La regla del collar
4 minLa regla del collar
La casa de Xochimilco estaba silenciosa, salvo por el murmullo del agua en el canal y el crujido de las maderas viejas bajo el peso de los pasos. El aire olía a humo de copal, a tabaco y a sudor. En el centro del patio, bajo una hamaca desplegada como una tela de araña, había una silla de madera con respaldo alto y correas de cuero gastado. Elena la miró sin pestalear, con los pies descalzos apoyados en el suelo de cemento, los muslos tensos, el pecho subiendo y bajando con la respiración contenida. Llevaba una blusa blanca abierta hasta el ombligo, pantalón vaquero ajustado y el pelo recogido en un nudo desordenado. A su lado, Carlos —el forastero que había llegado dos semanas atrás, el que compró la casa del otro lado del canal— la observaba con los ojos semicerrados, las manos en los bolsillos, como si ya conociera cada centímetro de su piel aunque aún no la hubiera tocado.
—Te dije que vinieras a las ocho —dijo él, voz baja, con ese acento que no era del todo sureño, ni del todo del norte. Pero no era una queja. Era un recordatorio.
—Ya llegué —respondió ella, con la barbilla alzada, pero la voz le tembló un poco en la última sílaba.
Carlos dio un paso adelante. Se detuvo a medio metro, lo suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo, el olor a cuero y tabaco negro. Con una lentitud deliberada, sacó un collar de cuero negro del bolsillo interior de su chaqueta. En el centro, una hebilla de plata con una pequeña inscripción: *Sic ut tibi servias*. El collar pesaba más de lo que parecía. Le puso una mano en la nuca, sin fuerza, pero con firmeza. Lo rozó con la yema de los dedos, como si lo probara. Luego, con la otra mano, desabrochó el primer botón de su blusa.
—¿Sabes qué pasa si te mueves cuando te digo que te quedes quieta? —preguntó, sin mirarla, mientras deslizaba el collar por su cuello. Se ajustó con un clic metálico, sin apretar, pero sí con control.
Elena tragó saliva. Asintió.
—¿Y qué pasa?
—Te chingo hasta que no recuerdes tu nombre.
Ella respiró hondo. Asintió otra vez.
Carlos se arrodilló frente a ella. No con reverencia, sino con intención. Le quitó los tenis, luego los calcetines, y con los pulgares presionó las plantas de sus pies, haciendo que sus dedos se arquearan. Luego, con un movimiento rápido, le abrió el cinturón, desabrochó el botón de los jeans y bajó la cremallera. Le separó las piernas con las rodillas, sin pedir permiso, y metió la mano dentro, palmeando su entrepierna a través del calzoncillo de algodón.
—Estás mojada —murmuró, y le dio un apretón seco, justo en el clítoris, sin rozar la tela.
Elena soltó un gemido ahogado, pero no se movió.
—No te muevas —repitió—. Y no digas nada hasta que te lo diga.
Le bajó los jeans hasta las rodillas, tiró del calzoncillo y sacó su verga, ya medio dura, negra y gruesa, con el glande húmedo. Le frotó la punta contra su clítoris, una, dos veces, hasta que sintió cómo se erizaba, hasta que escuchó su respiración entrecortada. Entonces, con una sola mano, le abrió las nalgas y le metió dos dedos en el culo, primero con suavidad, luego con fuerza, estirando el ano, hasta que ella jadeó y sus dedos se cerraron sobre los brazos de la silla.
—¿Quieres más? —preguntó, sin pausa.
Elena asintió, los ojos cerrados.
Carlos le metió el tercer dedo. La estiró todo lo que pudo. Luego, sin esperar, sin advertencia, se levantó, se deslizó el pantalón hacia abajo y se posicionó detrás de ella. Con la punta de su verga, rozó su ano, luego su entrada, y finalmente, con un empuje lento, hondo, constante, la penetró por el culo, hasta la base. Elena gritó, pero no se movió. Sus nalgas temblaban, su cuerpo se arqueó hacia atrás, apoyándose en él, como si ya supiera que eso era lo que quería: que se diera por vencida, que le cediera.
—Ahora te chingo como te mereces —dijo, y empezó a moverse, con golpes cortos y fuertes, cada uno golpeando su punto más profundo, su clítoris rozando la parte baja de su espalda cada vez que él se retiraba.
Elena gemía, susurraba palabras sin sentido, con los ojos cerrados y la frente pegada a la madera de la hamaca. Y cuando Carlos sintió que su cuerpo se contrajo, que su culo lo apretaba como un puño, que su cuerpo entero se estremecía, le agarró las caderas con fuerza y se corrió dentro de ella, llenándola de semen caliente, hasta que ya no quedó nada por dar.
Se retiró despacio, se limpió con la manga y se subió el pantalón.
—Volveré mañana —dijo, mientras le quitaba el collar.
Elena se quedó quieta, con los jeans a medio bajar, el culo aún abierto, la verga de Carlos impresa en su piel. Asintió, sin abrir los ojos.
—Sí, jefe —murmuró.
¿Te ha gustado? Valóralo