La primera vez que me tocó

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca se me olvidará el olor de su piel aquella tarde, como si el calor del verano se hubiera condensado en su nuca, en el hueco donde el cabello se riza cuando sudas un poco, cuando el cuerpo se entrega sin querer al bochorno de las cinco en punto. Yo tenía dieciocho, y él veintitrés, y aunque no lo dijéramos, entre nosotros corría una corriente que no se podía fingir, como el zumbido de los mosquitos al atardecer, insistente, incómoda, pero tan rica que daba miedo.

Se llamaba Santiago, pero todos le decíamos Janto, y vivía en el apartamento de enfrente. Lo conocía desde hacía meses, desde que me mudé a ese edificio viejo del centro de Medellín, con los pisos de mármol rajado y los balcones llenos de macetas con plantas que nadie regaba. Nos saludábamos con un “¿qué más, vecino?”, un gesto de cabeza, a veces una sonrisa rápida. Pero ese día, cuando me encontró en el ascensor con las llaves en la mano y el ceño fruncido por el calor, fue distinto.

—¿Y a ti qué te pasa, muchacho? —me dijo, y su voz era más grave de lo que recordaba, como si el aire espeso le hubiera bajado el tono.

—Na’, hombre. Solo que este calor me tiene las pelotas hervidas —dije, y en cuanto solté la frase, me arrepentí. No por grosero, no, sino porque él me miró como si me hubiera desnudado frente a él.

Sonrió apenas, con media boca, y el ascensor se detuvo en su piso. Antes de salir, me miró de reojo y dijo:

—A mí también me tiene así. Pero hay formas de enfriarse.

No supe si era broma o no, pero el corazón me dio un vuelco, como cuando se te cae el estómago en una montaña rusa. Subí a mi apartamento con el pulso acelerado, y pasé la tarde intentando leer, pero no podía concentrarme. El aire acondicionado no funcionaba bien, y el ventilador solo movía el calor de un lado a otro. Me puse un pantalón corto y una camiseta liviana, pero igual sentía el sudor bajando por la espalda, por dentro de los muslos.

A eso de las siete, tocaron a la puerta.

Abrí y allí estaba Janto, con una botella de vino blanco en una mano y dos vasos en la otra. Venía sin camisa, con un pantalón de algodón claro, y el pecho brillante por el sudor. Me miró de arriba abajo y dijo:

—¿Te invito a tomar algo? El mío se descompuso también.

No pregunté cuál era su excusa. No me importó. Asentí y lo dejé pasar. Fuimos al balcón, donde el aire era un poco menos denso, y abrió el vino con una destapadora que sacó del bolsillo. Me dio un vaso, y brindamos sin decir nada, solo con la mirada clavada, como si ya supiéramos lo que venía.

El vino estaba frío, demasiado, y me bajó por la garganta como una caricia. Él no hablaba mucho, pero sus ojos no me soltaban. Me miraba la boca, el cuello, las manos. Yo sentía que el cuerpo me ardía, pero no del calor: era otra cosa, más profunda, más íntima. Como si alguien hubiera encendido un fuego dentro de mí y no supiera cómo apagarlo.

—¿Nunca has estado con un hombre? —me preguntó de pronto, sin mirarme, mientras daba un sorbo lento.

Tragué saliva. No me esperaba la pregunta, aunque en el fondo sabía que llegaría.

—No —dije, y mi voz sonó más ronca de lo normal—. Nunca.

Me miró entonces, con una ternura que me desarmó.

—¿Y tienes miedo?

—Sí —confesé—. Pero también tengo ganas.

Sonrió, y esta vez fue completa, sin medias tintas. Dejó el vino en la mesa y se acercó. Me tomó la mano, despacio, como si temiera que me fuera a romper. Me la llevó al pecho, justo donde latía el corazón. Lo sentí fuerte, rápido, como el mío.

—¿Puedo? —preguntó.

Asentí.

