La primera vez que vi a Camila con mi novia
4 minLa primera vez que vi a Camila con mi novia
Esa noche, el calor no daba respiro ni en el piso 14 del edificio donde vivíamos. El aire acondicionado se había quejado toda la tarde y, al final, mi novia —Valeria— decidió apagarlo y abrir las ventanas. El ruido de la ciudad subía como olas: bocinas lejanas, risas de alguien en la calle, el zumbido del semáforo en la esquina. Pero lo que me tenia pegado a la ventana, con el vaso de ron en la mano, fue ver cómo Camila entraba al edificio.
Camila era la nueva vecina del piso de abajo. Se había mudado hacía dos semanas, y hasta entonces solo la había saludado en el ascensor, con esa timidez falsa que uno pone cuando sabe que alguien le gusta. Ella, con su pelo negro recogido en un moño deshecho y los labios pintados de rojo oscuro, siempre me miraba como si supiera algo que yo aún no decía. Hoy, sin embargo, no iba sola.
Valeria la invitó a subir —«¡Que venga! que aquí hace más calor que en el infierno», le dijo por WhatsApp—, y yo, aunque no dije nada, me puse el short y me peiné con la manos sudadas. Cuando sonó el timbre, Valeria abrió con una sonrisa de oreja a oreja, y Camila entró con una botella de tequila y dos limones.
—¡Hola, Santiago! —dijo, y me tendió la mano. Pero en vez de estrechársela, me incliné un poco y le besé la mejilla, muy cerca del cuello. Sentí su aliento, fresco y dulce, como miel con menta.
Valeria ya tenía los vasos puestos en el sofá, con sal encima y un plato de chips. Se sentó en medio, como si fuera un trono, y Camila se acomodó a mi derecha, muy cerca. Tanto que cuando me moví para agarrar el vaso, su rodilla rozó la mía. No dije nada. Solo la miré a los ojos un segundo, y ella se sonrojó —una sonrisa fugaz, como un suspiro—.
—¿Te pongo algo más de ron? —pregunté, por decir algo.
—Sí, si no te molesta —dijo, y me pasó el vaso. En ese instante, su dedo rozó el mío. Un roce breve, pero lo suficiente para que mi cuerpo se tensara. Valeria, que ya tenía el vaso medio vacío, nos miraba con una sonrisa traviesa, como si supiera lo que pasaba por mi cabeza.
La conversación empezó suave: del calor, del tráfico, de una fiesta que habían ido las dos hace meses en Usme. Valeria, con su forma de contar las cosas —directa, sin rodeos—, le preguntó a Camila si había estado con alguien últimamente. Ella se encogió de hombros, se llevó el vaso a los labios y dijo:
—Con alguien que no me convence. Y tú?
—Yo siempre tengo a Santiago —respondió Valeria, y me dio una palmada en la pierna—, pero a veces me aburro de que sea tan… correcto.
Me reí, pero sentí el pito tieso dentro del short. No era por lo que dijo Valeria, ni siquiera por la forma en que Camila me miraba ahora: con los ojos medio cerrados, como si ya me hubiera quitado la ropa con la mirada.
Camila se puso de pie, se sacó los zapatos y se acomodó mejor en el sofá. Se estiró, y el top que llevaba se subió un par de centímetros, dejando ver la curva de su cintura y el borde del braguita que era casi transparente. Valeria la miró, también con ese brillo en la cara. Entonces, sin decir nada, le rozó el muslo con la mano.
—Estás sudada —dijo Valeria—. ¿Quieres que te ayude a quitarte el top?
Camila no respondió con palabras. Solo asintió, lentamente, y se inclinó hacia atrás, permitiendo que Valeria deslizara los tirantes por sus brazos. El top cayó al suelo, y quedó con un sostén negro de encaje, que apenas contenía sus pechos redondos y firmes. Valeria se acercó, le acarició un pezón a través de la tela, y Camila soltó un gemido bajo, casi un suspiro.
Yo ya no aguantaba. Me levanté, me acerqué por detrás, y le puse una mano en la cadera. No la apreté. Solo la sostuve, con la palma caliente. Sentí cómo su cuerpo se estremecía. Valeria me miró, me sonrió, y me indicó con la cabeza que continuara.
—¿Te gusta verla? —me preguntó, con la voz más grave.
Asentí. Y entonces, juntos, nos inclinamos sobre ella: Valeria le abrió la boca con su índice, y yo le desabroché el pantalón. Camila, con los ojos cerrados, me tomó de la muñeca y me dijo:
—Hazlo. Que yo quiero verlo todo.
Y ahí, con el ron frío en las manos, el calor de la noche y el silencio roto solo por respiraciones entrecortadas, supe que esa noche no iba a ser la primera vez que veía a Camila… sino la primera vez que la tocaba, la mordía, la hacía gemir con mi boca.
¿Qué tanto te calentó?
Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.