La tercera noche en la finca

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo no creía en las casualidades, pero esa tercera noche en la finca de doña Luz, entendí que el destino es un pendejo con muy buen ojo para el culo. Hacía tres días que estaba allá, cuidando el terreno mientras ella se iba a Medellín a ver a una tía enferma. La casa era vieja, de esas con techos de teja y piso de madera que crujía como si hablara. Y ella llegó sin avisar, con el cabello negro hasta la cintura, los ojos verdes como mala hierba y un vestido corto que no tapaba ni la mitad de lo que yo ya me imaginaba.

—¿Tú quién eres? —me dijo, parada en el umbral con una bolsa de mercado en la mano.

—Soy la que cuida la finca —respondí, sin levantarme del sillón hamaca.

—Ah, entonces sos la muchacha que alquiló mi tía. Yo soy Valeria, la sobrina.

Se quitó los tacones y dejó al descubierto unos pies finos, con las uñas pintadas de rojo oscuro. Caminó descalza, lento, como si el piso le gustara. Me miró sin pena, de arriba abajo, y sonrió.

—Qué rico debe ser tener este silencio todo el tiempo —dijo, dejando la bolsa en la cocina.

Yo no respondí. Solo la seguí con los ojos. Tenía un culo que parecía esculpido por un dios con ganas de pecar. Y se movía como si supiera que yo la estaba viendo.

Esa noche, después de que cayó la oscuridad y el calor no daba tregua, salimos al porche a tomar aguardiente de guayaba. Ella traía un camisón de seda delgado, transparente como mentira de político. Yo con mi camiseta y unos shorts que ya no tapaban nada.

—¿Nunca has sentido que uno se queda con ganas de algo que ni sabe qué es? —me preguntó, mirando las estrellas.

—Sí —le dije—. Pero yo no soy de quedarme con las ganas.

Se rió. Un sonido claro, como campana de iglesia a media noche.

—Yo tampoco —respondió.

Y sin más, se acercó. Me tomó la cara con una mano y me besó. Su boca era dulce, caliente, con sabor a alcohol y a promesa. No me resistí. Al contrario, la agarré de la cintura y la pegué a mí. Sentí su cuerpo entero contra el mío, el calor que despedía, el latido de su entrepierna rozándome el muslo.

—Qué rico te siento —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo.

—Espera a que te quite eso —le dije, deslizando el camisón por sus hombros.

Cayó al suelo como una hoja seca. Y allí estaba: desnuda, con tetas firmes, puntiagudas, que pedían a gritos que las mamaran. Le bajé la cabeza y le chupé un pezón, primero suave, luego con fuerza. Ella gemía bajo mi boca, arqueando la espalda, empujando sus tetas contra mi cara.

—Ay, hijueputa… eso mismo —jadeó.

La tomé de la mano y la llevé adentro. Cerré la puerta con llave. No por miedo, sino por ritual. Encendí una vela. La luz anaranjada bailaba en su piel. Me arrodillé frente a ella y le abrí las piernas. Tenía la rajita rapada, brillante de humedad. Olía a sal, a flor, a locura.

—Déjame probarte —le dije.

Y sin esperar, le pasé la lengua de arriba abajo. Un trazo lento, largo, que la hizo gritar.

—¡Ay, no pares! ¡Por Dios, no pares!

La chupé como si fuera mi último deseo, como si el mundo se fuera a acabar al amanecer. Le metí dos dedos, luego tres, mientras con la boca le chupaba el clítoris con insistencia. Ella se corría, temblaba, se aferraba a mi cabeza como si fuera a caerse del mundo.

Cuando se calmó, me miró con ojos húmedos, brillantes.

—Ahora vos —dijo, empujándome suave a la cama.

Me quitó la ropa sin prisa, besándome cada centímetro que descubría. Me acarició el culo con devoción, me mordió los pechos, me lamió el cuello. Luego bajó, lenta, hasta que su boca encontró mi coño.

—Qué rico te tienes —murmuró antes de hundir la cara.

Gemí como no sabía que podía. Me retorcí bajo su lengua, que entraba y salía como un pito enloquecido. Me comió con hambre, con ganas, hasta que me corrí gritando su nombre, con las manos aferradas a las sábanas.

Nos quedamos abrazadas, sudadas, respirando al mismo ritmo.

—Mañana me voy —dijo.

—Lo sé —le respondí—. Pero esta noche fue chimba.

Y lo fue. Tan chimba que aún, a veces, en la noche, cuando el silencio es muy profundo, siento el calor de su boca y me corro otra vez.

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