La primera vez que me pediste que te cagase encima

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca pensé que algo así me iba a encender tanto. No es que nunca lo hubiera imaginado, pero siempre fue un fondo oscuro, algo que uno se calla hasta que alguien más lo dice en voz alta. Y vos, con esa boca de labios gruesos y esa mirada que parece que no se asombra de nada, fuiste la que abrió la puerta. Fue en tu departamento de Villa Urquiza, ese con las cortinas siempre cerradas y el aire acondicionado que ronronea como un gato viejo. Hacía calor, pero vos no querías abrir ni una ventana. “Que no entre nadie”, dijiste, y yo ya sabía que no hablabas del aire.

Estábamos en la cama, desnudos desde hacía rato, pero sin apuro. Yo te acariciaba la concha con dos dedos, despacio, mientras vos gemías como si te doliera, como si te estuvieras quebrando por dentro. Tenías las piernas abiertas, el culo hundido en el colchón, y yo me paseaba entre tus muslos como si fuera la primera vez. Pero no era la primera. Ya habíamos garchado como locos, ya te había chupado el culo hasta que gritaste, ya te había hecho llorar de placer. Pero ese día fue distinto.

—Quiero que me cagues —me dijiste de golpe, sin mirarme, con la vista fija en el techo.

Yo dejé de mover los dedos. Me quedé quieto, con la concha mojada pegada a mi palma. —¿Qué decís? —pregunté, aunque había escuchado perfecto. —Que quiero que me cagues encima —repetiste, y esta vez me miraste, con esos ojos negros que no piden, exigen—. Quiero sentirlo. Caliente. En la panza, en las tetas… en la cara si te da la gana.

No te respondí con palabras. Me paré al pie de la cama, me agaché y empecé a cagarme en serio. Hacía rato que tenía ganas, pero me aguanté pensando en esto. Y cuando sentí que el culo se me abría, que el esfínter cedía, me paré justo arriba tuyo. Vos abriste los brazos como si fueras a recibir un regalo. Y ahí vino. Un pedazo grueso, caliente, que me salió con un sonido húmedo y se estrelló justo en tu panza. Vos gritaste, no de asco, no, de placer, como si te hubieras venido.

—¡Sí, justo ahí! —gritaste—. ¡Más, más!

Y yo seguí. Cagué de nuevo, otro pedazo que se desprendió con un plop y fue a dar entre tus tetas. El olor se prendió en el aire, fuerte, animal, y vos lo respiraste como si fuera perfume. Te pasaste los dedos por la concha, te los llenaste de jugo y los mezclaste con la mierda que tenías encima. Yo seguía arriba, sosteniéndome de la cabecera, mientras mi culo seguía soltando. Un hilillo fino ahora, caliente, que te cayó justo en el pezón. Vos lo agarraste con la boca, lo chupaste como si fuera leche.

—Chupame el culo —te dije, y vos no dudaste. Te paraste, me agarraste de las caderas y te pusiste de rodillas. Tu lengua, caliente y húmeda, empezó a recorrerme el agujero, lamiendo lo que quedaba, metiéndose adentro. Yo gemía, me corrí de pie, sin tocarme, solo con tu lengua en mi culo.

Después te tiraste en la cama, con la mierda cubriéndote el cuerpo, y me pediste que te cogiera así. Y yo lo hice. Te abrí las piernas, metí la pija hasta el fondo, y empecé a garcharte con furia, con asco y con amor, mientras la mierda se esparcía, mientras el olor llenaba todo. Vos gritabas, te corrías una y otra vez, y yo sentía cómo tu concha me apretaba como si no quisiera soltarme.

Cuando terminé, me salí y te cagué en la cara. Un último pedazo, pequeño, blando, que se posó justo en tu mejilla. Vos no te moviste. Lo miraste. Sonreíste. —Gracias —dijiste. Y yo supe que nunca más iba a follar igual.

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