La primera vez que me garché con la vecina del cuarto piso
9 minLa primera vez que me garché con la vecina del cuarto piso
Apenas había bajado la lluvia cuando la vi por primera vez en el ascensor. Era jueves, a las 6:15 de la tarde. El cielo seguía sufriendo, pero ya no goteaba en la vereda, y el aire, húmedo y tibio, se metía por la rendija de la puerta del ascensor. Ella estaba de espaldas, con una blusa blanca media transparente por el agua, pegada a la curva de la cintura y al redondeo de la espalda baja. Tenía el pelo suelto, oscuro, mojado en las puntas, y se le formaban rizos pequeños en la nuca. Se volvió cuando sonó el piso de su casa —el cuarto— y me miró. No fue una mirada larga ni incómoda, sino rápida, curiosa, casi distraída, como si me reconociera pero no supiera por qué.
—Hola —dijo, y su voz era suave, con un tono bajo que no esperaba de alguien tan delgada.
—Hola —respondí, con la mano aún apoyada en el botón de salida, como si me hubieran arrancado de un sueño.
Se llamaba Sofía. Vivía sola. Tenía treinta y pocos, no más de treinta y cinco. Me enteré después, porque un día la vi salir con una carpeta de dibujo bajo el brazo y le pregunté si trabajaba en diseño. Ella se detuvo, me sonrió con una sonrisa que le partía la cara en dos mitades iguales y dijo: —No. Soy ilustradora. Trabajo desde casa. —Ah —dije, y me sentí idiota por no haber dicho algo más, pero ella ya estaba bajando las escaleras.
Yo vivía solo también. Treinta y dos años, sin historia amorosa importante en los últimos tres. Solía decir que tenía el corazón en pausa, pero la verdad era que no tenía ganas de moverlo. Vivía en el segundo piso. Y cada vez que subía al cuarto piso a devolverle el libro prestado —una novela de Cristina Rivera Garza—, me demoraba un poco más en el pasillo, fingiendo que buscaba las llaves o ajustaba la suela del zapato.
Ella, por su parte, empezó a dejarme ofertas: un té de manzanilla en una taza de porcelana blanca con el borde dorado, una manzana roja sobre el quicio de mi puerta, un post-it con una flor dibujada y la palabra *gracias* escrita en tinta azul.
Una tarde, cuando llovía de nuevo, me tocó el timbre. Abrí con una toalla sobre los hombros, recién salido del baño. Ella estaba parada ahí, con una botella de vino tinto y dos vasos en la mano.
—Perdón si interrumpo —dijo, mirando el suelo un segundo—. Pero me di cuenta de que no me diste tu número y… me encanta este vino. Y me gustaría compartírtelo.
Me sonrió, y esta vez no fue distraída. Fue directa. Intensa.
—Pasá —dije.
Cerré la puerta. Me sentí extrañamente nervioso. No por ella, no exactamente —porque era linda, sí, y su presencia me hacía cosquilleos en la piel—, sino por lo que podría pasar si dejaba que las cosas fluyeran.
Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas con naturalidad, y al hacerlo se le acortó la falda, dejando al descubierto una porción de muslo que parecía hecho a mano. Le sirví vino. Ella lo probó, asintió con los ojos cerrados, y dijo: —Está bueno. Como si supiera a verano.
—¿Y qué hacemos con este verano? —le pregunté, y apenas lo dije, sentí que me ruboricé hasta la raíz del pelo.
Ella me miró, y esta vez no bajó la mirada. Me sostuvo la mirada, larga, lenta, como si me estuviera desprendiendo una a una las capas de la ropa con la punta de la lengua.
—Depende —dijo, y se inclinó un poco hacia adelante, dejando caer el pelo sobre el hombro—. Si querés, podemos empezar por el vino. O por la lluvia. O por lo que nos viene a la cabeza cuando nos miramos así.
Me levanté. Caminé hasta la cocina. Volví con dos vasos vacíos. Me senté a su lado, a un palmo de distancia. El aire se hizo denso. No por el silencio, sino por lo que no decíamos.
—¿Me permitís tocarte? —le pregunté, sin mirarla, con la voz más baja de lo normal.
Ella no respondió con palabras. Solo asintió, con los ojos cerrados, y se inclinó un poco más hacia mí, como si me estuviera ofreciendo su cuello, su cintura, su pecho, su vientre… todo.
Le toqué la mano. Primero la parte de atrás, con la yema de los dedos. Luego le pasé el pulgar por el dorso, despacio, y sentí cómo su piel se erizaba. Le acaricié la muñeca, subí hasta el codo, y luego la giré para besarle la palma. No fue un beso rápido. Fue lento, húmedo, con la lengua rozando su piel, saboreándola como si fuera una promesa.
—Sos muy suave —susurré.
—Y vos tenés manos de dibujante —respondió, y por primera vez me miró con los ojos abiertos, pero con las pestañas bajas—. De esas que saben dónde poner cada línea.
Me levanté. Le ofrecí la mano. Ella la tomó, y se puso de pie con una gracia extraña, como si supiera que cada movimiento suyo ahora era una invitación.
La llevé a mi habitación. No la invité. No hubo preguntas. Solo la mano en su cintura, la otra en su nuca, y el beso que venía desde el primer día que la vi en el ascensor.
