La primera vez que me vi en el espejo del ascensor
El edificio de La Alhambra no era de los más nuevos de Envigado, pero tenía ese aire de clase media con pretensiones de alta que a doña Clemencia le encantaba. Ascensor antiguo, de esos que aún hacían *ping* al abrirse, con puertas metálicas que se corrían lentamente, como si el tiempo también viviera allí. Y en el fondo del ascensor, pegado al rincón derecho, un espejo rectangular, empañado por los años, con una rajita en la esquina que parecía una sonrisa burlona.
Fue allí donde Santiago, de veintiocho y cadera ancha, se vio por primera vez… completo. No como en el espejo del baño, donde solo alcanzaba a ver la mitad del rostro y un hombro, sino entero, con todo y lo que llevaba colgando debajo del pantalón de algodón fino que usaba para dormir.
Él no subía a su apartamento por las noches como quien huye del mundo, sino como quien se escabulle de sí mismo. Estudiante de arquitectura, trabajador ocasional en una firma de diseño, soltero empedernido sin tiempo para relaciones, pero con el cuerpo que no mentía: sudoroso después del gimnasio, camiseta ajustada, olor a jabón barato y algo más, algo que no se nombraba, pero que flotaba entre los pisos tres y cinco como un perfume clandestino.
Esa noche, sin embargo, todo cambió.
Subía con la bolsa de mercado en una mano, los dedos marcados por las asas de plástico, cuando el ascensor se detuvo en el cuarto piso. Entró ella. Valeria. No la conocía de nada, pero sabía quién era: la nueva inquilina del 402, la que se mudó con un gato gris y un par de macetas que nunca florecieron. Morena, pelo lacio hasta los hombros, piernas largas que se adivinaban bajo un vestido playero que no pegaba con el clima de medianoche.
—Buenas noches —dijo ella, con una sonrisa que no llegó del todo a los ojos.
—Buenas —respondió él, sin mirarla, concentrado en el número que bajaba: 4… 3…
Pero entonces, el espejo.
Santiago, sin querer, clavó la vista en su reflejo. Y ella también.
No fue un vistazo rápido, no fue casual. Fue un *quedarse*, como si el ascensor hubiera congelado el tiempo. Y en ese segundo, él vio lo que nunca había notado: el bulto bajo el pantalón, marcado, firme, como si el calor del día hubiera decidido quedarse allí. Y ella… ella no desvió la mirada.
El silencio se volvió espeso, pegajoso. El *ping* del ascensor al detenerse en el tercer piso fue como un suspiro contenido.
—Qué calor hace, ¿verdá? —dijo ella, sin moverse.
—Sí —respondió él, rascándose la nuca—. Como si el edificio respirara caliente.
Ella rio. Una risa corta, seca, pero con un matiz… ronco.
—A mí me gusta —dijo—. El calor no es malo. A veces te hace sentir más… vivo.
Santiago tragó saliva. El espejo los miraba.
Subieron al quinto. Ella no bajó.
—¿Vive en el quinto? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.
—No —dijo ella—. Solo quería ver hasta dónde llega este ascensor.
Y entonces, sin más, se acercó al espejo. No tanto como para tocarlo, pero lo suficiente como para que su reflejo quedara al lado del de él. Casi pegados.
—¿Sabes qué es lo más raro de los espejos? —preguntó, mirando su propia imagen—. Que nunca te ven como tú te ves. Siempre hay un ángulo, una luz mala, un defecto… como esta rajita aquí —señaló la grieta—. Pero a veces… a veces te muestran algo que no sabías que tenías.
Él no respondió. Solo miraba.
Ella giró un poco, como si estuviera acomodándose, y entonces su cadera rozó la de él. Un roce leve, de casualidad fingida.
—Ay, perdón —dijo, sin moverse.
Él sintió el calor subirle por la espalda, como si el cuerpo se le hubiera encendido desde adentro.
—No… no importa —murmuró.
El ascensor bajó al cuarto. Subió al quinto. Bajó al tercero. Nadie más entraba. Nadie más llamaba.
—¿Y usted? —preguntó ella de pronto—. ¿Nunca se ha mirado bien en un espejo?
—Claro que sí —dijo él, con voz ronca—. Pero no así.
—¿Así cómo?
—Como si alguien más también estuviera viendo.
Ella sonrió. Esta vez, con los ojos.
—Yo sí lo estoy viendo —dijo—. Y la verdad… está bien rico lo que veo.
El aire se cortó.
Santiago sintió el pito hincharse, no por primera vez, pero sí por primera vez con testigo. Con cómplice.
—¿Y si… —empezó él, sin saber bien qué decía—… y si el ascensor se queda trabado?
—Ah —dijo ella, con un tono de complicidad—. Entonces tendríamos que esperar a que vengan a arreglarlo.
—Y mientras…
—Podríamos seguir… mirándonos.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto. No era incómodo. Era denso, como la humedad antes de la tormenta.
Ella dio un paso más. No hacia él, sino hacia el espejo. Se paró frente a él, de espaldas, y se miró.
—Míreme —dijo—. Así, por detrás. ¿Qué ve?
Él tragó saliva.
—Un culo… bien parado —dijo, con voz baja—. Como si estuviera pidiendo que lo agarren.
—¿Y usted no es de los que agarran?
—No soy de los que se arriesgan.
—Qué lástima —dijo ella, girando un poco la cadera—. Porque yo sí soy de las que se arriesgan.
Entonces, lentamente, se subió el vestido. Solo un poco. Lo justo para mostrar la curva del glúteo, moreno, redondeado, con una línea de braga que desaparecía en la grieta.
—¿Lo ve? —preguntó—. ¿Lo ve ahí, en el espejo?
Santiago no podía despegar la vista.
—Sí —dijo—. Lo veo.
—¿Y qué piensa hacer?
Él dio un paso. Luego otro.
—Pensar no es lo que quiero hacer ahora —dijo.
Entonces, sin más, puso una mano en su cadera. Fue como tocar fuego.
Ella no se movió. Solo dejó el vestido levantado.
—Siga —dijo—. No se quede en lo fácil.
Él deslizó la mano por debajo de la tela. Tocó piel. Caliente. Suave.
—¿Y si… —preguntó—… y si alguien llega?
—Que llegue —dijo ella—. Que vea.
Y entonces, como si el edificio entero hubiera estado esperando ese momento, el ascensor se detuvo. Las luces parpadearon. El *ping* no llegó.
—Trabado —dijo ella, sin sorpresa—. Como le dije.
Él la tomó por la cintura, la giró. Ahora estaba frente a frente. El espejo los mostraba a los dos, juntos, con el deseo a flor de piel.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora —dijo ella, acercando su boca a la de él—, usted decide si se queda mirando… o si por fin se atreve a tocar.
El beso no fue suave. Fue hondo, húmedo, con sabor a osadía y a algo que sabe a comienzo.
Y en el espejo, entre la rajita y la penumbra, dos cuerpos se fundieron como si el edificio entero hubiera dejado de respirar para que ellos pudieran hacerlo más fuerte.
Nadie subió. Nadie bajó.
Y cuando el ascensor volvió a funcionar, ya no importaba a qué piso iban.
Porque ambos sabían que, de ahora en adelante, cada viaje sería una excusa… para no llegar.
¿Te ha gustado? Valóralo