La última vez que vine a tu casa

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La lluvia golpeaba con insistencia los vidrios del balcón mientras vos, sentada en el sofá, mantenías los pies descalzos apoyados sobre el cojín desgastado. Ella entró sin hacer ruido, con la capa de lluvia still colgándole de los hombros, el cabello mojado pegado a las sienes, los ojos oscuros como el café sin azúcar. No te miró de entrada. Solo se desabrochó los botones de la camisa, dejando entrever la enagua negra que llevaba debajo, ajustada, pegada a la curva de sus caderas. —Viste que se cortó la luz —dijo, pero vos ya lo sabías. La penumbra lo confirmaba todo: las sombras danzaban en las paredes, la radio parloteaba en off, apagada, y el aire olía a mojado y a perfume caro, ese que usás vos: jazmín y humo.

Ella se acercó despacio, sin prisa, como si ya conociera cada rincón de tu casa, cada rémora, cada resquicio donde guardabas tus secretos. Se detuvo frente a vos, a un palmo de distancia, y vos sentís el calor de su pecho antes incluso de tocarte. —Tenés las manos frías —murmuró, y con un dedo trazó el borde de tu oreja, bajó por el cuello, rozó el botón de la blusa que ya no tenías botón, y vos no dijiste nada, porque sabías que no servía. No servía mentirle, ni fingir, ni dar media vuelta. Ya habías abierto la puerta, ya habías invitado, ya habías elegido este momento.

Ella se sentó a tu lado, pero no te tocó de inmediato. Solo te miró, con esa mirada que ya te conocía desde antes de que vos misma te conocieras. —¿Querés que te desabroche la blusa? —preguntó, pero la voz le temblaba apenas, y vos sabías que no era por nerviosismo. Era por ganas. Asentiste con un movimiento casi imperceptible, y ella lo tomó como una orden. Sus dedos, secos y firmes, deslizaron los botones uno por uno, dejando al descubierto el corset de encaje que usabas bajo la tela fina. No se apuró. Cada botón era una promesa, cada descenso una sentencia. Cuando llegaste al último, vos ya tenías la respiración cortada, pero ella aún no te tocó la piel. Solo se inclinó, rozó con la nariz el hueco entre tus pechos, y exhaló: —Acapárate. Acapárate que después vas a necesitar todo el aire que te dé.

La luz de la vela que encendiste antes —por si acaso— tembló cuando ella te agarró la muñeca y te obligó a levantarte. No fue una pregunta. Fue un hecho. —Acá no se habla —dijo, y te empujó suavemente hacia atrás, sobre el sofá, pero vos ya sabías que no iba a dejar que te sentaras de nuevo. Vos ya sabías que iba a estar arriba, encima tuya, con las piernas abiertas a los lados de tu cintura, con la falda subida hasta las muslos, y el cuerpo entero inclinado sobre vos, esperando. —Decime cuándo —suplicaste, porque ya no podés más. Ella te sonrió, lenta, malvada, y te apretó la cintura con una mano mientras con la otra te desabrochaba el cierre del pantalón. —Cuando yo te lo diga. Y no es un “por favor”. Es un “por favor, por favor”, pero vos ya sabés que eso no funciona.

La vela se consumió más y más, y vos sentís su aliento en el cuello, su rodilla entre tus piernas, su boca a un centímetro de tu oreja. —¿Sentís eso? —preguntó, y vos sentís el calor, el peso, la promesa de algo que ya no puede detenerse. —Sí —respondiste, porque era verdad. —Entonces aguantá. Porque esto no termina hasta que yo diga. Y vos… vos no vas a mover ni un dedo hasta entonces.

La lluvia no paró esa noche. Ni en los días siguientes. Pero vos sabés que la próxima vez que venga, va a traer otra camisa, otra falda, otra forma de hacerte pedir sin decir nada. Y vos, vos ya lo sabés: vos la vas a dejar entrar. Vos la vas a dejar entrar, sin preguntar, sin dudar, sin temer. Porque cuando ella te mira así, vos ya no sos dueña de vos misma. Sos suya. Toda.

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