La primera vez que me la comí en la playa de San Andrés

La primera vez que me la comí en la playa de San Andrés

@el_marinero ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (17) · 240 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que me la comí en la playa de San Andrés fue por puro error, o eso creí yo entonces. En realidad, fue la noche más larga de mi vida, y la más corta también, porque todo pasó rápido cuando empezó, pero esa noche se me quedó pegada en la piel, en la lengua, en los huevos.

Estábamos en la *casa de los peces muertos*, como le decíamos al albergue de madera y techo de zinc que alquilamos tres días antes mi hermano mayor, Jairo, y yo. Él era el único que sabía pescar con red en el litoral norte de la isla y me había traído para que aprendiera, aunque en realidad lo que quería era que lo ayudara a meterle mano a la hermana pequeña de su novia, una morena calledana que trabajaba en el kiosko de la plaza y que andaba por ahí con una falda corta y los pechos flotando como mangos maduros al sol.

La llamaban Yuliana, pero todos le decían *La Yuyu*, por el modo como caminaba, con las caderas haciendo un movimiento que parecía que le hubieran metido un motorcito en el trasero. Yo la había visto desde el primer día, pero nunca me atreví a decirle nada, aunque ya me había chupado el dedo índice pensando en cómo le quedaría el pito entre sus labios si alguna vez me dejaba acercarme.

Esa noche, después de que Jairo se fue con su novia a la discoteca de los gringos, me quedé solo en la casa. Hacía calor de perra, el ventilador de techo daba vueltas como loco y no sacaba ni un soplo de aire. Me desvestí hasta el calzoncillo, me tiré en el colchón del suelo, con una botella de cerveza Polar fría entre las piernas y la cabeza rechinando por las historias de marineros que contaban cómo en San Andrés, bajo la luna llena, las girls se volvían locas.

A las doce y pico, cuando el silencio ya era tan denso que se sentía en el paladar, escuché un susurro en la puerta. No era Jairo, porque él traía su llave consigo. Entonces, la puerta se abrió con cuidado, sin crujir, y entró Yuliana.

Traía una blusita blanca muy finita, casi transparente, y debajo no llevaba nada. Se veía el contorno de sus pechos redondos, puntiagudos, con los pezones duros como semillas de guayaba. No tenía medias, solo unas sandalias de plástico color limón. Me paré de golpe, con el corazón en la boca.

—¿Qué haces acá, marinero? —me preguntó, con la voz que parecía miel derretida.

—No… no sé. Creí que era Jairo.

—¿Y si no fuera él? —dijo, acercándose con pasos lentos, y se detuvo frente a mí. Me olía a sal, a coco, a sudor dulce.

Me sentí como un chiquillo en la escuela, con las manos sudadas y los huevos apretados. Me miró de arriba abajo, y cuando sus ojos se fijaron en mi entrepierna, donde ya se me había levantado el pito contra el calzoncillo, sonrió.

—¿Quieres verme desnuda? —preguntó.

No dije nada. Solo asentí, como si fuera un perro que le hicieron una pregunta de sí o no.

Ella se quitó la blusita sin prisa, dejándola caer al suelo. Luego, con los dedos, desató la cintura de la falda corta y se la bajó hasta los tobillos. Quedó de pie, desnuda, con la piel morena brillante bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Tenía el vello púbico recortado en media luna, oscuro y bien cuidado. Sus pechos eran firmes, con pezones rosados y hinchados, y el ombligo profundo, como un hoyito que parecía invitar a meterle la lengua.

Me deslicé los calzoncillos, y mi pito saltó hacia afuera, tieso, grande, con la cabeza morada y una gota de preseminal que brillaba bajo la luz.

—¡Qué pito más rico! —dijo, acercándose y pasando la palma de la mano por su base, desde abajo hacia arriba, hasta la punta. Me temblaron las piernas.

—¿Me lo dejas chupar? —me preguntó, sin esperar respuesta. Se arrodilló frente a mí, con las rodillas hundidas en el colchón, y me agarró con ambas manos, firme, como si me estuviera midiendo.

