La reunión en el cuarto de invitados

La reunión en el cuarto de invitados

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (37) · 306 lecturas · 7 min de lectura

La puerta del cuarto de invitados estaba entreabierta, pero nadie la había abierto. El viento, o el descuido, o algo más sutil —como el impulso de un gesto que aún no se había concretado— la había dejado así, con una rendija estrecha que permitía ver la mitad de la habitación: la cama deshecha, las sábanas blancas ondeando ligeramente con la brisa que entraba por la ventana socarrada de la terraza, y la luz del atardecer, ya amarillenta y espesa, colándose por las rendijas de las persianas, dibujando rayas doradas sobre el suelo de madera.

Lucía estaba sentada al borde de la cama, con las piernas juntas, las manos entrelazadas sobre el muslo izquierdo, el dedo pulgar girando lentamente sobre el dorso de la muñeca derecha. No había apagado la luz del pasillo, ni había cerrado bien la puerta, ni había hecho nada que pareciera una invitación explícita. Pero tampoco había hecho nada que la negara. Su blusa blanca, de algodón fino, estaba desabrochada hasta el tercer botón, y el escote —pequeño, redondo, como una apertura accidental— dejaba ver la curva suave del pecho, la sombra delicada entre los senos, la línea oscura del vello que subía desde el ombligo, aunque ella no lo sabía, ni lo notaba. No necesitaba saberlo. Ella solo esperaba.

Esteban había llamado antes. Una llamada breve, sin rodeos: —¿Te parece si paso? Tengo un rato. Ella había respondido sin dudar: —Sí. ¿Quieres que prepare algo? —No. Solo pasar.

Ahora estaba allí, a dos metros de la puerta, con las llaves en la mano, sin tocar. Miraba la rendija, observaba cómo el aire se movía dentro del cuarto, cómo una esquina de la sábana se alzaba y bajaba como si algo respirara dentro. Sabía que ella lo esperaba. No con ansiedad, ni con urgencia, pero sí con quietud, con atención. Como quien deja una taza de café humeante sobre la mesa, sin saber si será bebida o abandonada.

Respiró una vez, lento, y empujó la puerta con suavidad. La madera gimió apenas, un susurro que no llegó a romper el silencio.

Lucía no giró. Siguió sentada, la cabeza levemente inclinada hacia la izquierda, el pelo rubio recogido en un nudo bajo, con algunas hebras sueltas que le acariciaban la nuca. Solo cuando Esteban estuvo dentro, cuando la puerta se cerró tras él con un clic seco, ella movió los ojos.

—Llegaste —dijo, sin sorpresa.

—Sí —respondió él, dejando las llaves sobre la mesita de noche, junto al vaso de agua que ella había dejado allí, sin tocar.

El silencio no fue incómodo. Fue denso, como una tela húmeda que se pega a la piel. Él se acercó, lento, hasta quedarse a medio paso de ella. No la tocó. Solo se quedó mirando: la curva de su cuello, la línea de la mandíbula, el leve movimiento de su garganta al tragar. Sus ojos, verdes, grises a la luz del atardecer, se fijaron en sus labios. No eran grandes, ni carnosos. Eran redondeados, con un borde perfecto, y en ese momento estaban entreabiertos, como si estuviera conteniendo una respiración.

—¿Te sientes bien? —preguntó él, por decir algo. Por no romper el hechizo.

Ella le sonrió, pequeña, sin mover los labios demasiado, apenas una curva.

—Más que bien. Solo… espera.

—¿De qué?

—De que te sientes. De que me miras. De que no hablamos de nada que ya sepamos.

Él se sentó al lado de ella, en el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las muslos, los dedos ligeramente separados. Ella no se apartó. Mantuvo su posición, pero su hombro tocó el suyo, apenas, como un accidente. Esteban sintió el calor de su piel a través de la tela de su camiseta. No era un calor intenso, sino cálido, constante, como una lumbre lejana que no quema pero que invita a acercarse.

—¿Viste cómo está la luz? —dijo ella, señalando con la cabeza hacia la ventana.

—Sí.

—Me gusta cómo ilumina tu mano.

Él bajó la vista. Su mano derecha descansaba sobre su muslo, los nudillos ligeramente marcados, las uñas cortas, limpias. Y sí, la luz del atardecer le acariciaba el dorso, dibujando sombras suaves en las venas, haciendo brillar el vello fino.

