La tercera cuerda
La lluvia golpeaba las ventanas del departamento como si tuviera prisa, pero dentro, el tiempo se había detenido en una esquina del living, entre el olor a madera quemada de la chimenea y el vino tinto que aún se deslizaba por los bordes de los vasos. Lucía, con los pies descalzos sobre el piso de parqué, miraba a Matías y a Julián como si los estuviera contando por primera vez. No era la primera vez que los tres juntos, pero sí la primera vez que el silencio no era cómodo, sino denso, cargado de algo que no se decía, pero que todos sentían en la piel.
—Vos tenés frío —dijo Matías, sin levantar la vista del vaso, pero acercándose hasta rozarle el hombro con la punta de los dedos. Ella no se movió. Solo inclinó la cabeza, como si le permitiera a su cuerpo aceptar el contacto antes que su mente.
Julián, sentado en el borde del sofá, se levantó sin prisa. Se despojó de la camisa con movimientos lentos, como si cada botón fuera un suspiro. La luz de la chimenea le dibujaba sombras en el pecho, en los brazos, en la curva de la cintura. Lucía lo miró, y después miró a Matías, y luego volvió a Julián, como si estuviera aprendiendo a leerlo de nuevo.
—Vení —le dijo, sin voz, solo con los ojos.
Julián caminó hacia ella. No se detuvo. Se plantó frente a su cuerpo, a un palmo de distancia, y le levantó la barbilla con la yema del índice. Ella no se apartó. Solo respiró, profundo, como si estuviera bebiendo el aire que él exhalaba.
—¿Vos querés que lo hagamos ahora? —preguntó Matías, desde atrás, con la voz baja, como si temiera romper algo.
Lucía no respondió. En vez de eso, le cogió la mano a Julián y se la llevó al pecho. Bajo la tela del vestido, su pezón ya estaba duro, como una piedra en el agua fría. Julián cerró los ojos. Se inclinó, y con los labios le besó el cuello, despacio, como si estuviera deshaciendo un nudo que nadie más había visto.
Matías se acercó. Se detuvo detrás de ella, y le deslizó los brazos por la cintura, hasta que sus manos se encontraron con las de Julián, sobre su pecho. Entonces, los tres se quedaron así: una cadena de piel, de calor, de respiraciones entrelazadas.
—Cogeme —dijo Lucía, sin mirar a nadie, como si la palabra hubiera nacido de su cuerpo y no de su boca.
Julián se inclinó y le bajó la cremallera del vestido con una lentitud que dolía. La tela se deslizó por sus caderas, por sus muslos, hasta quedar en el suelo. Ella no se cubrió. Se quedó en ropa interior, el sostén de encaje negro, las bragas apenas cubriendo su concha, ya húmeda. Matías le acarició la espalda, desde la nuca hasta la cintura, como si estuviera dibujando una canción con los dedos.
Julián se arrodilló. No dijo nada. Solo le separó las piernas con las palmas de las manos, y le besó el vello púbico, luego el borde de la braguita, y después, con la lengua, le lamió el clítoris como si fuera la primera vez que probaba algo tan dulce. Lucía gimió, pero no se movió. Solo se aferró a los hombros de Matías, que la abrazaba con fuerza, como si temiera que se le escapara.
—Mirá cómo le gusta —susurró Matías, mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
Julián la levantó como si fuera un pañuelo de seda, y la llevó hasta el sofá. La dejó recostada, con las piernas abiertas, y se subió encima de ella, sin perder el contacto. Su pija, ya dura, rozó su concha, y ella arqueó la espalda, buscando más. Pero él no la penetró. Se quedó allí, presionando su sexo contra el suyo, con un movimiento lento, casi imperceptible, mientras le besaba los pechos, uno por uno, con la boca y la lengua.
Matías se quitó los pantalones. Se acercó por detrás, y le pasó las manos por los costados, hasta que sus dedos encontraron el rastro de humedad en el trasero de Lucía. La acarició, despacio, hasta que ella gimió, y él supo que estaba lista.
—Vos querés que te garche por atrás, ¿no? —preguntó, con la voz ronca, mientras le rozaba el ano con la punta de un dedo.
Ella asintió, sin palabras. Solo cerró los ojos, y se dejó caer hacia atrás, sobre su cuerpo.
Julián se movió, y la penetró con una lentitud que parecía eterna. Ella soltó un gemido largo, profundo, como si estuviera liberando algo que llevaba años guardado. Matías, entonces, se deslizó entre sus piernas, y le introdujo un dedo en el culo, mientras con la otra mano le acariciaba la pija de Julián, que ya se hundía en ella hasta la raíz.
El ritmo fue creciendo, lento al principio, como una marea que se lleva la arena. Julián se movía con suaves embestidas, mientras Matías la besaba en el cuello, le mordía el hombro, le chupaba la oreja. Lucía gritó, no de dolor, sino de placer, de algo que no había sentido así, nunca. No era solo sexo. Era como si tres cuerpos se estuvieran reconociendo, como si cada uno fuera un pedazo del otro, y ahora, juntos, se estuvieran completando.
—Sí, sí, así —murmuró ella, con los ojos cerrados, las manos agarrando el respaldo del sofá, los pies arqueados.
Julián se inclinó más, y la penetró más hondo. Matías le metió otro dedo en el culo, y la acarició con su pija, que ya estaba mojada con la humedad de ella. Lucía se deshizo en un gemido que se volvió llanto, y luego, sin que nadie lo esperara, se corrió. Su cuerpo se contrajo, tembló, y su concha se cerró alrededor de la pija de Julián como una boca que no quería soltar.
Matías no tardó. Se corrió en su culo, caliente, espeso, con un suspiro que se perdió en el ruido de la lluvia. Julián, un segundo después, se corrió dentro de ella, con un grito ahogado, como si estuviera diciendo algo que nadie más podía oír.
Quedaron así, entrelazados, sin moverse. La lluvia seguía golpeando las ventanas. El fuego se había apagado casi por completo. Pero el calor, el de sus cuerpos, seguía vivo.
Lucía abrió los ojos. Miró a Matías, luego a Julián. Les sonrió, sin palabras.
—¿Vamos a hacerlo otra vez? —preguntó, con la voz ronca, pero con los ojos brillantes.
Los dos asintieron, sin dudar.
Y la noche, entonces, se volvió más larga.
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