Y entonces me besó.

No fue un beso violento ni apurado. Fue lento, profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Sus labios eran suaves, pero firmes, y cuando abrió la boca, yo hice lo mismo, y sentí su lengua, tibia, explorándome. Me temblaron las piernas, y él me sostuvo por la cintura, acercándome más. Sentí su cuerpo pegado al mío, el calor de su piel, el bulto en su pantalón que se clavaba en mi cadera.

Nos separamos un segundo, jadeando.

—¿Sigo? —preguntó.

—Por favor —dije, y era la primera vez que lo decía en voz alta, y sonó como una rendición.

Me llevó al sillón, me sentó, y se arrodilló frente a mí. Me desabrochó el pantalón con cuidado, me bajó la bragueta, y cuando sacó mi pito, ya duro como una piedra, lo miró como si fuera algo precioso.

—Qué rico estás —dijo, y me miró a los ojos antes de bajar la cabeza.

Y entonces lo tomó en la boca.

No puedo describir lo que sentí. Fue como si todo mi cuerpo se encendiera de golpe, como si hubiera estado dormido hasta ese momento. Su boca era cálida, húmeda, y su lengua… Dios, su lengua recorría la punta, bajaba por el filo, me chupaba con una lentitud que me volvía loco. No quería correrme rápido, no quería que terminara, pero al mismo tiempo necesitaba más.

—Janto… —dije, sin poder contenerme.

Él me miró, con mi pito en la mano, brillante de saliva.

—¿Quieres más?

Asentí, temblando.

Entonces me levantó, me llevó a la habitación, y allí, bajo la luz tenue de la lámpara, me desnudó completo. Me acostó boca arriba, y él se desnudó despacio, como si me estuviera regalando cada centímetro de su cuerpo. Cuando quedó desnudo, vi todo: el vello del pecho, los músculos del abdomen, el pito largo y grueso, con una gota de líquido en la punta.

Se acostó sobre mí, piel con piel, y sentí cómo su cuerpo me aplastaba suavemente, con peso, con calor. Me besó otra vez, y mientras nuestras lenguas se enredaban, sentí su mano bajar por mi espalda, hasta llegar al culo.

—¿Te gusta? —me preguntó al oído.

—Sí —dije, y era la verdad.

Me separó las nalgas con los dedos, y entonces sentí su lengua, caliente, bajando por la raja, lamiendo donde nadie había tocado. Cerré los ojos, agarré las sábanas, y gemí. Nadie me había hecho sentir así, como si estuviera a punto de explotar y al mismo tiempo quisiera que nunca terminara.

—¿Quieres que entre? —preguntó, con los dedos mojados rozando mi agujero.

—Sí —dije, y aunque tenía miedo, también tenía una necesidad que no podía ignorar—. Por favor.

Me preparó despacio, con saliva y paciencia, con besos en el cuello y palabras al oído. “Estás rico, estás tan rico”, me decía, y cada vez que hablaba, su voz me encendía más. Y cuando por fin entró, despacio, centímetro a centímetro, fue como si el mundo se detuviera.

Dolió, claro que dolió, pero también fue hermoso. Fue como si algo en mí se abriera, como si por fin estuviera completo. Él no se movió al principio, solo me miró, esperando a que me acostumbrara. Y cuando asentí, empezó a moverse, lento, profundo, cada embestida más fuerte, más segura.

No duró mucho, y no importó. Cuando me corrí, fue sin tocarme, solo con su pito dentro de mí, con su sudor en mi pecho, con su voz diciéndome que era hermoso. Y cuando él se corrió, gritó mi nombre, y sentí el calor dentro de mí, como si me hubiera regalado algo íntimo, sagrado.

Nos quedamos abrazados, sin hablar, con el calor del verano pegado a la piel, con el olor del sexo en el aire.

Y supe, en ese momento, que ya no era el mismo. Que algo en mí había cambiado para siempre.

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