La primera vez que me tocó un hombre

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca imaginé que el miedo y el deseo pudieran pesar lo mismo en el pecho. Esa tarde, sentada en el sillón de mi departamento, con las piernas dobladas y los dedos nerviosos enredándose en el dobladillo de mi blusa, sentía que el corazón me iba a salir por la garganta. Tenía veintidós años, era virgen, y ese día, por primera vez, había invitado a un hombre a mi casa con la intención de que me quitara lo que tanto tiempo había guardado.

Se llamaba Daniel. Lo conocí en una fiesta de cumpleaños, en casa de una amiga común. No era el más guapo, ni el más alto, ni el que más bromas contaba. Pero había algo en él… una calma en la mirada, una sonrisa tímida que se le escapaba al hablar, como si estuviera revelando un secreto cada vez que abría la boca. Me miraba de frente, sin fingir interés, sin mirarme como si ya me hubiera desnudado con la mente. Eso me gustó. Me gustó que me viera, no solo que me viera el cuerpo.

Nos pusimos de acuerdo en vernos una semana después. Nada raro, solo un café. Pero cuando llegó a mi puerta, con su chaqueta de cuero y ese perfume suave que no pude identificar, supe que no íbamos a tomar café. Lo invité a pasar. El silencio entre nosotros no era incómodo, era como si ya supiéramos lo que iba a pasar, como si no hubiera necesidad de fingir que solo estábamos ahí para hablar.

—¿Te ofrezco algo de tomar? —dije, tratando de sonar tranquila, pero la voz me tembló.

—No, tranquila —respondió, y dio un paso adelante—. Estoy bien así.

Se acercó despacio, sin apuro. Yo no me moví. Sentía las piernas como de gelatina, pero no quería huir. Me tomó de la mano, suave, y me miró a los ojos.

—¿Estás segura de esto?

Asentí. No dije nada, pero asentí con tanta fuerza que me dolió el cuello. Y entonces me besó. Fue un beso lento, profundo, como si estuviera probando cada rincón de mi boca. Sus labios eran cálidos, y su lengua, al rozar la mía, me hizo estremecer. Jamás había sentido algo así. No era solo deseo, era como si mi cuerpo entero despertara de un sueño largo.

Sus manos subieron por mis brazos, suaves, como si tuvieran miedo de romperme. Me quitó la blusa sin prisa, desabrochando los botones uno por uno. Cuando mis pechos quedaron al descubierto, cubrí mi cara con las manos, avergonzada.

—No —dijo, quitándomelas con dulzura—. No te escondas. Eres hermosa.

Y entonces me tocó. Primero con las yemas de los dedos, luego con toda la palma. Me acarició los senos, los pezones endurecidos, y un gemido se me escapó. Nunca me había oído así. Sonaba como si alguien más estuviera dentro de mí, alguien que no sabía controlar lo que sentía.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí —respondí, casi en un susurro—. Sí, me gusta.

Me cargó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la recámara. Me acostó sobre la cama, con cuidado, como si fuera de cristal. Luego se desvistió frente a mí, sin vergüenza, sin prisa. Y cuando vi su verga, dura, gruesa, apuntando al cielo, sentí un miedo nuevo. No era miedo de él, sino de no estar a la altura, de no saber cómo hacerlo bien.

Pero él no me dejó pensar. Se acostó a mi lado, me besó otra vez, y sus manos bajaron por mi vientre, despacio, hasta llegar a mis nalgas. Me jaló hacia él, y sentí su verga pegada a mi culo. Me mordí el labio. Era una sensación rara, pero buena. Muy buena.

—¿Puedo quitarte el panty? —preguntó.

Asentí. Me lo bajó con cuidado, como si estuviera deshojando una flor. Y entonces, por primera vez, alguien vio mi coño. Me sentí expuesta, pero no quise taparme. Quería que me viera todo.

Sus dedos empezaron a jugar con mis labios, separándolos, acariciando mi clítoris con círculos pequeños. Gemí otra vez, más fuerte. Nunca me había tocado así, y mucho menos con alguien más. Sentía que el calor subía desde el fondo de mi vientre, como si algo estuviera a punto de explotar.

—¿Quieres que te chupe? —preguntó.

No supe qué decir. Solo asentí. Y entonces bajó. Me abrió las piernas con suavidad y se acomodó entre ellas. Cuando su lengua tocó mi coño, grité. Fue un sonido agudo, como si me hubieran herido, pero era placer puro, crudo. Nunca había sentido algo así. Su lengua era mágica, iba y venía, chupaba, lamía, me hacía mover las caderas sin control.

—¡Ay, Dios! —grité, y me agarré de las sábanas.

Él no paró. Siguió hasta que sentí que no aguantaba más. Y entonces, cuando creí que iba a correrme, se detuvo.

—No —dije, casi llorando—. No pares.

—Tranquila —sonrió—. Aún no termino.

Se puso un condón y se subió encima de mí. Me miró a los ojos otra vez.

—Si en algún momento quieres que pare, me dices. ¿Sí?

Asentí, pero ya no podía hablar. Me besó, y entonces sentí su verga en la entrada de mi coño. Era grande, y tuve miedo de que no cupiera. Pero él empujó despacio, muy despacio. Sentí un ardor, un estiramiento, un dolor leve que duró solo un segundo. Y luego… luego fue como si todo encajara.

Estaba dentro de mí. Por fin. Por primera vez.

Movió las caderas con cuidado, entrando y saliendo, y cada embestida me hacía gemir más fuerte. Me agarró de las nalgas, me jaló hacia él, y empezó a cogerme con más fuerza. Yo no podía creer lo que sentía. Era como si mi cuerpo entero se hubiera encendido, como si cada célula gritara de placer.

—¡Sí! —grité—. ¡Así! ¡Más!

Y él me dio más. Me cogió como si me conociera de toda la vida, como si supiera exactamente lo que necesitaba. Sentí que algo crecía dentro de mí, algo que no podía contener. Y entonces, de golpe, todo estalló. Me corrí con tanta fuerza que grité su nombre, que lloré, que temblé entera.

Él no tardó en seguirme. Sentí que su verga palpitaba dentro de mí, y supe que también se había venido. Se dejó caer sobre mí, sudado, respirando fuerte.

Nos quedamos así un rato, abrazados, sin hablar. Y cuando por fin me miró, sonrió.

—¿Y? —preguntó.

—Fue… —no supe cómo decirlo—. Fue perfecto.

Y lo fue. Porque no fue solo sexo. Fue la primera vez que me sentí completa. Que me sentí mujer. Que me sentí deseada, respetada, amada. Aunque fuera una sola noche, aunque nunca más lo volviera a ver, supe que ya nada sería igual. Porque ya no era la misma. Ya había sido tocada por un hombre. Y por primera vez, me había dejado llevar.

También en: HeteroRománticoOral

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Primera vez