La rendición del espejo

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa en Valle Alto tenía el silencio de los domingos que no perdonan: pesado, caliente, con el zumbido de los moscos pegándose a los cristales y el aroma a comida recalentada que se le pega a uno en la piel como si fuera culpa. Doña Lucía, con su vestido floreado de domingo y el pelo recogido en un moño flojo que dejaba escapar mechones grises, había salido a misa desde las siete. Decía que la fe la mantenía en paz, pero también que la ausencia de su marido —el licenciado Ramiro, un hombre de traje impecable y mirada fría que pasaba más tiempo en su oficina que en su cama— la mantenía en desvelo.

Esa mañana, sin embargo, no fue como las otras. A las diez y media, cuando el sol ya mordía fuerte, Lucía regresó antes. Dejó los zapatos en la entrada, se quitó el chal de lana fina y subió las escaleras con un paso distinto: más lento, más consciente. No fue a rezar, ni a tomar agua. Fue al espejo del pasillo, el que estaba frente a la recámara principal, y se quedó ahí, viéndose como si la mujer que le devolvía la mirada fuera una desconocida.

Se desabrochó el vestido por la espalda, con cuidado, como si temiera que el sonido de la tela al caer la delatara. El corpiño se deslizó por sus hombros redondos, blancos, con ese tono de quien ya no se expone al sol. Sus senos, firmes aún por la costumbre de usar sostenes ajustados, se asomaron libres. No eran grandes, pero tenían forma de concha, con pezones oscuros que ya comenzaban a endurecerse solo con el roce del aire.

Lucía no se tocó. No aún. Solo se observó. Luego, con una lentitud que parecía ensayada, se soltó el cabello. Cayeron mechones largos, ahora grises, pero aún abundantes, como si el tiempo no hubiera podido con todo. Se mordió el labio inferior, algo que no hacía desde que era joven, desde antes de casarse.

Fue entonces cuando escuchó el ruido. El portón. El motor de un carro desconocido. No era el de Ramiro, ni el del jardinero. Nadie más tenía llave.

Se vistió rápido, pero no del todo. Se puso solo la falda, sin sostén, con el pecho al aire. Abrió un poco la cortina de la ventana del pasillo y vio: un Mustang negro, reluciente, con un hombre adentro. No bajó de inmediato. Esperó. Y él tampoco se movió. Solo encendió un cigarro. Lucía lo reconoció: era el hijo de la vecina del fondo, el que se fue a estudiar a Monterrey y que nadie había vuelto a ver en cinco años. Ahora tenía barba recortada, camisa negra abierta hasta el tercer botón, y una mirada que no pedía permiso.

Lucía bajó las escaleras como si flotara. No fue a la puerta principal. Fue por la puerta de servicio, la que daba al jardín trasero. Él ya estaba ahí, apoyado en la pared de piedra, con el cigarro entre los labios y los ojos clavados en ella.

—¿No te asusta andar con desconocidos, doña Lucía?

—No si el desconocido sabe mi nombre —respondió, con una voz más grave de lo que recordaba.

Él dio un paso. Luego otro. Hasta que el calor de su cuerpo tocó el de ella. No se besaron. No aún. Él le pasó el cigarro. Ella lo tomó, dio una calada larga, profunda, y exhaló con los ojos cerrados. El humo se enredó entre ellos como una cuerda invisible.

—Te vi crecer —dijo ella, casi en un susurro.

—Y yo a ti desaparecer —contestó él, acariciándole la cintura con los dedos índice y medio, como si temiera romperla.

Lucía no se hizo a un lado. Al contrario, se acercó más. El muchacho —ya no era un muchacho, pero ella aún lo veía así— le tomó la barbilla y la besó. Fue un beso lento, húmedo, con lengua, pero sin prisa. Como si tuvieran todo el día, y lo tenían.

Entraron a la casa por la cocina. Él cerró la puerta con el pie. Ella se apoyó en la alacena, con la falda ya desabrochada. Él le bajó las bragas de encaje blanco, las mismas que Ramiro nunca notaba. Le separó las piernas con una rodilla, sin violencia, con devoción.

—Tienes un culo chingón, doña Lucía —dijo, y le dio una nalgada seca, que sonó como un trueno pequeño.

Ella soltó una risa nerviosa, pero no se cubrió. Al contrario, se abrió más. Él se arrodilló. Le besó el vientre, el ombligo, luego el monte de Venus, suave, sin raspar. Le separó los labios con los dedos, despacio, y hundió la lengua como si estuviera rezando.

Lucía se agarró de sus hombros, con fuerza. No era un hombre, pero tampoco un niño. Era algo entre los dos, y eso la volvía loca. Sentía el sabor de él en la boca, el olor de su sudor limpio, el tacto de sus manos grandes, seguras. Cuando él le metió dos dedos, ella gritó, pero bajo, como si temiera que los vecinos la oyeran.

—Chíngame —dijo ella, sin abrir los ojos—. Por favor, cógeme ya.

Él se quitó la camisa, los pantalones, los calzones. Su verga era gruesa, con venas marcadas, el glande hinchado. Lucía no dijo nada. Solo se arrodilló frente a él, como si fuera ella quien tenía que pedir perdón. Le tomó el pito con la mano derecha, lo acercó a su boca y lo chupó con hambre, con ganas de no olvidar cómo se hace.

Él la detuvo.

—No aquí —dijo—. Arriba.

Subieron las escaleras tomados de la mano. Lucía sentía el corazón en la garganta. No era miedo. Era ganas. Muchas ganas. Entraron a la recámara principal, la misma donde dormía con Ramiro todas las noches, la misma donde hacía años que no se tocaban.

Él la empujó suave sobre la cama. Le abrió las piernas. Le besó el cuello, los pechos, los pezones. Le mordió un hombro. Le dijo al oído:

—Vas a gritar mi nombre, ¿verdad?

Ella asintió. No con la cabeza. Con el cuerpo.

Él entró sin prisa. Despacio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Lucía sintió que se partía por dentro, pero de gusto. De verdad. No era un hombre cualquiera. Era el hijo de la vecina, el que creció viéndola regar las rosas, el que la vio llorar una tarde tras un pleito con su marido. Y ahora estaba ahí, dentro de ella, moviéndose como si la conociera desde siempre.

Cada embestida era un recuerdo que volvía. Cada jadeo, una confesión. Lucía gritó. Sí. Gritó su nombre. No el de Ramiro. El de él. Y cuando él se corrió, lo hizo con los ojos abiertos, mirándola fijo, como si quisiera grabar ese momento en la piel.

Se quedaron quietos un rato. Ella con las piernas abiertas, él encima, sudando. Nadie dijo nada. No hacía falta.

Cuando él se levantó, Lucía lo miró desde la cama, con el pelo deshecho, el pecho subiendo y bajando.

—¿Vas a regresar?

—Ya me fui una vez —dijo él, poniéndose los pantalones—. No me iré otra.

Y salió por la puerta de servicio, sin mirar atrás.

Lucía se quedó en la cama, desnuda, con el olor de él en la piel. Se miró en el espejo del buró. Sonrió. Por primera vez en años, se reconoció.

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