Me metió el pito en la boca de golpe, hasta la base, y yo gire como un gato herido. Me agarré de su pelo con fuerza, sin saber si era para empujarla o para detenerla. Ella no se quejó. Solo me miró por encima de sus pestañas, con los ojos semicerrados, y empezó a mover la cabeza, subiendo y bajando, succionando suave, luego fuerte, con la lengua enrollada alrededor de mi corona.

Me temblaban las piernas. Sentía el calor de su boca, el roce de sus dientes por accidente, el sonido húmedo de sus labios al deslizarse por mi shaft. Me puse en cuclillas un poco, para que me pudiera ver mejor, y vi cómo se humedecía el labio inferior con el preseminal que salía de mí.

—Mami… —le solté, sin pensarlo.

Ella rio entre dientes, me sacó el pito de la boca con un *pop*, y me dijo:

—Entonces… ¿qué más quieres?

—Quiero… quiero metértela. Pero no tengo condón.

—Aquí no hay peligro. Y si quieres, te la como, pero no te la meto por el pico. No hoy, marinero.

Me miré entre las piernas, con el pito ya casi a punto, y le dije:

—Entonces, ¿me la comes o no?

Ella se puso de pie, me agarró del brazo y me llevó al centro de la habitación, donde la luna iluminaba mejor. Me senté en el colchón, con las piernas abiertas, y ella se sentó entre ellas, con las manos en mis muslos. Me levantó la cabeza con una mano, y con la otra me apartó el pelo de la frente.

—Mira, marinero. Esta noche no somos marinero y Yuliana. Somos dos huevos que se tocan. Y si te vienes antes de que yo sienta algo, no te perdono.

Me reí, nervioso.

—¿Tú quieres que me venga ahora? —le pregunté.

—No. Yo quiero que me la metas en la boca y me la comas bien lento. Que me sientas entrar, que me sientas salir, que me sientas mamar como si fuera lo único que existe en este mundo.

Se puso de rodillas frente a mí, me tomó el pito con ambas manos, y lo insertó en su boca. Me lo metió hondo, y yo la sentí tragar, como si me estuviera tragando un trozo de su propia carne. Me moví un poco, y ella me permitió empujar, pero no me dejó salir. Me aferré a sus caderas, con los nudillos blancos, y le dije:

—Yulua… mami… me voy.

Ella soltó el pito con un chupón seco, se volteó, y se puso boca abajo, con las caderas levantadas, los muslos separados. Me separó los labios con los dedos, y allí estaba, húmeda, brillante, con el clítoris hinchado como una uva negra.

—Mírame cuando me la metas —me dijo.

Me puse detrás de ella, con el pito ya listo para explotar, y lo inserté con un movimiento lento, hasta la base. Se apretó a mí, con los brazos doblados y la frente en el colchón, y me soltó un gemido tan profundo que me temblaron los pies.

—¡Aaah! —gimió—. Más fuerte.

Empecé a moverme, con golpes cortos, rítmicos, entrando y saliendo, sintiendo cómo se abría y se cerraba a cada empujón. Le agarré los pechos, los apreté, les chupé los pezones, y ella se movía conmigo, como si estuviéramos bailando un vals lento y sudoroso.

—¡Sí, marinero! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Me la estás comiendo bien rico!

Me incliné sobre ella, con la boca pegada a su oreja, y le dije:

—¿Quieres que te la meta por atrás?

—Sí —gimió—. Sí, sí. ¡Dámela toda!

La tomé por las caderas, la levanté un poco, y la metí de nuevo, esta vez con más fuerza. Me sentí dentro de su cuerpo, caliente, apretado, con sus músculos apretándome como un puño. Me vine rápido, con un grito ahogado en su cuello, y sentí cómo mi pito latía dentro de ella, bombeando cada gota.

Me derrumbé sobre su espalda, sudado, con el corazón a mil, y ella se volteó, me abrazó, y me besó en la boca, sabiendo a mí, sabiendo a sal, sabiendo a sexo.

—Hoy no fuiste marinero —me dijo, con la voz ya más suave—. Fuiste el único que me ha hecho sentir que valía la pena estar viva.

Y yo, aún tem

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