La primera vez que me vio con verga

La primera vez que me vio con verga

@santiago_vera ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (6) · 70 lecturas · 5 min de lectura

Yo no le dije nada. No tenía que decirlo. Ella ya lo sabía. Lo sabía desde que me vio por primera vez en la puerta del super, con el chaleco de la tienda y el cabello suelto, la cara sin maquillaje, los ojos cansados de tanto esforzarse por parecer lo que no era. Pero esa noche, en su casa, con la luz apagada y solo el fulgor del televisor iluminando su perfil, me miró con otra cosa en la mirada. No era curiosidad. No era compasión. Era deseo. Y eso, joder, eso me derritió.

Era la vecina del quinto. Lupita. Treinta y ocho años, pechos grandes y caídos como sandías maduras, caderas que se movían como si tuvieran vida propia, y una risa que te hacía olvidar el mundo. Nos saludábamos siempre. Un “hola, hermano” con un guiño, un “qué tal, mi vida” con el dedo en la boca. Ella nunca me llamó “señora”, ni “señorita”, ni “amiga”. Me llamaba “hermano”. Y yo, por primera vez en mi vida, sentí que ese nombre no era una burla. Era un abrazo.

Esa noche, el agua se cortó. Me acerqué a su puerta con una botella de cerveza, la que sobró de la fiesta de su hija. “¿Tienes agua?” le pregunté. Ella me miró, se cruzó de brazos, y dijo: “¿Tienes verga, hermano?”.

No me sorprendió. No me asustó. Solo sonreí. “Sí, mamá. La tengo. Y no es de plástico.”

Se rió, como si yo hubiera dicho algo genial. Abrió la puerta. La casa olía a jazmín y a sudor viejo. Ella se descalzó, y sus pies, con las uñas pintadas de rojo, se deslizaron sobre el piso de cerámica. Me invitó a sentarme en el sofá. Yo me senté. Ella se sentó a mi lado, muy cerca. Tanto que sentí el calor de su pierna, tan cerca de mi entrepierna que casi me daba vértigo.

“¿Desde cuándo?” me preguntó, sin mirarme.

“Desde que tenía doce años. Pero no lo dejé salir hasta los veinticinco.”

“¿Y qué pasó?”

“Me daba miedo que me vieran. Que me dijeran que no era hombre. Que no era mujer. Que era una porquería.”

Ella no dijo nada. Solo me tomó la mano. No con cariño. No con lástima. Con autoridad. Como si me estuviera enseñando algo que yo ya sabía, pero me costaba creer.

“¿Tienes verga, hermano?” volvió a preguntar, como si fuera una oración.

“Sí.”

“¿Y qué haces con ella?”

“La uso. Cuando estoy solo. Cuando me duele. Cuando quiero sentir que soy de verdad.”

Me miró entonces. Sus ojos, oscuros como café sin leche, me atravesaron. No había juicio. Solo una pregunta silenciosa: ¿quieres que te la toque?

No dije nada. No tuve que. Ella se levantó. Se quitó la camisa. Sus pechos, grandes, suaves, con pezones oscuros y duros, quedaron expuestos. No los cubrió. No los escondió. Los dejó ahí, como si fueran parte de su cuerpo, como si fueran parte de mí.

Se acercó. Se puso entre mis piernas. Me tomó la cintura con las manos, y me miró a los ojos.

“¿Quieres que te la toque, hermano?”

Asentí. No con la cabeza. Con el cuerpo. Con el pecho. Con el alma.

Ella se arrodilló. No fue lento. No fue dramático. Fue natural. Como si lo hubiera hecho mil veces. Como si yo fuera un hombre, y ella, una mujer que sabía lo que quería.

Su mano, caliente, se deslizó por mi pantalón. No se detuvo. No preguntó. Solo abrió el botón, bajó la cremallera, y me sacó la verga. No la miró con asco. No la miró con sorpresa. La miró como si fuera lo más normal del mundo. Como si yo fuera lo más normal del mundo.

La tomó. Con firmeza. Con cariño. Con deseo.

Y me hizo gemir.

No grité. No me derrumbé. Solo respiré. Profundo. Como si estuviera respirando por primera vez.

Ella me miró, con la verga en la mano, y dijo: “Tienes una verga bonita, hermano. Grande. Dura. Como la de un hombre que sabe lo que quiere.”

Y entonces, sin más, bajó la cabeza.

No fue un beso. No fue un chupón. Fue una entrega. Una confesión. Una promesa.

Su boca, húmeda y cálida, me envolvió. No fue rápido. No fue violento. Fue lento. Como si estuviera aprendiendo. Como si estuviera descubriendo. Como si yo fuera su primer hombre, y no ella, mi primera mujer.

Y yo, joder, yo sentí que por primera vez en mi vida, alguien me veía. No como un error. No como un monstruo. No como una transexual. Como un hombre. Con verga. Con cuerpo. Con deseo.

Cuando me corrió, no fue con gritos. Fue con un suspiro. Con una lágrima. Con un “gracias, hermano” susurrado contra mi piel.

Ella se levantó. Se limpió la boca con la mano. Se sentó de nuevo a mi lado. Me abrazó. Y me dijo:

“Mañana, si quieres, te hago café. Y te enseño cómo se hace un chile relleno. Y tú… me enseñas cómo se siente una verga cuando la tocas con amor.”

No dije nada. Solo la abracé más fuerte.

Y en ese abrazo, en esa casa de vecinos, con el agua cortada y la luna entrando por la ventana, supe que por fin, después de tantos años, ya no estaba solo.

Ya no tenía que esconderme.

Ya no tenía que mentir.

Tenía a Lupita.

Y ella, con su boca, sus pechos, su risa, su mano, y su verga —porque sí, también tenía una— me había hecho sentir, por primera vez, como el hombre que siempre supe que era.

¿Qué tanto te calentó?

4.2 · 6 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@santiago_vera

Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

También en Transexual

Más de @santiago_vera

Ver autor →