La primera vez que me vio con verga
6 minLa primera vez que me vio con verga
La primera vez que me vio con verga fue en el espejo del baño, bajo la luz amarilla del foco quemado. Yo aún no la conocía, pero ya me miraba como si me reconociera. Me llamaba Lía, y trabajaba en el café de la esquina, el que está al lado del mercado de San Juan de Dios. Yo iba a veces a escribir, a tomar un café negro y dejar que el ruido de las tazas y el vapor del espresso me arrullara. Ella era alta, de piernas largas, piel morena clara y cabello lacio que guardaba en un nudo apretado. Usaba lentes redondos que le daban un aire de profesora de literatura, pero sus labios —siempre pintados de rojo oscuro— decían otra cosa.
Yo soy Santiago, y desde los veintidós me salí del armario como trans. No fue un acto dramático, más bien como sacudir una manta de polvo: “Aquí estoy, y no voy a esconderme”. Tengo treinta y cinco, verga de tamaño promedio, nalgas firmes y pechos planos que no me incomodan. Me gusta que me vean, me gusta que me miren, pero solo si soy yo quien decide cuándo y cómo. Eso lo aprendí con el tiempo, con el cuerpo y con el dolor.
Esa tarde, Lía entró al café con una bolsa de tela y una sonrisa que le abrió la cara entera. Se levantó una silla, se sentó frente a mí sin preguntar. Yo estaba escribiendo, no miré de inmediato. Sentí su mirada antes de verla: una presión en la nuca, como un dedo frío que se paseaba. Cuando alcé la cabeza, ella ya me estaba mirando fijo, sin sonrojo, sin disimulo.
—¿Eres escritor o solo te haces el intelectual? —me preguntó, con la voz un poco ronca, como si hubiera estado hablando mucho.
—Depende del día. Hoy soy solo un tipo que quiere terminar este maldito texto antes de que se le enfríe el café.
Ella se rió, una risa baja, que le tembló en el pecho. Me gustó. Me gustó que no me tratara como si fuera frágil, como si mi transición fuera una especie de enfermedad contagiosa. Me trató como un hombre, punto. Y eso, en la Ciudad de México, es un lujo.
Nos vimos después. Un par de veces más en el café, otras en la biblioteca pública, donde ella trabajaba como archivista. Nunca hablamos de género. Nunca. Ella me decía “guapo”, “bello”, “te veo bien”, y yo le decía lo mismo. Ella tenía tetas medianas, pezones oscuros, y una cicatriz casi invisible en el costado del abdomen, como una línea de costura. Me dijo que era de una cirugía de mastectomía, pero no lo dijo con pena, sino como quien dice “tengo un tatuaje nuevo”.
—¿Te importa? —me preguntó una noche, mientras caminábamos por el Parque de la Bombilla. El aire olía a tierra mojada y a flores de naranjo.
—¿Importa qué? —respondí, sabiendo ya a qué se refería.
—Que me veas. Que me toques. Que me quieras.
Me detuve, la tomé de la mano y la giré hacia mí. Sus ojos estaban brillantes, pero firmes. No había súplica en ellos, solo una pregunta abierta, como una puerta sin cerrojo.
—Yo te veo, Lía. Te veo entera. No veo “antes”, no veo “después”. Te veo ahora. Y quiero verte más.
Ella me besó entonces, con una suavidad que me sacudió los dientes. Su boca era cálida, húmeda, con un sabor a menta y a suyo. Me apretó contra el tronco de una higuera, y yo sentí su pecho contra el mío, planos los míos, blandos los suyos, pero ambas realidades iguales ante el deseo.
Pasamos semanas así: besos en la calle, manos que se exploraban sin prisa, conversaciones que se alargaban hasta que el sol se ponía y la ciudad se ponía roja. Ella me contó que había estado casada, que tenía un hijo de veinte años que ya no hablaba con ella, y que estaba aprendiendo a amarse otra vez. Yo le hablé de mi madre, de cómo me dijo “ya no eres mi hijo, eres mi hija”, y cómo al mes me llamó llorando para pedirme perdón por no haberlo entendido antes.
No hablamos de verga. Hasta esa noche.
Ella vino a mi casa. Llevaba una falda negra que le subía hasta la mitad del muslo, y medias de red que le apretaban el culo con una firmeza que me hizo tragar seco. Me senté en el sofá, ella se arrodilló frente a mí, sin pedir permiso, sin esperar. Me miró a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón, y cuando mi verga saltó libre, ella no parpadeó. Solo me sonrió.
—Te veo bien —susurró, y me pasó la mano por el glande, lento, con la palma seca.
Me puse de pie, la tomé de la cintura y la llevé a la cama. Ella no se quitó las medias. Me quitó la camisa, me besó el cuello, me mordió el hombro y me dijo: “Mira cómo te miro”. Y yo la miré. La miré con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, con las manos temblorosas. Ella se quitó la falda y se sentó sobre mí, con las piernas a los lados de mi torso, y me puso la verga en su entrada.
No era húmeda como una mujer cis, pero sí caliente, tensa, viva. Me miró mientras me empujaba hacia adentro, un centímetro a la vez, y cuando ya estaba dentro hasta el fondo, me agarró de las orejas y me besó con fuerza, como si me quisiera meter por la boca.
—¿Te gusta? —le pregunté, con la voz rota.
—Mucho. Te quiero ver dentro de mí. Te quiero sentir hasta que no puedas más.
Cogimos. Lento al principio, después más fuerte. Ella se reclinaba hacia atrás, apoyándose en las manos, y yo le agarraba las caderas y la empujaba hacia atrás, hacia mí, hasta que su cuerpo temblaba y su respiración se volvía agitada. Le besé los pechos, le chupé los pezones, le mordí el cuello, y cada vez que se venía, lo hacía con un grito que no era de placer, sino de liberación. “Santiago… Santiago…”, decía, como una plegaria.
Cuando me Vine dentro de ella, ella me abrazó con fuerza, me pegó la frente a la mía y nos quedamos así, sudados, con el corazón a mil, con el cuerpo aún conectado. Ella me besó la nariz y me sonrió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Nunca me había sentido así —me dijo—. Como si fuera real. Como si fuera yo.
Yo la besé otra vez, lentamente, con ternura, con gratitud. Porque ella me había visto con verga, y no huyó. No se asustó. Me quiso tal como era. Y yo la quise tal como era: una mujer que había perdido mucho, pero que aún tenía ganas de amar.
Y así, con la luz de la luna entrando por la ventana y el olor a sexo y a naranjo flotando en el aire, supe que aquello no era solo un encuentro. Era el principio de algo que quería durar.
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