La sesión de terapia

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

No creía que fuera a terminar así cuando entré a su consultorio. Solo quería hablar, desahogarme de ese vacío que me crecía en el pecho desde hacía meses. Ella me recibió con una sonrisa tibia, sentada en su sillón de cuero marrón, con los pies descalzos apoyados en un cojín bajo. “Siéntate donde te sientas cómodo”, dijo, sin levantar mucho la vista de su cuaderno. Yo elegí la butaca frente a ella, a un metro escaso, con las piernas separadas, como si necesitara marcar territorio.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó, dejando el lápiz sobre la mesa.

—No lo sé. Por el insomnio, supongo. O por las ganas de tocar a desconocidos en el metro.

Levantó una ceja, apenas. No se inmutó. Pero noté cómo sus dedos se detuvieron un segundo más de lo normal sobre el papel.

—¿Y qué sientes cuando los tocas?

—Calor. Como si estuviera robando algo que no me pertenece. Pero también… poder. Como si por un segundo tuviera control sobre otro cuerpo.

—¿Y si te permitieras sentir eso sin culpa?

Su voz bajó un tono. Ya no era la terapeuta. O tal vez sí, pero una que se deslizaba por los bordes de lo permitido. Me miró fijo, sin pestañear. Y en ese instante supe que esto no sería una sesión normal.

—Podría… —empecé, sin saber bien adónde iba— poderte tocar a ti.

No se rió. No me reprendió. Solo se recostó un poco más en su sillón, abriendo ligeramente las piernas. Llevaba una falda larga, de tela suave, y una blusa blanca abotonada hasta el cuello. Pero sus pezones se marcaban bajo la tela. Lo noté. Ella también notó que yo lo noté.

—¿Qué pasaría si lo hicieras? —preguntó, casi en un susurro.

Me levanté sin responder. Caminé hacia ella. Me arrodillé entre sus piernas. No opuso resistencia. Solo cerró los ojos, como si ya lo hubiera imaginado mil veces.

—¿Puedo? —dije, con la mano a un centímetro de su muslo.

—Solo si prometes no detenerte después de empezar.

Mi mano subió. Lenta. La tela se arrugó bajo mis dedos. Su piel era cálida, viva. Sentí cómo su respiración cambió cuando llegué a la ingle. No llevaba ropa interior. O se la había quitado antes, o nunca se la puso. No pregunté. Solo seguí.

—¿Siempre fue así contigo? —preguntó, con los ojos aún cerrados— ¿siempre tan directo?

—Solo cuando quiero algo de verdad.

Su mano bajó hasta mi nuca, me atrajo más hacia ella. No necesité más invitación. Pasé la nariz por su sexo, lo olí: salado, cálido, con un toque de vainilla. Su perfume. O su esencia. No importaba. Empecé a lamerla con suavidad, apenas rozando, como si temiera romperla. Pero ella me empujó con más fuerza.

—No juegues. No me trates como a una paciente.

Entonces abrí la boca de golpe, la lengua entera, directa al clítoris. Gimió. Un sonido bajo, contenido, como si tuviera que guardar silencio. Pero no había nadie más allí. Solo nosotros. Solo ese cuarto con olor a incienso y sudor.

—¿Te excita esto? —pregunté, separándome un segundo— ¿que tu paciente te coma como si fuera tu amante?

—Más de lo que debería —respondió, con la voz quebrada—. Más de lo que he permitido en años.

Volvió a empujarme. Esta vez no fui suave. Lamí con hambre, con desespero. Su cuerpo se arqueó. Sus manos se enredaron en mi cabello. No me detuve. Subí una mano por su falda, encontré su pecho, lo apreté con fuerza. El botón superior de su blusa cedió. El pezón, oscuro y duro, asomó libre.

—Quiero verte desnuda —dije.

—No —respondió—. No del todo.

—¿Por qué?

—Porque así es más… prohibido. Porque si estás todo el tiempo a punto de verlo todo, nunca te sacias.

Tenía razón. Y me gustó más así. El juego de las prendas, el roce de la tela en mi boca mientras lamía su sexo. Me puse de pie, me quité la camisa. Ella me miró con hambre, como si llevara años sin ver un cuerpo como el mío. Me desabroché el pantalón. No llevaba ropa interior. Ella sonrió.

—¿Ves algo que te guste?

—Mucho. Pero quiero más.

Se levantó. Caminó hacia mí. Me empujó contra la pared. Su boca encontró la mía. Su lengua, caliente, exigente. Mientras me besaba, una de sus manos bajó, me agarró el pene con fuerza, me masturbó despacio, como si estuviera midiendo cada latido.

—¿Cuánto tiempo llevas sin esto? —preguntó.

—Demasiado.

—¿Y si te digo que puedes tenerlo todo?

—Te diría que no creo en los regalos.

Se separó un segundo. Volvió con una venda negra de satín.

—Cierra los ojos.

—¿Por qué?

—Porque si no ves, sientes más. Porque si no controlas, te rindes. Y quiero que te rindas.

Lo hice. Me vendó los ojos. Sentí el mundo más oscuro, más íntimo. Sus manos volvieron a mi cuerpo, pero ahora no sabía de dónde venían. Me empujó a sentarme en el sillón. Escuché el crujido de su ropa. Luego, su sexo sobre mi boca, otra vez. Pero esta vez ella se movía, se frotaba contra mí, me usaba como si fuera un juguete. Gemía más fuerte, sin importarle el ruido.

—¿Te gusta que te use así? —preguntó.

—Me encanta.

—¿Y si te digo que quiero que me folles?

—Te diría que ya deberías estar sobre mí.

Se subió a horcajadas. Sentí su calor rodeándome. Entró entero, sin pausa. Grité. Ella también. Su vagina era estrecha, húmeda, caliente como un horno. Empezó a moverse despacio, subiendo y bajando, disfrutando cada centímetro. Sus manos en mis hombros, sus uñas clavándose.

—¿Te gusta cómo me siento? —preguntó.

—Como un sueño que no sabía que tenía.

—Entonces no pares. Aunque esto no deba volver a pasar.

Siguió moviéndose. Más rápido. Su respiración, entrecortada. La mía, imposible de controlar. Mis manos en sus caderas, marcando el ritmo. El sillón crujía. El aire olía a sexo, a sudor, a deseo antiguo.

—Voy a correrme —dije.

—No te detengas.

Y no me detuve. Llegué con fuerza, con un gemido que salió desde el fondo del pecho. Ella también. Su cuerpo se tensó, sus músculos se contrajeron alrededor de mi pene. Se quedó quieta un segundo, luego se desplomó sobre mí, con la frente sudada contra mi cuello.

No dijimos nada. Solo respiramos. A oscuras, con la venda aún en mis ojos.

—¿Sabes que esto no puede repetirse? —dijo al fin.

—Lo sé.

—Pero no por eso dejo de desearlo.

Se levantó. Escuché el sonido de su ropa. Luego, el crujido de sus pasos. La puerta se abrió.

—Puedes quitarte la venda cuando quieras. La próxima cita es en siete días.

Me quedé ahí, desnudo, con el sabor de su sexo aún en la boca, con el corazón a mil. Sabía que volvería. No por la terapia. Sino por eso: por el deseo sin nombre, por el placer prohibido, por la fantasía que ya no sabía si era real.

Y cuando me quité la venda, vi que había dejado su blusa en el suelo. La tomé. Aún olía a ella. A piel. A pecado. A algo que no tenía nombre, pero que me pertenecía.

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