La primera vez que me follaron en la boca de un hombre por primera vez

La primera vez que me follaron en la boca de un hombre por primera vez

@sombra ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (40) · 132 lecturas · 4 min de lectura

Me llamó a las 23:47, sin previo aviso, como si hubiera estado guardando la llamada en la punta de la lengua todo el día. “¿Te parece si pasas por mi casa?”, dijo, sin explicar más, y ese “me parece” tan suyo —como si estuviera pidiendo permiso para algo que ya había decidido— me hizo sentir el pulso en la entrepierna.

Llegué con una camiseta vieja y pantalones de chándal, pero me cambié en el elevador: me puse la blusa blanca que dejaba entrever el encaje negro del sujetador, me peiné al costado y me dije: *hoy no juegas a la tímida*.

Abrió con una sonrisa lenta, los ojos ya oscuros antes de que cruzara el umbral. No me abrazó, no me besó. Me tomó de la muñeca, me arrastró al cuarto, cerró la puerta con el pie y me empujó contra el cabecero de la cama.

—Vístete menos —dijo, y me desabrochó la blusa con un solo tirón. Los botones saltaron como si hubieran estado esperando ese momento desde que los cosieron.

Me miró los pechos sin apuro, como si los estuviera leyendo en un libro viejo. Se inclinó, me chupó un pezón entre los dedos, y cuando sentí el calor de su boca en la punta, me estremecí como si me hubieran dado un voltaje. Me apretó la cintura y me arrancó los pantalones de golpe, sin deslizar la cremallera: solo tiró hacia abajo y los bajó con los calcetines puestos.

—¿Te gusta que te vea así? —preguntó, mientras con los pulgares me abría los muslos y me metía dos dedos dentro, ya mojada, ya ardiendo.

No respondí. Me puse rígida, los ojos cerrados, sintiendo cómo su mano se movía con un ritmo que conocía de sueños que ya me había olvidado. Me jodía con los dedos, rápido, profundo, y cuando le dije *más*, soltó una risa baja, casi gutural, y me puso la palma sobre la boca.

—Calla —dijo—. Hoy no hablas. Hoy solo te follo.

Me volvió a besar, esta vez con fuerza, con lengua, con mordiscos en el cuello, y mientras me chupaba la piel hasta dejarla roja y brillante, se desabrochó el pantalón y sacó su pene. Grande, tieso, la cabeza ya húmeda de presemilla, la venita azulada corría por el costado como una tatuada de deseo.

Me empujó de nuevo contra la cama, me puso las rodillas en el pecho, me abrió las piernas como si fuera a leer un mapa y, sin esperar más, me metió la cabeza dentro de la boca.

No fue un beso. Fue una invasión.

El olor a sudor y a sexo me golpeó en las fosas nasales antes de que su pene me rozara los labios. Me lo empujó entre los dientes, y por un segundo creí que me haría tragarlo entero. Pero no. Me lo metió lento, hasta que su vientre me tocó la barbilla, sus testículos se apoyaron en mi mentón, y sentí cómo palpitaba, cómo latía en mi garganta.

Me miró a los ojos mientras me folleaba la boca, sin pausas, sin pedir permiso. Me agarró del pelo, me haló, me obligó a tragar su ritmo. Me salivó encima, me lo empapó todo, y cuando por fin me soltó, mi lengua temblaba, mis ojos lagrimeaban, y mi garganta ardía como si hubiera tragado fuego.

Me dio la vuelta, me puso de rodillas, me agarró de la cintura y me empujó dentro de mí. Me cogió por detrás, con fuerza, con crudeza, y cada embestida me hacía chocar contra la cama como si quisiera romperme. Me dio en la vagina como si fuera su última respiración, me sacudió los pechos con cada golpe, y cuando me dio la vuelta otra vez y me metió los dedos en el culo mientras me folleaba con el pene, se me rompió algo dentro.

—Voy a correrte —dijo, y me apretó la entrepierna, me apretó los testículos, y me empujó una última vez, fuerte, hasta que sentí cómo su pene palpitaba dentro de mí, cómo me llenaba, cómo me jodía desde dentro.

Me corrió en la vagina, uno, dos, tres chorros largos, calientes, que me hicieron arquear la espalda y soltar un grito que no sabía que tenía.

Se retiró, se limpió con la sábana, se sentó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.

—Hoy te follaré la boca otra vez —dijo—. Pero primero duerme.

Y yo, con el pene aún colgando de mis labios, con la boca llena de su sabor, con la vagina abierta y húmeda, con el culo marcado por sus uñas, me dejé llevar.

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@sombra

Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.

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