La primera vez que tuvo sexo con su mejor amigo
7 minLa primera vez que tuvo sexo con su mejor amigo
La habitación estaba oscura salvo por la luz tenue del teléfono de Maya, proyectando sombras largas sobre el rostro de Carlos. Estaban sentados en el sofá, una manta tirada a los pies, las piernas entrelazadas sin intención aún de moverse. Hacía tres años que eran amigos íntimos: compartían cafés, chistes de mierda, silencios incómodos y confesiones de madrugada. Pero aquella noche, el aire entre ellos había cambiado. No era solo la cercanía, ni el vino barato que habían compartido, ni el hecho de que Maya llevaba una camiseta ajustada que dejaba entrever la curva de sus pechos y Carlos una sudadera que se le subía un poco al moverse, dejando al descubierto el borde de su cinturón y la curva de su pene, ya semierecto contra el tejido.
—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —preguntó Maya, con la voz más baja de lo habitual.
—Claro. En la fiesta de cumpleaños de Lucía. Tú me dijiste que mi chaqueta parecía una bolsa de compras.
—Y tú me respondiste: “Mejor bolsa que cara de aburrida”. —Se rió, pero no era risa libre. Tenía una punta de tensión en la garganta.
Carlos la miró entonces, de verdad. No con la distancia de la amistad, sino con los ojos húmedos de alguien que lleva tiempo conteniendo algo. Maya sintió el cambio como un estremecimiento en el estómago. Se giró hacia él, las rodillas rozándose, los muslos apretados por el movimiento. Sus ojos se encontraron y, por primera vez, no hubo esquivamiento.
—¿Tú también lo sientes? —susurró Maya, sin desviar la vista.
Carlos no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, lentamente, como si temiera que el gesto la hiciera huir. Sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, explorando. Maya abrió la boca, y Carlos se dejó invadir, la lengua entrando con timidez, pero con fuerza creciente. La besó como si hubiera olvidado cómo se hacía antes, como si cada beso fuera el primero y el último a la vez.
Su mano izquierda subió por la nuca de Maya, enterrándose entre su pelo corto y despeinado. La derecha se deslizó por su espalda baja, tirando suavemente de su camiseta hasta que la subió un poco más. Debajo, la piel de Maya era cálida, suave, y Carlos sintió cómo le latía el corazón en los dedos.
—Déjame verte —dijo, rompiendo el beso, la voz ronca.
Maya no dijo nada. Solo asintió, y se levantó del sofá con lentitud teatral, como una actriz que sabe que el público la está mirando. Se quitó la camiseta con un movimiento fluido, dejando al descubierto sus pechos pequeños, redondeados, con pezones oscuros y endurecidos por la tensión y el viento frío que entraba por la ventana abierta. Carlos tragó saliva. Nunca había visto sus pechos con claridad, aunque había soñado con ello docenas de veces. Ahora estaban ahí, reales, perfectos, con una leve caída natural que los hacía aún más tentadores.
—Tú primero —pidió Maya, ya sin camiseta, con los brazos cruzados por instinto, pero sin ocultar nada.
Carlos se quitó la sudadera y la camiseta en el mismo acto, dejando al descubierto su torso hairless, delgado pero con músculos definidos por el gimnasio, y su pene, que ya estaba completamente erguido, colgando pesado entre sus piernas. Medía dieciséis centímetros bien medidos, grueso en la base, con la cabeza ligeramente rosada y húmeda por el prepucio que subía y bajaba con cada respiración.
Maya se acercó, se arrodilló frente a él, y sin más preámbulo, le desabrochó el cinturón y el botón de los jeans. Le bajó la cremallera con lentitud, como si cada milímetro fuera un acto de fe. Cuando el tejido cedió, su mano apareció, rozando el borde de la tela interior, y luego la apartó con un gesto firme.
Su pene saltó hacia adelante, tieso y brillante por el líquido preseminal que ya chorreaba por la punta. Maya lo miró sin vergüenza, con los ojos entrecerrados, como si lo estuviera catalogando: el grosor, la textura de la piel, la vena que subía por el dorso como una línea azulada y tensa.
—Estás buenísimo —dijo, y se inclinó.
