La vecina del cuarto piso
La luz del amanecer se colaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, dibujando rayas doradas sobre el piso de madera del apartamento del cuarto piso. Lucía ya estaba despierta, sentada frente al espejo del baño, con una toalla enrollada en el cabello húmedo. Se miraba con calma, sin prisa, como si estuviera repasando un retrato antiguo que conocía bien pero aún le resultaba nuevo. Su rostro era suave, con pómulos definidos pero no agresivos, labios carnosos que siempre parecían estar a punto de sonreír —aunque ahora guardaban una expresión serena, casi distante. Se secó la cara con movimientos lentos, sin frotar, como si el agua aún fuera parte de su piel.
Desde la cocina, donde habían dejado caer una taza de café humeante sobre la mesa, Santiago —el vecino del tercero— la observaba a través de los binoculares que siempre guardaba en su escritorio, como si fueran un instrumento de trabajo, no un hábito. No era espiando, le decía a sí mismo. Solo notando. Observando. Como quien nota que hoy hace más frío, que el árbol del parque pierde más hojas de lo habitual. Ella había empezado a salir temprano, con gorra de lana y bufanda, aunque el clima ya calentaba. El jueves pasado, cuando el edificio perdió la luz por una hora, lo había encontrado sentado en su puerta, sin pedir permiso, ofreciéndole una barra de chocolate con una sonrisa que no le hizo sentir incómodo, sino… seenervioso, sí, pero de un modo que no lograba identificar.
—¿Necesitas algo? —le había preguntado ella, la voz clara, sin timbre de pregunta, solo constatación.
—No, solo… estaba ahí —había respondido él, sin bajar la vista.
Ella había asentido, como si eso fuera suficiente.
Hoy, sábado, no tenía clase temprano. Se había quedado hasta tarde ayer en el estudio de danza del tercer piso, ese que alquilaba una vez por semana para ensayar con su grupo pequeño. Santiago lo sabía porque lo veía subir la escalera con una bolsa de lona, porque escuchaba el eco de sus pasos en el pasillo. No era obsesión, era solo que él notaba. Que le gustaba notar.
La puerta del cuarto piso se abrió entonces, con un chasquido suave, como si el aire se hubiera cansado de contenerse. Ella salió al balcón, envuelta en un albornoz de algodón crudo, de那些 que parecían hechos para envolver cuerpo y alma. El nudo estaba deshecho a la altura del pecho, y por un instante Santiago sintió que el mundo se detenía: la luz se detenía, el viento se detenía, incluso su propia respiración. El algodón se abría ligeramente al costado, dejando ver la curva de su cadera, la suavidad del vello pubiano recortado con cuidado, y la línea oscura de una cicatriz que bajaba desde el ombligo hasta donde el algodón se cerraba de nuevo. Una cicatriz de cirugía, claro. Él lo sabía. No por curiosidad malsana, sino porque ella le había hablado de eso una vez, mientras mezclaba su té de manzanilla con los dedos entrelazados en la mesa del ascensor.
—Me dijeron que iba a doler menos —había dicho ella—. Pero lo que duele más no es físicamente.
—¿Y qué es? —había preguntado él, sin quererlo.
Ella había sonreído, esa sonrisa que no le daba miedo, sino curiosidad.
—Es que ahora te acostumbras a mirarte y preguntarte: ¿esta es la que esperaba? ¿O la que finalmente elegí?
Había bajado la vista, como si la respuesta estuviera en el suelo.
—Todas son las mismas —había respondido él, sin pensar—. Solo cambia el espejo.
Ella lo había mirado entonces, y por primera vez, él sintió que no era solo observado, sino *visto*.
Ahora, desde su ventana, él veía cómo se estiraba lentamente, con los brazos hacia arriba, los dedos separados como si quisiera tocar el cielo, pero sin presión. El algodón se movía con el gesto, rozando la piel de su muslo, y por un instante, Santiago sintió que el aire de su habitación se volvía más espeso. No por deseo bruto, sino por tensión. Por anticipación. Como cuando se escucha el primer acorde de una melodía que ya se sabe, pero que aún no se ha terminado de tocar.
