del tercer piso, y Valeria, con el pelo aún húmedo de la ducha, se wrappeó en una toalla y se acercó a la puerta cuando escuchó el timbre. No esperaba a nadie. Ni siquiera tenía claro que fueran a tocarle ese día. Pero ahí estaba: Sofía, del cuarto piso, con una botella de vino tinto en una mano y una sonrisa que le arrancaba el aire de los pulmones.
—¿Te molesto? —preguntó Sofía, con la voz un poco más aguda de lo usual, los ojos oscuros y el pelo recogido en un nudo torpe sobre la nuca—. Se cortó la luz en mi piso y se me cayó una vela encima de la cama. Quemé la sábana.
Valeria se echó a reír, y dejó que la otra entrara. La toalla le rozaba los muslos, y sintió cómo el frío del ambiente le erizaba la piel, pero también el calor de la presencia de Sofía, que olía a lavanda y humedad.
—Pasá, che —dijo, y cerró la puerta con un clic seco—. Siempre me dijeron que la primera vez que te quema la cama, es porque estás con la persona equivocada.
Sofía se volteó, con una ceja alzada, y se sentó en el borde del sofá. Se desabrochó la blusa mojada, despacio, y dejó que se deslizara por los hombros. Debajo, tenía una camiseta fina, pegada al cuerpo, y bajo la tela, los pechos se marcaban con cada respiración. Valeria no disimuló la mirada. No tenía sentido.
—¿Y vos? —preguntó Sofía, con la voz más baja ahora—. ¿Con quién quemaste tu cama?
—Con nadie —dijo Valeria, y se sentó frente a ella, cruzando las piernas—. Me pasé la última media hora pensando si venías a pedirme un vaso de azúcar o si me querés robar el vino.
Sofía soltó una risita corta, y se acercó la botella a los labios. Bebió un trago largo, sin sacar los ojos de Valeria. Luego, se secó la boca con el dorso de la mano.
—Quizás las dos cosas.
El silencio se cargó. La lluvia seguía golpeando, pero ahora parecía una percussionista al servicio de algo más antiguo y profundo. Valeria se levantó, se acercó al sofá, y se sentó a un costado. Cerca. Tan cerca que sintió el calor de la otra.
—Mirá —dijo Sofía, y alargó la mano, con la punta de los dedos rozó el borde de la toalla—. Te la veo temblar.
—Es el frío —mintió Valeria, pero no se movió.
—No —dijo Sofía, y le agarró la muñeca—. Es vos. Me mirás como si quisieras meterme la lengua en la concha.
Valeria le soltó un suspiro caliente en el cuello, y por primera vez, la toalla se le movió un poco más, dejando al descubierto la curva de la cadera.
—¿Y vos? —musitó—. ¿Me querés meter la lengua en la concha o solo querés verme hacerlo?
Sofía no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, y con la mano libre, le desató el nudo de la toalla. La tela se deslizó hacia atrás, dejando al descubierto el cuerpo entero: piernas firmes, cintura estrecha, pechos pequeños y firmes, y entre las piernas, el vello oscuro, húmedo ya, por el calor o por la anticipación.
Valeria le rozó el muslo con la punta de los dedos, despacio, como si temiera que Sofía se esfumara.
—Vení —dijo la otra, y le agarró la mano, llevándosela al centro del pecho—. Sentí lo que me hacés.
Y cuando Valeria se inclinó, y le mordió la oreja, y le pasó la lengua por el cuello, Sofía gimió, un sonido gutural, ronco, que sonó como una orden.
—Sacá la camiseta —susurró—. Quiero verte.
Y cuando Valeria lo hizo, y quedaron frente a frente, sin nada que las separara, Sofía le pasó las manos por la espalda, y las bajó hasta la altura de las nalgas, y las apretó, y las juntó, y se inclinó, y le metió la lengua en la boca, con una seguridad que no tenía antes.
Valeria garchó en el sofá, con las piernas abiertas, y la otra encima, y las manos de Sofía recorriendo cada centímetro, hasta que le rozó el clítoris con el pulgar, y le dijo:
—Sí, así. Quiero que te vengas con mi boca encima.
Y Valeria, con la cabeza arqueada, los ojos cerrados, y la respiración rota, se dejó llevar, porque sabía que esa noche, la lluvia no iba a parar, y tampoco lo que había empezado.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.