La primera vez que se me dio cuenta de que le gustaba
4 minLa primera vez que se me dio cuenta de que le gustaba
Eran las once y pico de la noche cuando Lucía subió las escaleras del edificio antiguo, con el pantalón vaquero ajustado en las nalgas y una bolsa de papel que olía a churros recién hechos. El calor de verano se metía por las rendijas del pasillo, pegado al cuerpo como una manta húmeda. En la puerta 3B, dio tres toques cortos, como acordado.
Mateo abrió con una camiseta blanca un poco desalineada, el pelo negro despeinado y una sonrisa que le temblaba en los labios. Llevaba días viéndola desde la ventana mientras caminaba hacia la parada del camión, con sus botines de tacón bajo y las manos metidas en los bolsillos de su blazer color mostaza. Hoy, por fin, había aceptado beber algo con él.
—¿Churros? —preguntó ella entrando sin esperar respuesta, como si ya conociera el lugar.
—Sí, me los pediste en el mensaje —respondió él, cerrando tras ella—. Pero no te creas que por eso te voy a dejar tocar mi tele.
Ella rió, una risa suelta, como gotas de agua en una lata vacía. Se quitó el blazer y lo colgó en la percha de la entrada, dejando ver una blusa blanca ajustada, con los botones hasta el tercer nudillo. Mateo tragó saliva sin poder evitarlo. Le gustaba cómo se le marcaba la cintura, cómo se le redondeaban las curvas al caminar. Pero lo que más lo volvía loco era la manera en que ella lo miraba: sin miedo, sin disimulo, como si ya supiera que él también quería.
—¿Tienes crema de chocolate? —preguntó ella sentándose en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad.
—Sí, pero es para mí —dijo él acercándose, sentándose a un par de centímetros—. A menos que me prometas no reírte si me equivoco al servirte.
Ella le dio un beso en la mejilla, rápido, como una descarga estática. Él se congeló. El calor le subió por el cuello, hasta la punta de las orejas. No era la primera vez que una mujer lo besaba, pero sí la primera vez que le gustaba tanto sentirse nervioso.
—¿Tú crees que…? —empezó él, mirando sus manos—. Que si te toco aquí… —y con la yema del índice trazó una línea suave desde la muñeca hasta el codo—. ¿Te pones nerviosa?
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza, le tomó la mano y se la llevó al cuello. Sentía el pulso allí, acelerado, como un pájaro atrapado entre la piel y el hueso.
—Tú primero —susurró.
Él se atrevió. Primero con la frente apoyada en su hombro, respirando su perfume a poco, como si temiera que desapareciera. Luego, con la mano que se deslizó por su cadera, subiendo despacio, rozando la costura de la blusa, hasta topar con la base de su cuello. Ella se estremeció.
—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose.
—Estoy más que bien —dijo ella, volviendo a besarlo, esta vez en la boca. Fue un beso lento, de labios que aprenden, de lenguas que se saluda como amigos antiguos. Mateo sintió que el mundo se le achicaba hasta el tamaño del sofá.
Se separaron apenas un instante para respirar, y entonces ella se inclinó hacia atrás, desabrochando con calma los dos botones que faltaban de su blusa. Mateo le ayudó, con los dedos torpes pero con ternura. Cuando la tela se abrió, dejando ver un sostén de encaje negro, no se apresuró. Solo la miró, como si estuviera aprendiendo una nueva lengua.
—¿Te importa si…? —empezó.
Ella solo tomó su mano y la puso sobre su pecho, sobre el pezón ya tieso bajo el encaje.
—Sí —dijo ella, sin sonido, solo con labios y calor.
Mateo aprendió el sabor de su piel con la lengua, lamiendo suavemente, mordisqueando el borde del encaje, dejando que sus manos siguieran explorando: la curva de su espalda, la redondez de sus nalgas, el muslo suave que ella le abrió con una sonrisa.
Cuando se separaron, ya con los pantalones bajados y Mateo con la verga dura en sus manos, ella le pidió con la vista que le quitara la ropa interior.
—¿Te gusta que te vea? —preguntó él, sosteniéndola con una mano en la nuca.
—Mucho —dijo ella—. Que me veas como soy.
Y él lo hizo. La besó mientras se metía dentro de ella, lento, como si cada centímetro fuera un versículo de un poema antiguo. Ella gimió bajo él, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en sus brazos. Cuando se corrió, lo hizo con un suspiro que le temblaba en la garganta: “Mateo… sí… sí, así”.
Él la siguió segundos después, con un gemido que no sabía que tenía, enterrado en su cuello, con el corazón a mil por hora.
Después, tumbados boca arriba, con las piernas entrelazadas y el aire cargado de sudor y churros, ella le dijo:
—Mañana vuelvo.
Y él, sin pensar, respondió:
—A ver si no me vuelvo loco contigo antes.
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