—¿Te importa si fumo aquí? —preguntó Lucía, sin voltear hacia su ventana, pero sabiendo que él estaba ahí.
Él no respondió con palabras. Solo asintió, con un movimiento casi imperceptible, y ella sonrió de nuevo.
Subió las escaleras con calma, sin apuro, como si no le importara que lo hiciera. Se detuvo frente a su puerta, sin tocar. Esperó. Santiago la abrió antes de que pudiera dudar.
—Pasá —dijo él.
Ella entró sin apuro, dejó su taza de café en la mesa del comedor, se quitó el albornoz con movimientos suaves, dejándolo caer sobre una silla como si fuera una capa de teatro. No era exhibicionismo. Era naturalidad. Como quitarse una chaqueta. Como respirar.
Se sentó en el sofá, con las piernas juntas, pero no rígidas. Con los hombros relajados, la columna erguida, pero no orgullosa. Se cruzó las manos sobre el regazo y lo miró directo, sin esquivar.
—Me gusta cómo me mirás —dijo ella.
—¿Sí? —preguntó él, acercándose lentamente, sentándose al otro extremo del sofá, sin tocarla.
—Sí. No como si estuvieras buscando algo que no está. Como si ya supieras que está todo bien.
Él guardó silencio un momento. Luego, con la mano derecha aún sobre su muslo, levantó la izquierda, lentamente, como si cada centímetro fuera una decisión consciente. Se detuvo a un par de centímetros de su rostro, sin tocarla. Ella no se movió. Solo lo miró, con los ojos abiertos, sin parpadear.
—¿Puedo? —preguntó él, en voz baja.
Ella asintió, apenas, como si su cabeza fuera una pluma sobre el agua.
Sus dedos rozaron su mejilla, con la suavidad de una hoja de papel que se desliza sobre otra. Sentó la palma en su nuca, con delicadeza, sin presión. Ella cerró los ojos, y por un instante, su respiración se volvió visible, leve, casi inaudible.
—Sos muy lento —dijo ella, con los ojos aún cerrados.
—Y vos muy paciente —respondió él, acercando el rostro.
Su boca encontró la suya con una lentitud que no era tímida, sino intencional. Como quien enciende una vela: con la llama bien apuntada, sin prisa, pero con certeza. Lucía respondió con un suspiro suave, con la mano que había dejado sobre su muslo subiendo lentamente, rozando la tela de sus pantalones, sin llegar más allá. Él apretó ligeramente su nuca, no con fuerza, sino como para mantener el ritmo. El beso no se volvió urgente. Se volvió *profundo*, como si cada segundo fuera una palabra que se decía despacio, para que se grabara en la memoria.
Cuando se separaron, sus frentes seguían rozándose, sus respiraciones entrelazadas.
—¿Sabés qué me gusta de vos? —preguntó ella, con la voz un poco más rota.
—¿Qué?
—Que no mirás mis costuras. Mirás lo que está entre ellas.
Él sonrió, por primera vez en esa tarde, con la boca abierta, sin vergüenza.
—Yo también te veo así.
Ella asintió, y esta vez lo besó de nuevo, más hondo, más lento, como si quisiera que el tiempo se quedara ahí, en ese instante, entre sus labios y sus dedos, entre el calor del sofá y la luz del sol que ya no era dorada, sino naranja, suave, como un velo.
No hubo más que eso esa tarde. No hubo ropa que se quitara. No hubo cuerpo que se ofreciera. Solo besos lentos, manos que aprendían formas nuevas, miradas que se decían cosas que las palabras no alcanzaban. Y cuando ella se fue, se llevó consigo el albornoz que había dejado sobre la silla.
—Se me olvidó —dijo ella, con una sonrisa que no ocultaba nada.
—Me lo quedo, entonces —respondió él.
Ella asintió, y esta vez, sí, se fue. Pero antes de cerrar la puerta, se volteó una última vez.
—Mañana… ¿ensayamos?
Él no respondió con palabras. Solo asintió.
Como siempre.
¿Te ha gustado? Valóralo