No lo tomó con la boca. Primero, con la lengua. Lo lamío desde la base hasta la cabeza, con un movimiento lento, húmedo, saboreándolo. Carlos soltó un gemido gutural, las manos aferrándose al respaldo del sofá. Maya subió la mano libre y le acarició los testículos, tirando suavemente de ellos, haciendo que Carlos arqueara la espalda.
—Mierda… —murmuró.
Ella sonrió contra su piel, y entonces lo tomó todo: la cabeza entró en su boca, profundo, hasta que su nariz rozó el vello púbico de Carlos. Se retiró con un chupetín húmedo, y se levantó, acercándose a él.
—Cógeme ahora —dijo, desabrochando su propio sujetador con un clic seco, dejando caer los tirantes por los brazos—. Quiero sentirte dentro de mí, Carlos. Quiero que me agarres, que me toques como si no hubieras podido hacerlo antes.
Carlos no esperó más. Sujetó a Maya por la cintura y la llevó de vuelta al sofá, dejándola caer sobre el respaldo inclinado, con las piernas abiertas y los pies colgando. Se colocó entre ellas, el pene aún duro, la cabeza rozando su humedad. Maya se separó los labios vaginales con dos dedos, mostrándole su entrepierna: la vulva hinchada, los labios internos oscuros y brillantes, la abertura ya mojada, palpitante.
—Mira cómo te espero —dijo, jadeando.
Carlos se inclinó, besó su clítoris, lo chupó con suavidad, y luego lo lamio con fuerza, con la lengua plana, rozando el nudo nervioso que palpitaba como un corazón pequeño. Maya gritó, arqueó la espalda, y le metió los dedos en el pelo, jalándolo con fuerza.
—No… no aguanto más —gimió.
Carlos se levantó un instante, agarro una condón de la cajetilla que siempre llevaba en la billetera, se lo puso con movimientos rápidos, y luego se posicionó. Apoyó las manos a los lados de la cabeza de Maya, se inclinó, y empujó con un movimiento suave pero firme. Su pene entró, rozando el cuello del útero, hundiéndose hasta la raíz. Maya gritó, no de dolor, sino de satisfacción pura. Sus músculos internos se cerraron alrededor de él como un puño cálido, apretando, estrujando, absorbiendo cada centímetro.
—Sí… sí… —murmuró, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Carlos empezó a moverse. No rápido, no lento: con un ritmo constante, profundo, cada embestida llevándolo más adentro, cada retirada dejando apenas la punta, justo antes de que se desinflara un poco. Maya le agarró los glúteos con ambas manos, tirando de él hacia sí misma, obligándolo a entrar más hondo. Sus pechos se movían con cada embestida, rebotando suavemente, los pezones endurecidos rozando el pecho de Carlos cuando él se inclinaba a besarla de nuevo.
—Te voy a correr dentro —dijo Carlos, jadeando—. Quiero que sientas mi leche en el vientre.
Maya solo respondió con un gemido más agudo, con los dientes cerrados sobre su hombro, con las uñas clavándose en su piel. Su vagina empezó a contraerse en oleadas, primero suaves, luego más fuertes, como si estuviera masajeando su pene desde dentro. Carlos sintió el temblor en sus propios músculos, el calor ascendiendo por su columna, la cabeza le giraba.
—Mira… —dijo Maya, abriendo los ojos—. Mira cómo me coro contigo.
Carlos la miró. Vio cómo su cuerpo se arqueaba, cómo su vagina se contraía alrededor de su pene, cómo sus tetas temblaban, cómo su cara se distorsionaba en una mezcla de placer y abandono total. Él apretó más los glúteos de Maya, empujó una última vez, hasta la raíz, y se corrió. Su semilla brotó en ráfagas fuertes, golpeando el fondo del útero, inundando su interior con calor líquido. Sintió cómo Maya lo seguía, sus músculos internos ondulando en espasmos rápidos, su gemido subiendo de tono hasta convertirse en un grito ahogado, su cuerpo temblando como hoja al viento.
Carlos se derrumbó sobre ella, el pene aún dentro, los latidos de su corazón marcando el mismo ritmo que los de Maya. Se quedaron así, sudorosos, agotados, las piernas entrelazadas, los corazones latiendo juntos. Maya le
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