La que se metió a mi cama mientras mi esposa dormía
6 minLa que se metió a mi cama mientras mi esposa dormía
Yo soy el tipo que siempre se acuesta temprano, el que se duerme con su mujer abrazado, respirando su pelo de lavanda y el calor de su piel. Mi esposa, Lorena, es perfecta: dulce, ordenada, fiel. Y yo, Marco, soy el marido que cumple con su palabra: no miro a otras mujeres, no chismeo, no juego con fuego. Hasta que apareció Yolanda.
Yolanda trabajaba en la contabilidad, nueva de la empresa. Pelo negro, ojos verdes como aguacates maduros, labios gruesos que siempre parecían listos para una mordida. Y las nalgas… Dios mío, las nalgas. Le rebuznaban cuando caminaba, como si fueran dos perritos juguetones que no querían quedarse atrás. La primera vez que la vi en el ascensor, me di cuenta de que tenía la verga tiesa contra el pantalón. Me disculpé, dije que se me había olvidado algo en el piso de arriba, y salí corriendo.
Ella me sonrió. No una sonrisa cualquiera. Una sonrisa que me dijo: *ya te vi, pendejo, y te gusta lo que ves*.
La primera vez que hablamos de verdad fue en el break room, a las 11:30 de la noche. Estábamos los dos cargando café, los únicos en la oficina. Ella se acercó, se paró frente a mí, y me preguntó: —¿Tú crees que los hombres se acuestan con sus esposas y ya? ¿Sin más? Yo reí, dije que sí, que a veces hasta se duermen antes de que terminen. Ella se acercó más, su pecho rozó mi brazo, y me dijo: —¿Y si yo te preguntara si te chingaría bien una vez? ¿Te lo dirías a ti mismo o me lo negarías?
Me quedé quieto. La verga me latió fuerte en los calzones. Le dije: —Si te chingara bien una vez… yo diría que sí. Pero no lo haría. Porque eres amiga de mi esposa. Ella se rio, pero no fue una risa de burla. Fue una risa de fuego. Me pasó la mano por el pecho, lento, y me susurró: —Entonces no seas idiota.
No me creí capaz. Pero dos semanas después, mi esposa tuvo que ir a Guadalajara a visitar a su mamá. Me dijo: —Sé que no vas a ponerte a hacer fiestas en casa, ¿verdad? Yo le besé la frente. —Claro que no, mi amor. Vamos a ver si hasta puedo dormir sin tus muelitas de noche.
Y allá se fue ella. Yo me quedé solo en casa. Con la cama grande, la tele apagada, y el silencio que huele a vacío. A las 11, sonó el timbre.
Abrí. Yolanda estaba ahí, con un vestidito negro ajustado, calcetines negros hasta la rodilla, y los labios pintados de rojo sangre. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos verdes y me mostró la llave. —Mi hermana me dio esta. Dijo que estabas solo.
Entró sin esperar permiso. Se quitó los zapatos con un movimiento de tobillo, y se sentó en el sofá, con las piernas juntas, pero abiertas un poquito. Me senté frente a ella. Nos miramos. Ella se mordió el labio inferior, y me dijo: —¿Te acuerdas de lo que dije en la oficina? —Sí. —¿Y qué dijiste? —Que si te chingara bien una vez… yo diría que sí. —Entonces, ¿por qué no lo haces?
No me lo dijo en broma. No esperó una respuesta. Se paró, se acercó, y me puso la mano sobre la verga. Me latía como un tambor de guerra.
—No es justo que estés durísimo todo el día y yo no sienta nada —dijo, y me soltó.
Me levanté. La tomé de la mano, la llevé al cuarto. Lorena había dejado una foto en la mesita: nosotras dos en Cancún, abrazadas, riendo. Yolanda la miró, no dijo nada. Solo me jaló de la camisa.
La acosté boca arriba. Me arrodillé entre sus piernas, le subí el vestido hasta la cintura. No tenía ropa interior. Solo piel, y una humedad que ya me olía a culiao. Le abrí los labios con los dedos: rosados, húmedos, con un clítoris hinchado como una uva madura. Me lo comí con la lengua. Ella gimió, no fue un grito, fue un quejido bajo, de animal domesticado que se deja llevar.
—Más fuerte… —me pidió—. No me trates como de cristal.
La cogí con la lengua como si me la estuviera chupando a paladas. Le metí dos dedos, se abrieron solos, y empecé a meterlos y sacarlos, despacio, como si fuera un trago de mezcal. Ella se estremecía, sus nalgas se apretaban contra el colchón, y sus pechos, pequeños pero firmes, se movían con cada embestida de mis dedos.
—Quiero tu verga —me dijo—. Ya no quiero tu lengua. Quiero que me la metas entera, y que no te detengas hasta que te la laves en mi boca.
Me levanté, me bajé los pantalones. Mi verga salió dura, gruesa, con la punta brillante de preseminal. Ella me miró, me tomó con la mano, y me dijo: —Mira qué bien me entra…
Me puse frente a ella, le abrió las piernas con las manos, y la empujé. La entrada era apretada, caliente, como un guante de seda. La metí hasta la raíz. Ella soltó un grito, pero no de dolor. De sorpresa. De *sí, finalmente*.
Empecé a moverme lento. Cada jalón la sacaba un poco, y cada empujón la clavaba hasta que sentí sus nalgas golpeando contra las mías. Ella se agarró de mis brazos, y me dijo: —Sí, así… no pares… no pares… no pares…
Yo le metía la verga como si la quisiera romper en dos. Le lamí los pezones, le mordí el cuello, le susurré: —Eres una perra buena, Yolanda… una perra buena que me va a chupar la verga cuando me vaya a salir…
Se corrió primero. Su cuerpo se arqueó, sus uñas me clavaron en los brazos, y su culo se contrajo como si quisiera tragarme entero. Yo no me detuve. Seguí metiéndola, golpeando su culo con fuerza, hasta que yo también sentí el calor subirme por la espalda.
Me agarré de sus caderas, le puse la mano sobre la boca, y la jaleé fuerte. Me salí con un grito, y le rocié la cara, el cuello, el pecho. Ella me besó la mano, me lamió los dedos, y me dijo: —Vuelve a meterla. Quiero sentirla dentro de mí cuando se me pase.
Y así lo hice. La cogí otra vez. Y otra. Hasta que el sol empezó a asomarse por la ventana, y ella se durmió con mi verga aún dentro de su culo.
Cuando se fue, me dijo: —Nunca le diré nada a Lorena. Pero si un día tú te cansas de ella… yo estaré aquí.
No sé si fue una amenaza o una promesa. Pero esa noche, mientras la veía salir por la puerta con sus calcetines negros y su rojo de labios, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Y yo no quería que lo fuera.
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