La primera vez que toqué a una mujer
Nunca olvidaré el olor a vainilla mezclada con sudor leve, ese perfume suave que despedía su nuca mientras se inclinaba sobre la mesa para alcanzar el vaso de agua. Yo estaba sentado en el sofá, con las piernas separadas y las manos apretando los muslos, como si tuviera miedo de que mi cuerpo se moviera solo. Tenía veintitrés años, y aunque había leído libros, visto películas, soñado mil veces con este momento, nunca había tocado a una mujer así, con intención, con deseo, con la piel ardiendo de verdad.
Se llamaba Camila. La conocía de la facultad. No éramos amigos íntimos, pero coincidíamos en el mismo grupo de literatura. Ella era seria, de risa contenida, de miradas largas que parecían decir más de lo que pronunciaba. Esa noche, sin embargo, todo cambió. Llovía afuera, y nos habíamos quedado solos en su departamento porque los demás habían tenido que salir. No hubo planes, no hubo intención previa. Solo fue un momento que se fue calentando como el agua en una tetera olvidada.
—¿Quieres un té? —me preguntó, con el cabello húmedo cayéndole sobre los hombros.
—Sí —dije, aunque no tenía frío. Solo quería que siguiera hablándome.
Mientras ella movía las manos en la cocina, yo no podía dejar de mirarla. El modo en que se mordía el labio cuando pensaba, cómo se ajustaba el elástico del moño sin darse cuenta. Llevaba una blusa blanca, de tela fina, y una falda oscura que le llegaba justo por encima de las rodillas. No era provocativa, pero para mí, cada gesto era una invitación.
Cuando me acercó la taza, nuestras puntas de los dedos se rozaron. Un segundo, tal vez menos. Pero fue suficiente. Me miró a los ojos, y algo en su expresión cambió. Como si hubiera tomado una decisión silenciosa.
—Hace calor —dijo, y se desabotonó un botón de la blusa.
Yo asentí, incapaz de hablar. Mi garganta estaba seca. Dejé la taza en la mesa, con cuidado, como si fuera frágil. Y entonces, sin pensarlo, me paré. Ella no se movió. Solo me miró, esperando.
Di un paso. Luego otro. Y cuando estuve frente a ella, levanté la mano. Temblaba. La puse sobre su mejilla, con timidez. Ella cerró los ojos. Sentí el calor de su piel, la suavidad de su rostro bajo mis dedos. Fue como si el mundo se hubiera detenido. Solo existía ese contacto, esa respiración contenida, el latido que me golpeaba en los oídos.
—¿Puedo? —susurré.
Ella asintió, sin abrir los ojos. Y entonces la besé.
Fue un beso lento, inseguro al principio. Mis labios apenas rozaban los suyos, probando. Pero cuando ella entreabrió la boca, todo cambió. Sentí su lengua tibia encontrarse con la mía, suave, exploradora. Me abrazó por la cintura, y sus manos eran cálidas a través de la camisa. Me di cuenta de que estaba aprendiendo: el ritmo, la presión, el modo de respirar entre besos. No era perfecto, pero era real. Y era mío.
Sus manos subieron por mi espalda, se enredaron en mi cabello. Yo, con torpeza, deslicé la mía por su cintura, sintiendo la curva de sus caderas bajo la tela. Quería más, pero tenía miedo de arruinarlo. Entonces, fue ella quien tomó la iniciativa. Se separó apenas, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.
La habitación era sencilla, con una cama baja y una ventana desde donde se veía la lluvia deslizarse por los cristales. Se sentó en el borde, y yo me quedé de pie frente a ella, con el corazón a punto de estallar.
—Quítate la camisa —dijo, con voz baja.
Obedecí. Me temblaban los dedos al desabrochar los botones. Cuando la dejé caer al suelo, ella me miró con una sonrisa leve, casi tierna.
—Eres hermoso —dijo.
Y entonces, con una lentitud que me hizo temblar, ella se quitó la blusa. Quedó con un sostén de encaje beige, y su piel era más clara de lo que imaginaba, con pecas pequeñas en los hombros. Levanté una mano, con miedo, y toqué su clavícula. Ella cerró los ojos de nuevo, como si disfrutara el contacto. Bajé los dedos por su pecho, hasta el borde del sostén, sintiendo el calor que despedía su cuerpo.
—Camila… —susurré.
—Shhh —dijo, y me empujó suavemente hacia la cama.
Caímos juntos, y ella se acomodó sobre mí. Su boca volvió a la mía, esta vez con más hambre. Sentí sus pechos contra mi pecho, el roce de su falda al moverse. Sus manos bajaron hasta mi cinturón, y yo jadeé cuando me lo desabrochó. No me detuve a pensar. Solo sentí. Cada roce, cada aliento, cada gemido ahogado.
Cuando me quitó los pantalones, sentí el aire frío del cuarto contra mi piel, pero su cuerpo lo compensó al instante. Se sentó sobre mis muslos, con las piernas a cada lado de mis caderas, y se desabrochó el sostén con una sola mano. Lo dejó caer al suelo, y entonces vi sus pechos por primera vez. Eran pequeños, firmes, con pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire. Llevé las manos hacia ellos con reverencia, y cuando los toqué, ella gimió.
—Así… —dijo—, así, por favor.
Mis dedos exploraron cada centímetro, aprendiendo su forma, su textura. Llevé uno a mi boca, lo lamí con cuidado, y ella arqueó la espalda, sus manos en mi cabello. Nunca había sentido algo así. No solo el placer, sino la conexión. Como si cada toque fuera una confesión.
Ella bajó la mano, me acarició por encima de la ropa interior. Yo gemí, incapaz de contenerme. Entonces, con una mirada que no olvidaré, se puso de rodillas y me la quitó. Quedé expuesto, vulnerable, pero ella no se burló. Solo me miró, con deseo, con ternura.
—No tengas miedo —dijo—. Todo está bien.
Y entonces, con una lentitud que me volvió loco, me tomó con la mano. Fue un contacto cálido, firme. Empezó a moverse, y yo cerré los ojos, dejándome llevar. Pero ella no quería eso.
—Mírame —pidió.
Abrí los ojos. Y mientras ella me acariciaba, me besó. Fue un beso profundo, húmedo, que me hizo temblar. Sentí que el calor subía desde el vientre, que no podía aguantar más.
—Camila… voy a…
—Lo sé —dijo, y sin dejar de mirarme, se inclinó y me tomó con la boca.
Fue como si el mundo explotara. No hubo ruido, solo luz. Un latido, un grito silencioso dentro de mí. Me corrí con fuerza, con sorpresa, con gratitud. Ella no se detuvo hasta que todo terminó, hasta que caí exhausto sobre la cama.
Se acostó a mi lado, me abrazó. No dijimos nada. Solo nos quedamos así, piel con piel, oyendo la lluvia y el latido del corazón del otro.
Fue mi primera vez. No con una amante, ni con una desconocida. Con una mujer que me miró a los ojos, que me enseñó que el deseo también puede ser dulce. Que el miedo se puede vencer con un solo beso.
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