La vecina del 304
Yo nunca quise meterme en líos, de verdad. Pero cuando doña Yenny del 304 me pidió que le ayudara a cambiar el bombillo del baño porque no alcanzaba con su altura, y yo vi cómo se le subía la falda de cuadros mientras se paraba en el banquito de madera, supe que ese era el comienzo del desastre. Yenny, viuda desde hace dos años, con un cuerpo que no perdía ritmo: tetas grandes pero firmes, culo parado como si se hubiera pasado la vida en una silla de montar, y unas piernas que parecían hechas pa’ que un hombre las abriera con los dientes.
—Muchas gracias, don Julián—me dijo, con esa voz de miel que tiene, dulce pero con picardía de por medio.
—Pa’ eso estamos, doña Yenny. Si necesita algo más, no dude en llamarme—le respondí, y me fui caminando despacio, sabiendo que ella me miraba el culo desde la puerta entreabierta.
Pero la cosa no quedó ahí. A la semana siguiente, cuando el edificio se quedó sin luz por un apagón, ella tocó mi puerta a eso de las diez de la noche, envuelta en un albornoz blanco, el pelo mojado, gotas resbalándole por el cuello y el escote. Olía a jazmín y a champú de bebé.
—Don Julián, ¿me presta una vela? Me dio miedo quedarme sola allá arriba.
Le dije que sí, claro, y como buen caballero, le llevé una vela gruesa, de esas que duran horas. Pero cuando subí con ella, porque no iba a dejar que una mujer anduviera sola en la oscuridad, y menos con esos ruidos de tuberías que parecían gemidos, algo cambió. Estábamos en el pasillo del tercer piso, y de repente, sin decir nada, ella se acercó, me puso una mano en el pecho y me miró los labios.
—Usted no es tan santo como aparenta, ¿verdad?
No dije nada. Solo la tomé de la cintura, la pegué a mi cuerpo, y le metí la lengua hasta el fondo. Ella gimió bajo, como si hubiera estado esperando ese beso desde hacía años. Su boca era cálida, húmeda, con sabor a menta y vino barato. Me agarró el pito por encima del pantalón y apretó, fuerte, como si quisiera asegurarse de que estaba listo.
—Vamos adentro—me dijo al oído, con una voz que me encendió los huevos.
Entramos. Cerró la puerta con el pie. Me empujó contra la pared y empezó a desabrocharme el cinturón con manos temblorosas. Yo, mientras tanto, le bajé el albornoz. Quedó desnuda: tetas grandes, con pezones oscuros y parados, el vientre liso, el vello del pubis recortado en forma de triángulo, y las piernas abiertas como si me estuviera invitando a entrar sin pedir permiso.
—Quiero que me la metas duro—me dijo—. Hace mucho que no siento un pito de verdad.
Le agarré las nalgas con fuerza, las separé y le metí un dedo por el culo. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer. Estaba mojada, caliente, el ano apretado pero dispuesto.
—Sí, así… metémela, Julián, no me hagas rogarte.
Saqué el condón del bolsillo —por si acaso—, me lo puse rápido, y sin más preámbulos, le separé las nalgas y le metí el pito de una sola embestida. Ella gritó, se agarró de mis hombros, y empezó a moverse como si estuviera poseída. Yo le daba duro, sin piedad, entrando y saliendo, escuchando el sonido de la carne chocando, los gemidos que salían de su garganta como si fuera una bestia en celo.
—¡Sí! ¡Así, carajo! ¡Más fuerte!—gritaba.
Le agarré el pelo con una mano y empecé a joderla más rápido, más profundo. Sentía cómo mi verga se hinchaba dentro de ella, cómo el culo se le relajaba y me recibía entero. Luego, sin avisar, se soltó, se puso de rodillas, y me sacó el condón con los dientes. Me miró con esos ojos verdes llenos de lujuria y me dijo:
—Ahora te voy a mamar como a un campeón.
Y empezó a chuparme el pito con devoción. Lo tomaba entero, hasta la garganta, sin asco, sin vergüenza. Me lamía los huevos, me mordía suave el glande, y luego volvía a tragárselo. Yo gemía como un niño, agarrado de su cabeza, empujando sin control.
—Doña Yenny… me voy a venir…
—Pues véngase en mi boca, que yo se lo trago todo—me dijo, y siguió.
No aguanté más. Me vine dentro de su boca, con fuerza, con calor. Ella no se detuvo. Siguió chupando, tragando, hasta que no quedó ni una gota. Luego se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me sonrió.
—Ahora sí eres mi vecino favorito.
Pero no terminó ahí. A la semana siguiente, me llamó otra vez. Esta vez no era por un bombillo ni por una vela. Era por otra cosa.
—Don Julián, mi hijo llegó del exterior. Está en casa. Pero no se preocupe… él no sabe que usted existe.
Sentí un calor en el estómago. El hijo de Yenny, Sebastián, era un muchacho de veintiséis años, alto, bronceado, con pinta de tipo que se pasa el día en el gimnasio. Yenny me dijo que estaba dormido, que no me preocupara, que podía entrar por la puerta de servicio.
Lo hice. Silencioso. Yenny me esperaba en el cuarto, desnuda otra vez, pero esta vez con un antifaz negro.
—Quiero que lo hagamos aquí, ahora. Que él nos escuche.
—¿Estás loca?
—Sí—me dijo—. Loca por ti.
Nos jodimos otra vez, con más furia, con más riesgo. Cada gemido era un desafío. Cada embestida, una traición. Y cuando me vine dentro de ella, sin condón, sintiendo cómo mi semilla se enterraba en su vientre, escuché un ruido en la puerta.
Era Sebastián. Estaba ahí, mirando. No dijo nada. Solo se bajó el pantalón y se agarró el pito, que estaba duro como una piedra.
Yenny, sin quejarse, se dio vuelta, se arrodilló, y empezó a chuparle a su hijo. Yo me quedé paralizado, viendo cómo la boca de ella iba y venía sobre ese pito joven, fuerte, lleno de venas. Luego Sebastián me miró.
—¿Quiere probar, viejo?
No supe por qué lo hice. Pero me acerqué. Y entre los dos, sin hablar, sin pedir permiso, nos follamos a Yenny como si fuera la última noche del mundo. Yo por detrás, él por delante, los dos follando al mismo tiempo, ella gritando, llorando, pidiendo más.
Y así, entre paredes delgadas y silencios cómplices, nació una costumbre. Yo sigo casado. Ella sigue viuda. Y su hijo sigue viniendo cada vez que puede. Y yo sigo siendo el vecino del 304. El que sabe cómo cambiar un bombillo… y cómo encender un infierno.
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