La primera vez que me hizo kneel frente a mi jefe
4 minLa primera vez que me hizo kneel frente a mi jefe
La primera vez que me hizo kneel frente a mi jefe fue un viernes a las 18:47, justo cuando el ascensor de la torre financiera dejó de temblar entre los pisos 22 y 23, y su voz sonó baja, sin rumbo aparente, como si estuviera hablando solo: “¿Te importa si te miro mientras te quitas la corbata?”.
No era mi jefe en sí, sino el socio director —Diego—, un hombre de cincuenta y pocos años, piel canosa en las sienes, manos grandes pero nudillos suaves, y una mirada que no se detenía mucho en nada… salvo en lo que quería ver. Yo acababa de terminar un informe que le había costado tres noches sin dormir bien, y él lo leyó en silencio, con los codos apoyados en el escritorio de caoba, la espalda recta, como si estuviera evaluando no solo el contenido, sino mi postura, mi respiración, el modo en que me mordía el labio inferior cuando me concentraba.
—Está bien —dijo al fin—. Pero hay una condición.
Levanté la cabeza. Él no me miraba a los ojos. En cambio, me dejó caer la llave del archivador del piso 24, con un chasquido seco sobre la mesa, frente a mis dedos temblorosos.
—Sube cuando termine. A las 19:00. Sola. Sin reloj. Y… no uses talco.
No pregunté. Sabía que era inútil. En los últimos meses, Diego había ido tejiendo una red de pequeños permisos: una mirada más larga al subir escaleras, un “cuidado con la humedad” en mi cabello después del gimnasio, un “me gustaría saber cómo hueles cuando estás cansada” en una reunión de equipo, dicha tan suave que solo yo la escuché.
Subí las escaleras. No el ascensor. Las botas de cuero de él crujieron antes de que yo hubiera llegado a la mitad del pasillo.
—Cierra —dijo, sin volverse.
La puerta se cerró sola. Yo, sin corbata pero con blazer y medias de seda, me mantuve de pie frente a su escritorio vacío. Solo había una silla: la suya, giratoria, con el respaldo bajo.
—Quítate el blazer.
Hizo una pausa. Contó los segundos. Yo conté los latidos.
—Y ahora, rodillas.
No fue una orden. Fue una certeza. Como si ya hubiera ocurrido en otra vida.
Cayó el blazer al suelo. Luego, las medias, con lentitud exagerada, como si cada vuelta alrededor del muslo fuera un juego que él ya conocía. Cuando mis rodillas tocaron la moqueta gruesa, sintió el contacto antes que yo. Me tomó de la barbilla, no con fuerza, sino con una seguridad tan absoluta que me hizo creer, por un instante, que yo también lo sabía.
—Mira hacia arriba. Solo un poco.
Lo hice. Y vi sus ojos: no de deseo desbocado, sino de control exacto, como un cirujano que ya sabe dónde hacer la incisión. Se desabrochó la camisa, despacio, dejando al descubierto el pecho cubierto de vello rubio, los pezones oscuros, el inicio de un abdomen firme… y luego, sin romper el contacto visual, se bajó la bragueta.
No me pidió tocarlo. No me pidió nada. Solo extendió una mano hacia atrás, agarró un pañuelo de seda negro que había sobre un cajón cerrado, y me lo ató suavemente a la nuca.
—Ahora no puedes verme.
El mundo se redujo a la textura del seda, a la respiración entrecortada de él, al olor a madera y tabaco de su piel. Sentí la punta de su pene rozando mi labio superior, luego la punta de la lengua, y finalmente, la presión suave pero ineludible de sus dedos en mi cuello, guiándome.
—Respira por la nariz. Solo por la nariz.
Eso hice. Y mientras él se embistiéndome con una lentitud que dolía por lo intensa, yo sentí que no era una sumisión, sino un regalo: el de dejarme llevar, de dejar de pensar, de dejar de ser yo misma para ser lo que él quería que fuera.
Al final, él se detuvo, me quitó el pañuelo con cuidado, y me ofreció una sonrisa apenas perceptible.
—Mañana, mismo horario. Trae las medias nuevas.
No respondí. Solo asentí, con la frente aún en su muslo, y con la certeza de que aquello no era el fin… sino el principio de un juego que yo misma había elegido jugar.
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Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.