La rendición del relojero

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La ciudad dormía bajo una luna llena que cortaba las fachadas de los edificios como un cuchillo frío. En el tercer piso de un edificio colonial, con rejas de hierro forjado y cortinas de terciopelo carmesí, Lucía se desabrochó el vestido negro con dedos lentos, casi ceremoniales. Lo dejó caer al suelo como si despojara de su piel a otra mujer. La luz del velador iluminaba apenas sus nalgas redondas, la curva profunda de su espalda, el sudor fino que brillaba entre sus senos. No se miró al espejo. Sabía lo que vería: una mujer de treinta y ocho años que aún encendía fuegos sin necesidad de encender velas.

El reloj en la mesita marcaba las 2:17. Él no tardaría. Ella lo esperaba desde hacía una semana. Desde que lo había visto inclinarse sobre su pulsera de oro, en la joyería de la esquina, con esos dedos largos, cuidadosos, casi reverentes. Él no sabía que ella era casada. Ella no le había dicho que su marido, el notario, pasaba las noches en la otra punta de la ciudad, en su club de fumadores, con sus amigos y sus whiskys caros. No le importaba. Lo que importaba era que el relojero, con su camisa blanca manchada de aceite y sus ojos grises como el plomo, se había quedado mirando sus piernas mientras ajustaba el cierre. Y ella, por primera vez en años, sintió que alguien la *veía*, no como esposa, no como señora respetable, sino como carne viva.

La puerta se abrió sin llave. Solo un golpe seco, como si el aire hubiera cedido. Él entró sin decir nada. Llevaba una bolsa de cuero, como si hubiera venido del trabajo. Pero no traía herramientas. Traía olor a tabaco negro, a sudor limpio, a hombre que no necesita perfumes para demostrar su poder.

—Te dije que no usaras perfume —dijo él, cerrando la puerta con el pie.

—No lo uso —respondió ella, dándole la espalda—. Solo sudor. Y tu nombre en la piel.

Él dejó la bolsa en el suelo. Se acercó sin prisa. Le pasó las manos por la cintura, luego por los muslos. Sus dedos eran ásperos, pero no violentos. Eran manos que sabían cómo abrir una caja de reloj sin romperla. Y ella era eso: una caja que él quería desarmar con paciencia.

—¿Otra vez el notario con sus amigos? —preguntó, mordiéndole el hombro.

—Sí —jadeó ella—. Y no quiero hablar de él.

Él sonrió contra su piel.

—No lo hagas. Solo sé que estás aquí. Que tus tetas están para mí, que tu coño está húmedo por mí, que tu culo sabe que esta noche no va a dormir.

La empujó suavemente sobre la cama. Ella cayó boca abajo. Él le separó las nalgas con ambas manos, sin pedir permiso. Le gustaba verla. Ver el hoyuelo entre sus glúteos, el vello oscuro que se asomaba entre los pliegues, el ano apretado que ya palpitaba. Se quitó los pantalones. Su polla salió dura, gruesa, con una vena que latía como un reloj desbocado. No se masturbó. No necesitaba. Ella era su lubricante.

Se arrodilló entre sus piernas y le separó más las nalgas. Luego, sin aviso, le metió la lengua en el culo. Ella gritó. No de dolor, sino de placer. Un placer que le bajó como un rayo hasta los dedos de los pies. Él lamía con fuerza, con presión, como si quisiera marcarla con saliva. Le dio vueltas al ano con la punta de la lengua, luego la metió entera, hundiéndola, abriendo el músculo con lengüetazos lentos y brutales. Ella se retorcía, agarraba la sábana con los puños, gemía su nombre como una oración: *Julián, Julián, Julián*.

Cuando sintió que estaba lista, se levantó. Le dio vuelta. Ella abrió las piernas sin que se lo pidiera. Él se posicionó. Le puso la punta en la entrada del coño, húmeda, caliente, temblorosa.

—¿Quieres que te folle? —preguntó, con voz baja.

—Sí —dijo ella—. Pero no como una esposa. Como una puta.

Él sonrió. Y la penetró de un solo empujón.

Ella gritó. No pudo evitarlo. La polla de Julián era grande, y entraba como si tuviera derecho. Y tal vez lo tenía. Porque desde que ella entró en su taller, desde que se quitó el reloj del tobillo con una sonrisa que no era para su marido, todo esto estaba escrito. Ella se agarró de sus hombros, clavándole las uñas. Él no se quejó. Al contrario, gruñó, y empezó a moverse.

La folla con fuerza. Con dominio. No era un amante suave. Era un hombre que tomaba lo que quería, y lo que quería era que ella se olvidara de su nombre, de su casa, de su marido. Solo quería que gritara su nombre, que se corriera con su polla, que le rogara más.

Y ella lo hizo.

—¡Más! ¡Más fuerte! —gritó, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Jode como si fuera la última vez!

Él aumentó el ritmo. Sus pelotas golpeaban contra sus nalgas con un sonido obsceno, húmedo, que llenaba la habitación. Ella sentía cada centímetro, cada venita, cada latido de esa polla que la llenaba hasta el fondo. Se corrió primero. Un orgasmo violento, que le sacudió el cuerpo entero, que le hizo gritar como si la mataran. Pero él no se detuvo. La agarró del cuello, la empujó contra la pared, y siguió follando, ahora de pie, con sus tetas rebotando, con su coño chorreando sobre sus muslos.

—¿Quién te folla así? —preguntó él, con voz ronca.

—¡Nadie! ¡Solo tú! ¡Solo tú!

—¿Quién te hace gritar?

—¡Tú! ¡Tú, Julián!

—¿Quién te hace sentir como una puta?

—¡Tú! ¡Tú me haces puta!

Él gruñó, y se corrió dentro. Fuerte. A raudales. Ella sintió el calor, el chorro, el segundo, el tercero. Él no se salió. Se quedó dentro, respirando sobre su cuello, mientras ella temblaba.

Se desplomaron juntos sobre la cama. Ella estaba exhausta. Él, satisfecho. No dijeron nada. No hacía falta. Ella sabía que volvería. Él sabía que ella no se negaría.

El reloj marcaba las 3:42. El notario seguiría bebiendo. Pero ella ya no era su esposa. Era la puta de Julián. Y eso era todo lo que importaba.

También en: MadurasAnalDominación

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Infidelidad