La regla del silencio

@el_forastero ·10 de febrero de 2026 · ★ 4.2 (20) · 476 lecturas · 3 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del loft de Elena, un espacio minimalista con paredes de concreto aparente, suelos de madera oscura y una luz cálida que se filtraba desde una lámpara de pie junto al sofá. Era casi medianoche. Samuel había llegado media hora antes, invitado con una sola frase: *“Necesito que me digas cuándo parar.”* Ella no había respondido, solo había asentido con una sonrisa apenas perceptible, los labios entreabiertos, como si ya conociera la respuesta antes de que él la pronunciara.

Samuel llevaba una camisa de algodón grueso, desabotonada hasta el ombligo, y jeans ajustados que marcaban la musculatura de sus muslos. Elena, en cambio, estaba vestida con un vestido negro de tirantes finos, sin espalda, que dejaba al descubierto la curva de sus riñones y la línea suave de su columna. Se movía con una lentitud intencional, como si el tiempo se ralentizara cada vez que ella caminaba. Tomó dos vasos de vidrio grueso y los llenó con agua tónica con hielo y una rodaja de limón. Se sentó frente a él, en el borde del sofá, sin mirarlo directamente.

—¿Por qué hoy? —preguntó ella, pasando la yema del pulgar por el borde del vaso.

—Porque anoche soñé que me tenías encadenado a la cama, con los ojos vendados —respondió él, sin titubear—. Y cuando desperté, sentía que ya no era dueño de mí mismo. Me gustó.

Elena sonrió esta vez de verdad, un gesto que le iluminó el rostro pero no llegó a sus ojos. Ellos ya habían jugado antes: besos en escalera, dedos rozando la nuca, susurros entre dientes. Pero nunca así. Nunca con esa palabra que flotaba en el aire como un perfume invisible: *dominación*.

—Entonces —dijo ella, poniéndose de pie lentamente—, hoy no te tocaré como antes. Hoy te diré qué hacer. Y tú no me contradecirás. ¿De acuerdo?

Samuel asintió, la respiración un poco más profunda. Ella se acercó, se arrodilló frente a él, y con una mano tomó su barbilla, obligándolo a alzar la vista. Con la otra, desabotonó lentamente la camisa, paso a paso, como si cada botón fuera una promesa. Cuando estuvo completamente abierta, pasó las palmas por su pecho, notando cómo latía su corazón acelerado.

—Ahora —susurró—, cierra los ojos.

Él obedeció. Ella se levantó, fue hasta una caja de madera que guardaba tras una cortina de terciopelo negro, y sacó una venda de seda blanca. Volvió, se arrodilló de nuevo, y con cuidado le ató la tela sobre los ojos. Samuel inhaló hondo, sintiendo cómo la oscuridad lo envolvía, suave y absoluta.

—¿Tienes miedo? —preguntó Elena.

—No. Solo… expectación.

Ella se inclinó, y sus labios rozaron su oreja.

—Entonces escucha. La primera regla del silencio es: no te muevas si yo no te lo digo. La segunda: no hables si no te lo permito. La tercera… —pausa—… es que cada vez que te toque, me dirás *gracias*.

Samuel tragó saliva.

—Gracias —dijo.

Elena se separó un instante, luego volvió, esta vez con los dedos deslizándose por su cuello, bajando por el esternón, deteniéndose justo sobre el borde de sus jeans. El roce era deliberado, lento, como si cada centímetro fuera una decisión tomada con calma.

—Ahora —dijo—, levántate.

Él lo hizo, firme, con las manos a los lados. Ella dio un paso atrás, lo observó desde arriba, y entonces lo tomó de la muñeca derecha, guiándolo hacia la pared del fondo. Había una anilla de acero pulido allí, escondida tras un panel deslizante. Samuel la reconoció, aunque no se atrevió a preguntar.

—Siéntate —ordenó ella.

Él bajó con lentitud, sentándose en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Elena se arrodilló frente a él, y con la punta de los dedos le acarició los muslos, subiendo poco a poco, hasta que sus manos descansaron sobre sus rodillas.

—¿Te gusta esto? —susurró.

—Sí —respondió él, con voz más firme de lo que esperaba.

—Entonces repítelo… con las palabras correctas.

—Gracias —dijo Samuel.

Elena sonrió, y por primera vez, sus ojos brillaron con algo más que control. Con algo más que juego.

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