La reunión del viernes en la casa de la esquina
3 minLa reunión del viernes en la casa de la esquina
La casa de la esquina, la que quedaba entre el mercado y el parquecito de los perros, siempre tenía luces tenues los viernes. No era por fiesta, ni por ruido: era por orden. Por respeto. Por eso, cuando el portón de madera crujía y se abría, quien entraba sabía que no iba a ser como cualquier otra noche.
Sofía ya llevaba media hora esperando en el salón. Vestía una falda negra ajustada, una blusa blanca entreabierta hasta el ombligo y tacones que no usaba nunca en el trabajo, pero sí para estas cosas. Sus piernas estaban cruzadas con delicadeza, los dedos de los pies tocándose casi sin apuro. A su lado, una copa de vino tinto con un hielo que ya empezaba a rendirse contra el cristal.
—Ya casi son las nueve —dijo, sin mirar el reloj—. Y tú siempre llegas puntual.
La puerta se abrió de nuevo. Esta vez entró Mateo, alto, de cabello canoso recién cortado, con una camisa negra de manga larga y los puños desabotonados. Se quitó los lentes de aumento que usaba para leer los manuales de mecánica y los guardó en el bolsillo del pecho.
—Siempre llego antes —corrigió, acercándose—. Pero hoy no viniste sola, ¿verdad?
Sofía sonrió. No respondió. En vez de eso, levantó la copa y dio un sorbo lento, dejando que el vino resbalara por su garganta como una promesa. Por la ventana entraba el sonido lejano del tráfico, pero aquí dentro, el aire se sentía denso, cargado de algo que no era ruido, sino expectativa.
El portón volvió a crujir. Esta vez dos personas entraron juntas: Lucía y Daniel. Ella, con una falda plisada de color gris perla y una blusa ceñida que dejaba entrever la curva de sus costados; él, con jeans oscuros y una playera blanca que le quedaba bien, ni muy suelta ni muy ajustada, como si se hubiera vestido sin pensar, pero pensando en todo.
—Disculpen la tardanza —dijo Lucía, con esa voz suave que siempre usaba para bajar la tensión—. Pero Daniel se demoró con el perro.
—Y tú con el espejo —replicó él, guiñándole un ojo—. Dijiste que te veías bien… y sí, pero no tanto como para salir corriendo.
El grupo se rió, una risa baja, contenida, como si cada risa fuera un fósforo que no querían encender aún.
Mateo se acercó a Lucía, le quitó su bolso de mano y lo dejó sobre la repisa de la chimenea. Luego, con la punta de los dedos, le rozó la nuca, dejando que su piel rozara su piel un segundo más de lo necesario.
—¿Te sientes lista? —preguntó.
Ella asintió. No con la cabeza, sino con los ojos. Con la forma en que su pecho subió, con la respiración que se cortó un instante antes de volver.
Daniel ya estaba junto a Sofía. Le tomó la mano libre, la giró lentamente, y le besó la muñeca. No con apuro, sino con intención, como si cada pulso en esa zona fuera una nota musical que sabía tocar.
—Hoy no hay prisa —murmuró.
—No hay nunca prisa —respondió ella—. Solo el momento.
Y entonces, como si el silencio hubiera estado esperando esa frase para romperse, los cuatro se movieron al mismo tiempo. No corrieron. No empujaron. Se acercaron, uno a uno, hasta que los cuerpos se tocaron: rodillas contra rodillas, muslos contra muslos, pechos rozando pechos, vergas contra vergas sin que nadie las apretara aún.
Mateo se puso de rodillas frente a Lucía, le levantó una pierna y le desabrochó la falda con lentitud, como si cada hebilla fuera una promesa que debía cumplirse con cuidado. Daniel, detrás de Sofía, le deslizó los dedos por la cintura, bajó hasta las nalgas, las apretó con suavidad y luego las separó un poco, como si las estuviera midiendo, como si ya supiera qué hacer con ellas.
No hubo palabras después de eso. Solo respiraciones. Solo la luz tenue. Solo el sonido del vino derramándose en la copa de Sofía, que ella dejó sobre la mesa sin verla caer.
La noche no había comenzado. Solo se estaba preparando.
¿Te ha gustado? Valóralo