La última vez que Lía vino a limpiar

La última vez que Lía vino a limpiar

@el_forastero ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (6) · 166 lecturas · 3 min de lectura

Era jueves, hora del café y el silencio de la casa de los Vecino —ese edificio nuevo en el barrio La Playa— donde el aire acondicionado soltaba un zumbido constante y las cortinas estaban cerradas contra el sol de mediodía. Lía entró con su uniforme gris, el delantal con el logo de “Servicios Ejecutivos” y el cepillo de pelo recogido en una coleta baja. Tenía treinta y pocos años, piel morena clara, cintura estrecha y caderas anchas que marcaba con cada paso, como si su cuerpo ya conociera el camino hacia la habitación principal.

Carlos, el dueño, la esperaba sentado en el sofá de cuero, con una camiseta húmeda de sudor y los ojos fijos en la puerta. No había ordenado limpieza ese día. Pero sabía que Lía venía los jueves, y los jueves, desde hacía tres meses, algo más que el polvo y el vidrio se limpiaba en esa casa.

—Buenos días, Carlos —dijo Lía, sin dejar de cargar la bolsa con trapos y spray—. ¿Oye, no le dije que hoy pasaba?

—Sí, sí —respondió él, sin moverse—. Pero hoy vine antes. Quería hablar contigo.

Lía lo miró. Él tenía cuarenta y tantos, pelo canoso bien recortado, brazos fuertes de hombre que sí trabajo y no se queda sentado. Y la manera en que la miraba no era la de un jefe. Era la de alguien que ya había hecho el cálculo, que sabía que ella también esperaba.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó ella, bajando la bolsa. El silencio entre los dos se volvió más denso que el calor del exterior.

—De que me encanta verte entrar por esta puerta —dijo Carlos, levantándose de golpe, sin prisa—. Me encanta cómo caminas, cómo te inclinas, cómo te muerdes el labio cuando te concentras… Me encanta que sepas que yo lo sé.

Lía no se movió. Sonrió con la esquina de la boca, esa sonrisa de mujer que ya no tiene miedo de lo que quiere.

—¿Y qué vamos a hacer, Carlos? ¿Que yo vengo a limpiar y tú vienes a charlar?

Él dio un paso más, hasta quedar a un metro. El olor a café recién hecho y a su colonia de sándalo la envolvió.

—Yo no vine a charlar, Lía. Vine a que me mames.

Ella no parpadeó. Solo desabrochó lentamente el primer botón de su blusa, después el segundo, hasta dejarle al descubierto la curva del sostén negro. Con un dedo, le tocó el pecho, justo encima del corazón.

—Tú sabes que no trabajo gratis.

—No te pido trabajo —dijo él, agarrándole la muñeca y llevándosela a la entrepierna—. Te pido que me mames como lo hiciste la última vez. Como me has estado pidiendo que te pida.

Lía se soltó, pero no retrocedió. Se arrodilló, lento, como si el suelo de mármol le quemara los rodillos. Desabrochó el cierre de Carlos, bajó la cremallera y sacó su pito tieso, grueso, ya medio mojado. Lo sostuvo con ambas manos, lo acarició como si fuera una promesa hecha carne.

—Dime, Carlos —susurró—. ¿Quieres que te chupe hasta que te salgas? ¿O quieres que te mames hasta que te pida permi?

—Te pido permiso, Lía —dijo él, con la voz ronca—. Te pido permiso para entrar en tu boca y hacerte sentir quién manda aquí.

Ella sonrió, le metió el pito entre los labios y lo empujó todo lo que pudo. Carlos gimió, agarró su cabello y no la soltó.

¿Qué tanto te calentó?

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@el_forastero

Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.

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