La terapeuta me tocó más de la cuenta

@marco_vidal ·1 de mayo de 2026 · ★ 4.1 (34) · 2,513 lecturas · 5 min de lectura

Yo nunca fui de andar buscando líos, menos con alguien que supiera tanto de mí. Pero cuando entré por primera vez al consultorio de Dana, algo en la forma en que me miró, como si ya supiera lo que yo ni siquiera me atrevía a pensar, me hizo sentir desnuda antes de que me sacara un solo hilo de ropa.

Era fisioterapeuta. Yo fui por un dolor de espalda, nada raro. Me había pasado levantando cajas en el depósito del bar donde trabajo. Pero desde el primer día, sus manos no fueron solo manos. Eran lentas, firmes, con una presión que no dolía, pero que me encendía por dentro. Me hacían arquear la espalda, no por dolor, sino por placer. Y ella lo notaba. Lo notaba y no decía nada.

—Relajá el glúteo —me decía, con esa voz baja, casi susurrando—. Estás muy tensa acá.

Y yo, con la cara enterrada en la camilla, sentía cómo me separaba un poco más las nalgas, con la excusa del tratamiento. Sus dedos se metían, rozaban el borde de mi culo, y yo apretaba la sábana, conteniendo el gemido.

—Sí, así —dijo una vez—. Dejá que fluya.

Pero no era mi espalda lo que fluía. Era mi concha, que se humedecía cada vez que me tocaba. No lo podía evitar. Tenía treinta y dos años, separada, sin pareja, y hacía más de un año que no cogía con nadie. Y ahora esta mina, con su bata blanca, sus manos suaves y esa mirada que me desnudaba sin palabras, me tenía al borde del desmayo.

Un viernes, a las siete, última consulta del día. Me sacó el camisón por arriba, me pidió que me diera vuelta. Me dijo que necesitaba trabajar en la zona pélvica, que había una contractura que no se iba. Me acosté boca arriba, las piernas separadas, los pies colgando. Ella se paró entre mis piernas, se puso guantes, y empezó.

—Voy a hacer presión acá —dijo—. Decime si te duele.

Pero no fue dolor. Fue fuego. Sus dedos, enguantados, se metieron por dentro de mi concha, apenas un dedo, solo para “evaluar”. Sentí cómo me abría, cómo exploraba, cómo se detenía justo donde más me gustaba.

—Estás muy tensa —dijo, sin mirarme a los ojos—. Vas a tener que relajarte más.

Y yo, con la respiración agitada, solo atiné a decir:

—Sí… Dana… relajarme.

Fue la primera vez que la llamé por nombre. Y ella, como si eso fuera una señal, dejó de hablar. Siguió con los dedos dentro, moviéndolos despacio, como si estuviera garchando, pero en cámara lenta. Me miraba fijo, con esos ojos verdes que no parpadeaban. Y yo sentía que me corría, que me corría sin que me tocara el clítoris, solo con el movimiento de sus dedos dentro.

—No te muevas —dijo, en voz baja—. Dejá que yo haga todo.

Y entonces, se agachó. Me bajó la bata hasta las rodillas, y me miró la concha como si fuera la primera vez que veía una. Pero no era curiosidad. Era deseo. Puro y duro.

—Dana… —dije, con miedo, con ganas, con todo.

—Shhh —me silenció—. No digas nada.

Y se metió entre mis piernas. Con la boca. Con la lengua. Con hambre. Me chupó como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre. Me abrió con los labios, me lamió el clítoris con círculos lentos, y después rápidos, y después otra vez lentos. Yo grité, pero no me importó. El consultorio estaba vacío, la puerta cerrada con llave. Nadie nos iba a escuchar.

—Dale… dale… cogé —le dije, sin poder creer lo que estaba pasando.

Y ella, sin sacar la boca, me metió dos dedos. Me abrió la concha, me estiró, me llenó. Yo me corrí enseguida, con un grito que me salió del fondo del alma. Me corrí como hacía años que no me corría. Y ella siguió, sin parar, como si supiera que no era suficiente.

Cuando terminó, se sentó en la silla, se sacó los guantes, y me miró.

—¿Te gustó? —preguntó.

—Sí —dije—. Me encantó. Pero… ¿esto está bien?

Se paró, se acercó, y me besó en la boca. Un beso lento, húmedo, con sabor a mi concha.

—No sé si está bien —dijo—. Pero quiero hacerlo de nuevo.

Y al otro día, volví. No por la espalda. Por ella. Por sus manos, por su boca, por su deseo. Me acosté en la camilla, y esta vez fui yo la que le bajó el pantalón del uniforme. Le toqué el culo, firme, redondo. Le metí un dedo por detrás, por el agujero, y ella gimió.

—Así —dijo—. Justo así.

Le bajé la bombacha, le abrí las piernas, y me comí su concha como si fuera la última vez. Era dulce, con un sabor distinto al mío, más intenso. Me llené la boca de ella, la chupé hasta que se corrió gritando mi nombre.

—Lucía… —dijo—. Lucía, no pares.

Y no paré. Hasta que sentí que no podía más. Hasta que me pidió que me diera vuelta, que me acostara boca abajo, y me penetró con un consolador que sacó del cajón. Me lo metió despacio, con cuidado, pero con fuerza. Me agarró del pelo, me levantó la cabeza, y me dijo al oído:

—Esta concha es mía.

Y yo, con el culo en alto, con el plástico dentro, con el corazón a mil, solo pude decir:

—Sí. Es tuya.

Desde ese día, las sesiones cambiaron. Ya no hablábamos de contracturas ni de espalda. Hablábamos de cuánto me gustaba que me tocara, de cómo me corría con su lengua, de cómo me encantaba sentir su culo contra mi cara. Nos cogíamos ahí, en el consultorio, entre camillas y toallas, con las luces bajas y la puerta cerrada.

Y nadie se enteró. Porque en el fondo, no era solo sexo. Era deseo. Era necesidad. Era algo que no podíamos controlar.

Y cuando alguien me pregunta qué hago los viernes a las siete, digo:

—Voy al fisio.

Pero en realidad, voy a encontrarme con ella. A que me toque. A que me coma. A que me haga sentir viva.

Porque con Dana, no solo me curó la espalda.

Me curó el alma.

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