La Sumisión del Relojero

La Sumisión del Relojero

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba arreglando un reloj de bolsillo. No uno cualquiera. Era un Longines de 1923, con esfera de porcelana y números en dorado desgastado por el tiempo. Lo sostenía entre sus dedos con una precisión que rozaba lo sagrado, como si cada pieza fuera un verso de un poema que solo ella entendía. No levantó la vista cuando entré, pero sentí que me escaneaba, que pesaba cada paso que daba sobre el piso de madera vieja. El taller era pequeño, olía a aceite de linaza y cuero viejo. En la pared, decenas de relojes detenidos marcaban horas distintas, como si el tiempo allí no avanzara, solo se descompusiera.

—Tres días —dijo sin mirarme, con una voz que no pedía permiso—. Si quiere que funcione como antes.

—No tengo prisa —respondí, aunque mentí. La quería a ella, no el reloj.

Alzó por fin la mirada. Sus ojos eran oscuros, profundos, sin piedad. Llevaba el cabello recogido en un moño flojo, con un mechón escapado que le rozaba la comisura de los labios. No sonrió. No lo necesitaba.

—Usted no vino por el reloj —dijo.

—No.

—¿Por qué, entonces?

—Porque escuché que usted sabe cuándo algo está roto… y cómo arreglarlo.

Bajó la lupa que sostenía sobre el tornillo de un resorte. Se quitó los guantes de algodón fino con lentitud excesiva, como si cada movimiento tuviera un propósito. Luego, por primera vez, me miró de arriba abajo. No como una mujer que evalúa a un hombre, sino como quien examina un mecanismo complejo, potencialmente peligroso.

—Tiene el aire de alguien que se cree dueño del tiempo —dijo—. Pero sus manos tiemblan.

No negué. No podía. Desde hacía meses, desde que mi padre murió y me dejó el imperio familiar en manos, sentía que el control se me escurría entre los dedos. Contratos, decisiones, gente que dependía de mí. Y, sin embargo, en la cama, con mujeres que se doblegaban sin esfuerzo, solo sentía vacío. Como un reloj que da la hora pero ya no marca el tiempo.

—Quiero que me arregle —dije, y fue la primera vez que lo dije en voz alta.

Ella sonrió. Por primera vez. No fue dulce. Fue un destello de poder, como una hoja que sale del filo.

—No soy terapeuta —dijo—. Pero puedo enseñarle a obedecer.

No hubo negociación. No hubo contratos. Solo una cita para tres días después, a las ocho en punto. Nada más.

Cuando regresé, el taller estaba en penumbra. Solo una lámpara de escritorio iluminaba la mesa de trabajo. Ella usaba un vestido negro, ajustado, sin mangas, que dejaba al descubierto sus hombros estrechos y unos brazos delgados, firmes. Sobre la mesa, no había relojes. Había cuero, metal, un látigo de caucho trenzado, esposas de acero con revestimiento de terciopelo.

—Quítese la ropa —ordenó.

No lo dijo como una sugerencia. Lo dijo como se da una orden en un campo de batalla.

—¿Aquí?

—¿Tiene miedo?

Sí. Lo tenía. Pero no por el dolor. Por lo que significaría quitarme la ropa frente a ella, como un niño que entrega su armadura. Lentamente, desabroché el cinturón, luego la camisa, los zapatos, el resto. Me quedé desnudo, expuesto. Ella no me miró con lujuria. Me miró como quien estudia un motor desarmado.

—Arrodíllese.

Lo hice. Las rodillas sobre el piso frío. El aire olía distinto ahora: a sudor, a tensión, a algo que no podía nombrar.

—Su cuerpo dice que quiere dominar —dijo, caminando alrededor de mí—. Pero sus rodillas gritan sumisión. ¿Cuál es su verdad?

No respondí. No podía.

—No te atrevas a hablar sin permiso —dijo, y el cambio al "tú" fue como un latigazo en la piel.

Se acercó. Pasó un dedo por mi columna, desde la nuca hasta el inicio del trasero. Un escalofrío me recorrió entero.

—Voy a ajustarte —dijo—. Como se ajusta un mecanismo desfasado. Pero no será fácil. Y no será rápido.

Tomó el látigo. No lo alzó. Solo lo sostuvo frente a mis ojos.

—¿Sabes lo que duele más que un azote?

Negué con la cabeza.

—La espera. El silencio antes del golpe. El miedo a no saber cuándo vendrá. Eso es lo que te voy a enseñar: a vivir en el borde.

Y entonces vino el primer latigazo. No fuerte. Justo. Un latigazo que no marcó la piel, pero sí el alma. Luego otro. Y otro. No en el mismo lugar. Siempre distinto. Cada uno con un ritmo, con una intención. Me obligó a contarlos en voz alta. A pedir el siguiente. A suplicar por el castigo.

—¿Por qué lo quieres? —preguntó, después del quinto.

—Porque… necesito que alguien más decida por mí.

—¿Y quién soy yo?

—Mi dueña.

—Dilo otra vez.

—Mi dueña.

Me ató las manos a la espalda con una cuerda gruesa, de seda trenzada. Luego me hizo caminar hasta un banco de trabajo elevado. Me obligó a tenderme boca abajo. Sentí el frío del metal en el vientre.

—Hoy no habrá penetración —dijo—. Hoy solo habrá obediencia.

Colocó una venda en mis ojos. El mundo se volvió negro. Pero todo se intensificó. El sonido de su respiración. El roce de su vestido al moverse. El olor de su piel cuando se acercó.

Pasó una mano por mis nalgas, luego un objeto frío: una cuchara de metal, que usó para golpear suavemente, una y otra vez, hasta que el dolor se convirtió en un zumbido constante, placentero, casi religioso.

—¿Sabes por qué los relojes se descomponen? —preguntó, mientras trabajaba.

Negué.

—Porque alguien intenta forzarlos. Porque se les exige más de lo que pueden dar. O porque se les niega el mantenimiento adecuado. Tú estás mal lubricado, ¿entiendes?

Asentí.

—Necesitas aceite. Y disciplina.

Cuando terminó, me desató. Me dejó tendido allí, temblando, sudando, con el cuerpo en llamas y el alma en calma.

—Vuelve en tres días —dijo—. Y no traigas reloj.

Salí del taller como si hubiera sobrevivido a un incendio. Pero no quería huir. Quería regresar. Quería que me desarmara por completo, pieza a pieza, hasta que solo quedara lo esencial.

Porque por primera vez en años, el tiempo había dejado de asustarme.

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