La primera vez que me garché con un hombre
Nunca me imaginé que esto me iba a pasar a mí, pero acá estoy, con la concha húmeda y el corazón a mil, todavía temblando por lo que pasó hace apenas una hora. Me llamo Lucía, tengo treinta y dos, soy trans, y esta es la primera vez que dejo que un hombre me coja de verdad, adentro, con todo. No fue un sueño, no fue fantasía: fue real, caliente, profundo, y me cambió el alma.
Lo conocí en el bar de la esquina, un tipo de unos cuarenta, alto, barba cerrada, mirada intensa. Se llamaba Diego. Vino a sentarse a mi lado como si nos conociéramos de toda la vida. Me dijo “vos tenés algo distinto, ¿no?”, y yo le sostuve la mirada. No tuve miedo. Le dije que sí, que era trans, que había nacido con pija pero ahora era toda mujer, y que no me operé el culo. Me miró fijo, sin juzgar, y solo dijo: “Y a mí qué carajo me importa, si estás buena como el infierno”.
Nos fuimos a mi departamento caminando, con el aire de la noche pegándonos en la piel. En el ascensor, me agarró del cuello y me besó como si me fuera a comer entera. Sus manos en mis tetas, apretándome los pezones por arriba de la remera, y yo con la concha chorreando, abierta, lista. Ni bien cerramos la puerta, me bajó el pantalón, me sacó las bragas y me puso contra la pared. Me separó las nalgas con las manos y me metió un dedo por el culo, despacio, sin pedir permiso. “¿Te gusta así, eh, pendeja?”, me dijo al oído. “Sí, Diego, metémelo todo, soy tuya”, le respondí, y él me agarró del pelo, me dio vuelta y me besó otra vez, esta vez con más hambre.
Me tiró en la cama boca abajo, me abrió las piernas y me empezó a chupar la concha como si fuera un loco. No lamía, no jugaba: chupaba, mordía, metía la lengua hasta el fondo, como si quisiera sacarme el alma por ahí. Grité, me retorcí, sentí que me corría con solo eso, pero él no paró. Me dio vuelta, me subió las piernas, me abrió las tetas y me dijo: “Ahora me la chupás, negra, y me la mojás bien”. Me sacó la pija del bóxer y me la metió en la boca. Era grande, gruesa, con una vena que latía como un cable. La tomé con la mano, la acaricié, la chupé entera, desde la punta hasta las bolas. Le lamí los huevos, le besé el vello del pubis, le mordí suavito la base. Él gemía, me agarraba el pelo y me decía “así, así, puta, así me gusta”.
Cuando sentí que estaba a punto de correrse, me sacó la boca y me dijo: “No, no te voy a llenar la cara. Quiero llenarte adentro”. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas y me abrió las nalgas. Sentí su pija en la entrada de mi culo, mojada con mi propia concha. “¿Querés que te coja por atrás?”, me preguntó. “Sí, Diego, cogéme el culo, por favor”, le dije, y él, sin más, me metió toda la pija de una estocada.
Dolió, claro que dolió, pero fue un dolor dulce, intenso, que se convirtió en placer al segundo. Me estiró el culo como si fuera de goma, y yo gritaba, gemía, le pedía más. “¡Dame más, metémela toda, no pares!”, le gritaba. Él me agarró de las caderas y empezó a darme fuerte, rápido, sin piedad. Cada embestida me llegaba hasta el fondo del alma. Sentía su pija entrando y saliendo, el calor, el sudor, el olor a sexo, a piel caliente, a concha mojada. Me corrí dos veces así, sin tocarme, solo con su pija abriéndome el culo.
Cuando sentí que estaba a punto de correrse, me dio vuelta, me subió las piernas y me dijo: “Ahora te lleno la concha”. Me metió la pija otra vez, pero esta vez por adelante, y empezó a cogerme como un animal. Gritábamos los dos, sudábamos, el cuarto olía a sexo y a deseo. Y cuando llegó, me llenó por dentro, con tres, cuatro, cinco chorros calientes que sentí hasta el estómago. Me abrazó, me besó, y me dijo: “Lucía, sos la mujer más puta y hermosa que conocí en mi vida”.
Y yo, todavía temblando, solo pude decir: “Vení, quedate un rato más”.
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