La Primera Vez Que Me Metí Al Culo A Mi Novio
6 minLa Primera Vez Que Me Metí Al Culo A Mi Novio
La primera vez que le dije a Camilo: “Déjame intentarlo por atrás”, sentí el mismo nudo en el estómago que cuando me monté por primera vez en la montaña rusa del Parque Lleras —esa que te da vuelta completa y te deja sin aire, pero con una sonrisa que no puedes tapar.
Él me miró con esos ojos verdes que parecen aguacates maduros, un poco sorprendido, un poco juguetón, y me dijo: “¿Sí me lo vas a meter en el culo, pa’ real?”. Usó el “pa’ real” con esa actitud paisa de burla cariñosa, pero con una chispa en la mirada que me hizo sentir que ya lo había planeado.
Nos conocimos en un café de El Poblado, hace cinco meses. Él trabajaba en diseño gráfico, yo en marketing digital. Él era alto, de hombros anchos, pero no exageradamente musculoso; llevaba el pelo corto, un poco despeinado, y siempre olía a café recién hecho y jabón de palma. Yo soy morena, piel cacao, busto generoso, caderas anchas, y desde el primer día me gustó cómo me miraba: con calma, como si estuviera aprendiendo cada rincón de mí.
Aquella noche, en su casa —un depto minimalista en el décimo piso de un edificio nuevo con vista a la cordillera—, todo empezó como siempre: besos largos, manos que se exploraban sin prisa, pero con intención. Me desabotonó la blusa con lentitud, como si cada botón fuera un secreto que merecía ser descubierto con respeto. Cuando me quitó el sostén, me besó la punta de un pezón y luego del otro, mientras me acariciaba la espalda baja con la palma abierta.
—¿Te gusta así? —me preguntó, con la boca pegada a mi cuello.
—Sí, rico —le susurré—, pero hoy quiero que me hagas algo que no hayamos probado.
Me miró de frente, me tomó de la barbilla y me sonrió: “¿Cuál es?”. Le dije, casi en voz baja, casi con risa: “El culo, Camilo. Quiero que me lo metas por atrás. Pa’ ver si me agarra el sabor”.
Se rió, pero no de burla. Fue una risa suave, casi sensual, como si ya hubiera imaginado esa escena.
—¿Estás segura? —me preguntó, serio ya, pero sin quitar la sonrisa—. Porque si te duele, lo paramos enseguida.
—Sí, pa’ real —le dije—. Y si te sientes bien, me encanta.
Fue entonces cuando me puso de rodillas frente a él, me quitó el pantalón y la ropa interior con una sola mano, y me besó la nuca mientras me acariciaba la cara interna de los muslos. Me pidió que me inclinara un poco, que apoyara las manos en el sofá, y cuando me vió así, con el culo elevado, me dijo: “Qué rico se ve, renata… así, tan abierta, tan mía”.
Se lubró con crema hidratante —nada de condón por ahora, dijo— y empezó a rozar la punta de su pito contra mi anillo, con movimientos lentos, casi distraídos, como si estuviera probando el terreno.
—Relájate —me susurró—. Si sientes que te cierras, me detengo.
Yo tenía el corazón acelerado, pero no por miedo. Por anticipación. Por saber que lo que iba a sentir era nuevo, intenso, sagrado.
Así que me relajé, solté el aire, y cuando sintió que mi cuerpo se abría, metió la punta con cuidado. No fue un empujón. Fue una entrada lenta, como cuando abres una puerta que sabes que pesa. Al principio sentí una presión fuerte, un estiramiento que me hizo apretar los dientes, pero luego, cuando se detuvo un momento y me besó el hombro, ese estiramiento se transformó en una sensación extraña, casi cálida, como si mi cuerpo estuviera descubriendo un nuevo espacio propio.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí —le dije, y lo dije de verdad—. Sigue.
Entonces, con una mano en mi cadera y la otra en mi muslo, empezó a entrar más. Cada centímetro era una revelación. Su cuerpo era firme, su respiración se volvió más pesada, y yo sentía su pubis rozando mi clítoris con cada avance. Cuando por fin lo tuvo todo dentro, no movió ni un centímetro. Se quedó quieto, con la frente apoyada en mi espalda, y me susurró: “Dios… no sabes qué rico se siente tu culo apretado en mi pito”.
No me moví. Dejé que mi cuerpo se acostumbrara, que se llenara de su calor, de su olor, de su presencia. Luego, con lentitud, empezó a moverse. Unos pequeños adelantos y retrocesos, como si estuviera midiendo cada pulso de mi cuerpo. Yo me dejaba llevar, con las manos en el sofá, la frente entre los brazos, y sentí que mi culo, ese órgano que siempre había sido solo ornamento o cómplice del movimiento, ahora se volvía sensor, fuente de placer, centro de todo.
—¿Te gusta así? —me preguntó.
—Sí, más que gusta… me tiene loca —le confesé.
Entonces cambió el ritmo. Más profundo, más rápido, pero sin perder la calma. Cada embestida hacía que su pubis rozara mi clítoris con precisión quirúrgica, y yo no pude evitar gemir. Un grito corto, luego otro más largo, y luego ya no pude contenerme. Mis caderas empezaron a buscar sus embestidas, a moverse al ritmo de su pene metido en mi culo, y sentí que el placer no venía solo de mi vagina —que aunque no estaba siendo estimulada directamente, reaccionaba con cada contracción—, sino de mi cuerpo entero.
—Renata… —me dijo, con la voz rota—. Me voy a correr dentro.
—Sí, mi amor —le susurré—. Cuéntame todo.
Y cuando vino, fue intenso. Lo sentí palpitando dentro de mí, cada latido como una descarga eléctrica, su respiración entrecortada, su cuerpo temblando sobre mí. Se quedó quieto un buen rato, con la frente en mi espalda, sus manos apretando mis caderas.
Luego, con cuidado, se retiró. Me di la vuelta y lo vi: sudado, el pelo alborotado, una sonrisa gigante en la cara.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nada —dijo—. Solo que ahora sé que mi culo va a ser tu favorito.
Me reí, lo besé, y le dije: “Y el tuyo va a ser mi nuevo lugar de vacaciones”.
—¿O sea que vas a volver? —me preguntó, fingiendo gravedad.
—Siempre, mi amor. Pero la próxima vez… quiero que me lo metas con condón, pa’ que no me quede el sabor de tu salmón en la boca.
Se rió, me besó de nuevo, y me dijo: “Prometido. Y esta vez, te voy a hacer una salsa de aguacate pa’ que me lamas hasta el último goterón”.
Y así, entre risas, besos y el olor a sexo y café en el aire, supe que había descubierto no solo un nuevo lugar para el placer, sino una forma nueva de amar.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.