Fue profundo. Lento al principio, como si temiera romper algo, pero luego se volvió urgente, necesitado. Le metí la lengua en la boca, y ella gimió, una pequeña exhalación que empezó en el fondo de la garganta y terminó en la punta de los pechos.
Le desabroché la blusa con lentitud. Cada botón era una decisión. Cada botón, un suspiro. Cuando el último se soltó, la toqué sin prisa: le pasé las manos por la espalda, sentí la curva de sus omoplatos, el suave arco de su columna, y luego, cuando se inclinó hacia adelante, le deslizé los dedos por debajo del sujetador, le acaricié la base de los pechos.
—Sos linda —le dije, y lo dije con una seriedad que me sorprendió a mí.
Ella me sonrió, pero no fue una sonrisa de burla ni de orgullo. Fue una sonrisa de confianza. De entrega.
—Y vos —dijo, y me desabrochó el pantalón—. Vos tenés un cuerpo que invita a perderse.
Me sacó la remera. Me besó el pecho. Me lamió un pezón, con cuidado, como si no estuviera seguro de qué tanto quería. Y luego, con la boca húmeda, me pasó la mano por el pene, aún flácido, a través del boxers.
—Quiero verte —dije.
Ella me miró, y esta vez no bajó los ojos. Me desprendió el boxers, y allí estaba, medio duro ya, por el contacto, por su mirada, por el calor que se armaba entre nosotros.
Me senté en la cama. Ella se puso de rodillas frente a mí, y me tomo la polla en la mano. Me la apretó con suavidad, moviéndola de arriba a abajo, con una paciencia de artesana. Me incliné hacia adelante, le pasé los dedos por el pelo, y le dije: —Si algo no te gusta, decímelo. Quiero que esto sea bueno para vos también.
Ella asintió. Me tomó la cabeza con ambas manos y me la empujó hacia abajo, hacia su falda. Le deslicé los dedos por debajo, despegué la parte delantera de la ropa interior, y allí la encontré: ya húmeda, ya abierta, ya esperándome.
—Sos hermosa —le susurré, y le separé los labios con la punta de los dedos.
Y la vi. La concha de Sofía. Pequeña, redonda, tersa, con un monte de vello oscuro que le rodeaba como una corona. La miré fijo, y ella me miró de vuelta, sin vergüenza, con los ojos brillantes, con la respiración un poco cortada.
Le besé el clítoris. Fue una caricia más que un beso. Le lamí suavemente, una vez, dos, tres, y ella soltó un gemido, bajo, gutural, que me subió por la espina dorsal hasta hacerme temblar las rodillas.
Le metí dos dedos, lentos, cuidadosos, y ella arqueó la espalda, como si le hubieran clavado un alfiler en el pecho. Le besé el cuello, le mordí el hombro, y le dije: —Quiero entrar en vos.
Ella asintió. Me separó los labios otra vez, y me guió con la mano.
Me puse encima de ella. La miré a los ojos mientras la punta de la polla rozaba su entrada. Fue una sensación extraña: como si el cuerpo me recordara algo que había olvidado.
—¿Estás lista? —le pregunté.
Ella asintió. Me tomó la cara entre las manos y me dijo, con la voz rota: —Sí. Quiero que me cagas, Lucas. Quiero que me garchés como si no hubiera un mañana.
Y la entré.
Fue lento. Muy lento. Cada milímetro era una promesa. Sentí cómo su cuerpo se abría, cómo sus músculos se tensaban, cómo su respiración se aceleraba. Cuando la punta rozó el fondo, me detuve. Ella me miró, con los ojos cerrados, con los labios entreabiertos, y me susurró: —Seguí.
Y la embestí.
Hasta el fondo. Hasta que sentí su cuerpo temblar, hasta que sentí sus uñas clavarse en mi espalda, hasta que escuché su gemido romperse en una palabra larga, ahogada, que no tuvo nombre.
Empecé a moverme. Con calma, con fuerza, con ganas. Cada embestida la hacía subir, cada bajada la hacía suspirar como si estuviera volviendo a nacer. Le tomé los pechos, los apreté, los lamí, y ella me decía *sí*, *ahora*, *más fuerte*, *no pares*, y yo le daba todo lo que me pedía.
Fue rápido. Demasiado rápido para ser la primera vez. Pero ella no me detuvo. Me dejó entrar, me dejó correrme dentro de ella, me dejó sentir cómo su concha me apretaba, cómo su cuerpo se estremecía con cada pulso de mi polla.
Me corrí con la frente apoyada en su hombro, entre sus cabellos mojados de sudor, y sentí su mano acariciándome la nuca, como si me estuviera protegiendo de algo.
Me retiré despacio, y ella suspiró, como si le hubieran arrancado un pedazo de sí misma. Me volví a mirarla. Tenía los ojos cerrados, la respiración pesada, los labios hinchados.
—Gracias —dijo, con una voz que no era la misma de antes.
—Gracias a vos —le respondí, y le besé la frente.
Y allí, entre el silencio de la lluvia que volvía a caer y el calor que aún nos envolvía, supimos que algo había cambiado.
No era solo el sexo. Era la primera vez que alguien me dejaba entrar de verdad. La primera vez que alguien me dejaba *verla*.
La primera vez que me garché con la vecina del cuarto piso —y no fue un error, no fue una casualidad, no fue una aventura fugaz.
Fue el comienzo de algo que todavía hoy, cuando ella me llama *Lucas, vení a la cama*, me hace sentir que soy el hombre más afortunado del mundo.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.