La primera vez que me garchó en el asiento trasero del auto de su viejo
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Ella bajó de la camioneta con los muslos aún sudados por el sol de la tarde, el aire pegajoso del junio platense pegándosele a la piel. Lucía tenía veintiséis, el pelo castaño corto, los labios hinchados por el humo del cigarrillo que había apagado hace cinco minutos. Él, que se llamaba Nahuel pero ella lo llamaba “pijo” cada vez que lo veía sonreír, se quedó apoyado en el capó, con la camiseta mojada de sudor en la espalda y las manos metidas en los bolsillos de su jean desgastado.
—Vamos a la casa de tu viejo, ¿sí o no? —le dijo ella, mirándolo fijo a los ojos, sin pestañear.
Nahuel no respondió. Sólo asintió, y mientras caminaban hasta la entrada lateral del garaje, Lucía sintió cómo le latía el corazón en la entrepierna. El auto estaba allí, un Ford Ranger viejo, con el asiento de cuero agrietado y el olor a cuero quemado y tabaco. Ella se metió primero, tirándose sobre el asiento trasero con la tranquilidad de quien ya sabe lo que va a pasar. Él la siguió, cerró las puertas, y el silencio se volvió espeso, cargado.
—Despegá la polla de tu bermuda, pijo —le dijo ella, sentándose en cuclillas frente a él, ya con las manos en sus muslos.
Él no dudó. Se desabrochó el cierre, sacó su pene tieso y peludo, con la punta brillante de preseminal. Lucía lo miró sin vergüenza, con los ojos entrecerrados, y se llevó una mano a la entrepierna. Se metió dos dedos dentro de su concha ya mojada, tiró de ellos con un sonido húmedo, y se los mostró a Nahuel.
—Ves? Ya te espero.
Él se acercó, la empujó suavemente contra el asiento, y se acomodó entre sus piernas. Lucía le agarró la polla con la mano derecha, lo guió hacia su entrada, y se bajó la bragas con la izquierda. La punta rozó su clítoris, y ella gimió bajo, un gemido bajo y largo, como si le costara sacarlo.
—Andá, maldito, no me tires miga —le susurró, ya con el aliento cortado.
Él la cogió con fuerza, clavándole los nudillos en las caderas, y la empaló de una. Ella soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, la espalda pegándosele al cuero rígido del asiento. Nahuel no esperó. Empezó a sacudirla con golpes cortos, secos, metiéndose hasta el fondo, hasta que su pubis le golpeaba el clítoris a cada embestida. Ella lo sentía todo: el rozamiento de su vello en su perineo, el peso de su pecho contra su frente, el olor a sal y sudor que le subía a la nariz.
—Me la estás garchando de vuelta, pijo… —musitó ella, ya con los dientes apretados—. Me la estás garchando como si no hubiera un mañana.
Él la tomó de la barbilla, la obligó a mirarlo, y la cogió más fuerte, más lento, hasta que sintió cómo su concha se apretaba alrededor de su polla, como una mano que lo atrapaba. Lucía se mordió el labio, los ojos en blanco, los dedos agarrando con fuerza el respaldo del asiento. Entonces, Nahuel le agarró los pechos, les dio un apretón fuerte, y la empaló una última vez, con todo el cuerpo.
—Voy a correrme adentro, putita —le dijo, con la voz rota.
Ella no respondió. Sólo gimió, una vez, larga y aguda, y se le desbocó la concha, el clítoris palpitando, las piernas temblando. Él se corrió enseguida, sacudiéndose, empujando hasta el fondo, vaciándose dentro de su vientre, con un gemido que sonó como un lamento. Se derramó todo, caliente, espeso, y Lucía lo sintió correrle por dentro, como un río que no se detiene.
—Mierda… —susurró ella, con la cabeza colgada.
Nahuel se sacó la polla, ya blanda, y se limpió con la camiseta. Ella se quedó quieto, con las piernas abiertas, la concha still palpitando, el semen empezando a resbalarse por su muslo interno. Él le acarició el pelo, y ella sonrió, con los ojos cerrados.
—Mañana lo hacemos otra vez —le dijo.
—Sí —respondió él.
Y así, entre el calor del asiento y el eco de la camioneta vacía, el mundo se detuvo un rato.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.