—¿Te gusta mirar? —preguntó ella, sin mirarlo.

—No siempre. Hoy sí.

—¿Y si te pido que sigas mirando?

No respondió con palabras. Se inclinó, lentamente, hasta que su aliento rozó la base de su oreja. Ella no se movió. Solo cerró los ojos, una vez, como para sellar el momento.

—¿Tu pecho? —susurró él.

—Sí —respondió ella, con voz baja, ahogada entre los dientes—. Si quieres.

Él posó la yema de los dedos sobre la tela de su blusa, justo sobre el botón que quedaba entre los pechos. No lo desabrochó. Solo lo rozó, con una presión casi imperceptible, como si estuviera midiendo la temperatura de su piel a través de la tela. Ella suspiró, sin abrir los ojos, y apoyó la mano izquierda sobre su muslo, los dedos contraídos un instante, como si agarrara algo invisible.

—¿Te gusta esto? —preguntó ella.

—Lo que sea que esté pasando —dijo él—. Porque no es algo que planeaste. Ni algo que yo esperaba. Pero sí algo que… se siente inevitable.

Ella abrió los ojos. Lo miró de frente, directamente. No había deseo en su mirada, no aún. Había curiosidad. Había confianza. Había una quietud que parecía profunda, como si estuviera mirando algo que no se ve a simple vista.

—Entonces —dijo—. No hagamos nada que no queramos hacer.

Él asintió. Se inclinó de nuevo, pero esta vez besó su cuello. No el cuello entero. Solo un punto: justo donde la arteria latía, donde el pulso se hacía más fuerte. Sintió cómo su piel palpitaba bajo sus labios, cómo su cuerpo reaccionaba antes de que su mente lo admitiera.

Ella no lo empujó, ni lo atrajo. Solo se inclinó un poco más hacia atrás, como para permitirle más acceso. Esteban desabrochó el segundo botón, lentamente, hasta que la tela se abrió un poco más, revelando el borde superior de su seno izquierdo: redondo, suave, cubierto por una fina redondez de piel y la delicada curva del pezón, oscuro y ligeramente erguido.

—¿Así está bien? —preguntó él.

—Sí —respondió ella—. Pero no te detengas si sientes que quieres seguir.

Él besó de nuevo, esta vez con más peso, más tiempo. La lengua rozó su piel, no entró, solo exploró la curva de su clavícula, el hueco bajo su garganta. Ella suspiró, esta vez con los ojos cerrados, la cabeza levemente inclinada hacia atrás.

—Me gustas —dijo ella, en voz baja—. No es una excusa. Es solo una verdad.

—Yo también —dijo él.

Y entonces ella levantó la mano, lentamente, y acarició su mejilla, con la palma abierta, los dedos rozando su barba. Él cerró los ojos. Sintió el peso de su mano, la calidez de su piel, el latido de su corazón en la yema de los dedos.

No hubo prisa. No hubo necesidad. Solo el encuentro de dos cuerpos que ya sabían cómo se moverían antes de moverse, solo que no lo habían hecho aún.

Él besó su cuello otra vez, esta vez más abajo, hasta que la boca rozó el borde de su pecho. Ella no se detuvo. No se apartó. Solo abrió los ojos, y lo miró mientras él deslizaba los dedos por el borde de su blusa, bajando poco a poco, hasta que la tela se deslizó por sus hombros y cayó a sus pies, como una hoja seca.

Lucía no llevaba sostén.

La luz del atardecer le acariciaba el pecho, los pechos, el vientre. Esteban se quedó mirando. No con deseo urgente, sino con admiración, con lentitud. Como quien lee un poema en voz alta, palabra por palabra, sabiendo que cada verso merece su pausa.

Ella se levantó entonces, lentamente, sin prisa, sin teatralidad. Se quitó los zapatos, los calcetines, y se sentó de nuevo, esta vez con las piernas un poco separadas, las manos apoyadas detrás de ella, los codos doblados, los dedos hundidos en la sábana.

—¿Me miras? —preguntó.

—Sí.

—¿Y si te pido que me toques?

—Ya lo estaba haciendo.

Ella sonrió, pequeña, como antes.

—Entonces sigue —dijo—. Pero no con las manos.

Él entendió

También en: RománticoConfesiones

¿Te ha gustado? Valóralo

4.3 · 37 votos
Reportar
Compartir

También en Poesía erótica