La siembra del río

@el_forastero ·20 de abril de 2026 · ★ 4.8 (15) · 775 lecturas

Yo soy de esos hombres que nacieron con el barro del río entre las uñas, con el olor del monte mojado en la piel y el silbido del guacharaco en los oídos. Crecí en las orillas del Cauca, donde el agua baja caliente y el sol no perdona, y aprendí más de mujeres que de libros. Aquí no hay prisas, todo va lento, como el andar del ganado al atardecer. Y así fue como la conocí a ella, sin estruendo, sin anuncios: como baja el crepúsculo cuando ya nadie lo espera.

Se llamaba Lucía, aunque en el pueblo le decían *La Ciénaga*, no por malicia, sino por lo hondo que tenía el mirar. Era mestiza, de piel canela y ojos que parecían guardar tormentas. Vivía en una casa de adobe al final del verjón, donde la carretera se pierde en el monte. Yo pasaba por allí cada vez que iba al corral, y siempre la veía sentada en el zócalo, pelando yuca o trenzando el pelo con una paciencia que daba envidia. No decía mucho, pero cuando uno le hablaba, respondía con una voz que parecía salir de un pozo, lenta, húmeda, como el agua entre piedras.

Un viernes de agosto, el calor estaba tan fuerte que hasta los perros se habían refugiado bajo las casas. Yo venía de vender unas cabras en el caserío, con la camisa pegada al pecho y el sombrero lleno de polvo. Me detuve en su puerta a pedir agua. Ella no dijo nada, solo asintió y entró. Volvió con un jarro de barro frío, con unas gotas corriendo por afuera como si el recipiente respirara. Me lo dio sin mirarme a los ojos, pero en ese gesto, en ese roce de dedos, sentí como si me hubiera mordido un alacrán. No por dolor, sino por el fuego que dejó.

—Gracias, Lucía —le dije, y ella por primera vez me miró de frente.

—No me des gracias —dijo—. Quédate un rato, que el calor no perdona.

Me senté a su lado. No hubo más palabras por un buen rato. Solo el canto de los grillos y el viento moviendo las hojas de guayabo. Luego ella empezó a hablar de cosas sin importancia: de una siembra de maíz que se quemó, de un burro que se escapó, de su madre que ya no hablaba con ella. Pero yo no escuchaba bien. Solo veía cómo el sudor le corría desde la sien hasta el cuello, cómo se le pegaba la blusa al pecho, cómo el aire le movía el pelo como si fuera humo.

Al rato, sin aviso, me tomó la mano. No fue un apretón, fue como si me estuviera midiendo el pulso. Luego me la llevó a su pierna, justo donde el muslo se junta con la cadera. No llevaba medias, y la piel estaba caliente, pero no como el calor del sol, sino como el de adentro, como si tuviera un fuego encendido bajo la piel.

—¿Tú nunca has querido algo que no se puede nombrar? —me preguntó.

—Sí —le dije—. Ahora.

Entonces se paró, despacio, y me jaló del brazo. Me llevó adentro. La casa era oscura, con techos altos y paredes de barro recubierto de cal. Olía a hierbabuena y a ropa recién planchada. Cerró la puerta con llave, aunque no había nadie cerca. Luego se quitó la blusa. No llevaba sostén. Sus tetas eran morenas, con pezones grandes y oscuros, como dos moras maduras. Me miró y dijo:

—No hables. Solo mira.

Y miré. Como quien mira un milagro. Me acerqué, temblando como un muchacho. Le pasé la mano por la espalda, desde los hombros hasta el inicio del culo, que era redondo, prieto, como si lo hubieran moldeado con las manos. Ella suspiró, un sonido largo, como de río que baja. Luego se arrodilló frente a mí. No dijo nada. Solo me desabrochó el pantalón, me bajó el calzoncillo y sacó mi pito, que ya estaba duro como una vara de guadua.

No fue rápido. Ella lo tomó con la mano, lo acarició despacio, como si estuviera midiendo su grosor, su peso. Luego lo acercó a su boca, pero no lo metió. Solo pasó la lengua por la punta, una vez, dos veces, como quien prueba un fruto. Sentí un calambre que me subió desde los huevos hasta la nuca.

—Ay, Lucía —dije, y ella sonrió.

Entonces sí, me lo metió entero. No como una mujer desesperada, sino como una que sabe lo que hace. Con la boca, con la garganta, con los ojos abiertos mirándome. Yo le puse las manos en la cabeza, sin empujar, sin forzar, solo sosteniéndome. Ella subía y bajaba, con un ritmo de siembra, como si estuviera plantando algo en mí. Sentía el calor, la humedad, el latido de su lengua en la vena que corre por debajo.

Cuando ya no pude más, le dije:

—Para, Lucía, que me voy a venir.

Pero ella no paró. Siguió, más fuerte, más hondo. Y cuando llegó el momento, me vine en su boca como un rayo en la montaña. Ella no se movió. Se quedó así, con todo dentro, hasta que el último espasmo pasó. Luego se separó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró.

—Ahora tú —dijo.

La cargué en brazos y la llevé a la cama, una cama de hierro con colchón de látex. Le quité la falda, las bragas. Su culo era más prieto de cerca, con una hendidura que parecía pedir besos. Le separé las piernas y empecé a besarla por dentro, desde los muslos hasta el centro. Su sabor era salado, dulce, como si hubiera estado bañándose en agua de coco. Le pasé la lengua por el clítoris, despacio, luego más rápido, como quien raspa una guayaba con los dientes.

Ella gritó, pero no fuerte, como si no quisiera que nadie la oyera. Se retorcía, me jalaba del pelo, me decía cosas en voz baja: *“más, más, así, no pares”*. Y no paré. Hasta que sentí que se humedeció más, que se le pusieron tiesos los pezones, que dio un grito corto y se corrió en mi boca como un río que se desborda.

Nos quedamos un rato así, abrazados, sudando. El sol ya bajaba, y la luz entraba por las rendijas como cuchillos de oro. Ella me acarició el pecho, me mordió el lóbulo de la oreja.

—No se lo cuentes a nadie —me dijo.

—Ni que fuera a hablar —le respondí—. Esto es entre tú y el río.

Y así fue. Nunca se lo conté a nadie. Pero cada vez que paso por allí, cuando el calor aprieta y el viento huele a tierra mojada, me acuerdo de su boca, de su culo, de cómo me sembró el deseo como quien siembra maíz en tiempo de lluvias. Y aunque ya no vivo por allá, aunque el tiempo ha pasado, sigo siendo un hombre marcado por una sola tarde, por una mujer que no necesitaba hablar para decirlo todo.

Porque en el fondo, el deseo no necesita nombre. Solo necesita un cuerpo, un instante, y una mujer que sepa cómo se siembra el fuego.

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