La vecina del 402
La primera vez que la vi fue un martes de lluvia, cuando bajé al basurero con una bolsa de plástico negra y los hombros mojados. Subía por el pasillo con una playera ajustada que se le pegaba al pecho como segunda piel, el cabello negro y crespo cayéndole sobre los hombros, y esas nalgas que no cabían en el jean que traía puesto. Me miró de reojo, con una sonrisa apenas insinuada, y dijo: “Oye, ¿tienes fuego?”. No fumaba, pero saqué un encendedor del bolsillo de mi chamarra y se lo prendí. Sus labios rodearon el filtro con lentitud, como si estuviera probando algo más que tabaco. “Gracias, vecino”, me dijo, y se fue con un movimiento de cadera que me dejó clavado en el quinto piso.
Desde entonces, cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, había un roce, una mirada que se alargaba más de la cuenta. Un “¿todo bien?” que sonaba a invitación. Hasta que ayer, finalmente, se rompió el hielo. Llovió fuerte desde la tarde. A las ocho, escuché que alguien tocaba a mi puerta. Abrí y era ella, con el pelo mojado, una sudadera gris y los pies descalzos sobre el piso de cerámica. “Se me fue la luz”, dijo. “¿Puedo pasar un rato?”. Asentí, y entró como si ya conociera el camino.
Nos sentamos en el sillón. La lluvia golpeaba las ventanas. No dijimos mucho al principio. Solo el sonido de su respiración, la humedad en el aire, el olor a tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta. Me miró con esos ojos oscuros, profundos, y me dijo: “¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? Que no intentas agradar. Solo miras, y ya”. No respondí. Me acerqué, le tomé la cara con ambas manos y la besé. Fue un beso hondo, de lengua y dientes, como si lleváramos años esperando ese momento.
Me respondió con hambre. Sus manos bajaron por mi espalda, se colaron bajo mi camisa, me arañaron como si quisiera marcar. Me desabrochó el cinturón con una sola mano, sin dejar de besarme. Me bajó el pantalón con urgencia, y cuando mi verga quedó libre, la tomó con firmeza, como si fuera suya. “Joder”, murmuró, “está buena”. Me encendió el oído con eso. La tomé de las nalgas, apreté, y la subí a mi regazo. Me miró, se mordió el labio, y empezó a moverse. Lentamente al principio, luego más fuerte, más rápido. Sentía su calor, su humedad, cómo se ajustaba a mí como si estuviera hecha para caberme.
—¿Así? —me preguntó, con la voz entrecortada.
—Así, así —le dije, agarrándola de las caderas, empujando más adentro.
Se inclinó, me besó el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja. “Quiero que me cojas en todas”, dijo. “En todas las posiciones. Quiero que me chingues hasta que no pueda caminar”. Me encendió. La tomé de los hombros, la bajé al suelo, le quité la sudadera, el sostén. Tenía los pezones oscuros, duros. Me lancé a ellos, los chupé, los mordí. Bajé por su vientre, le quité el pantalón, le separé las piernas. Olía a sexo y a lluvia, a deseo puro. Le pasé la lengua por el muslo, luego por el centro. Gritó cuando empecé a lamerla. Se retorcía, me jalaba el cabello, me decía “sí, así, no pares”.
Cuando volví a entrar, ya no fue lento. Fue violento, carnal. La cargué contra la pared, le abrí las piernas, y empecé a darle con todo. Gemía, gritaba mi nombre, me pedía más. “Más fuerte, más fuerte”, repetía. Y yo le di. Le di hasta que sentí que se corría, hasta que sus piernas temblaron y su cuerpo se dobló como una rama bajo la lluvia.
Nos quedamos en el piso, sudorosos, respirando con dificultad. Fuera, la tormenta seguía. Ella recargó la cabeza en mi pecho, me acarició el brazo.
—Mañana no hay luz —dijo, sonriendo—. Quizá vuelva a pasar.
Y yo, como un idiota, ya estaba listo otra vez.
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