La primera vez que me follaron en el trasero con la hermana de mi novia
4 minLa primera vez que me follaron en el trasero con la hermana de mi novia
Eran las once de la noche, pero en Medellín, con ese calor que no baja ni con el aire acondicionado al máximo, parecía que el sol aún nos miraba desde el cerro. Yo estaba en el sofá de mi apartamento, medio dormido, con una cerveza ya tibia en la mano, cuando sonó el timbre. Sabía quién era antes de abrir: Camila, la hermana de mi novia, Valentina. Venía de paso, dijo, porque Valentina le había pedido que pasara a recoger un libro que se dejó en casa, pero no era eso lo que olía en el aire.
Camila entró con una sonrisa que me puso los pelos de punta. Llevaba un vestido ajustado, celeste, que le marcaba las curvas desde la cintura hasta las caderas, y unos tacones que le hacían caminar como si bailara por dentro. Me saludó con un beso en la mejilla, pero lo dejó más tiempo del necesario, y su aliento, dulce a café y menta, me subió por la nariz como una descarga.
—¿Valentina te dejó el libro? —pregunté, intentando sonar sereno, pero mi voz tembló un poquito.
—Sí —dijo, y me miró directo a los ojos—, pero ya no está aquí. Se tuvo que ir a una reunión urgente con el trabajo.
Me sonrió de nuevo, esa sonrisa que solo tienen las mujeres que saben exactamente qué efecto causan.
Se sentó en el sofá, justo a mi lado, y se quitó los tacones. Se estiró como un gato, y el vestido se subió un poco más las piernas, dejando al descubierto el borde de unas medias finas que terminaban en una costura perfecta. Me di cuenta de que me estaba mirando de reojo, y cuando cruzamos la mirada, no aparté la vista. Ni ella tampoco.
—¿Tienes hambre? —me preguntó, y su voz ahora era más baja, más lenta.
—Un poco —respondí, pero sabíamos que no era eso lo que nos estaba comiendo por dentro.
Se levantó, caminó hasta la cocina con ese movimiento de cadera que me hizo apretar los muslos, y me preguntó si quería una gaseosa. Le dije que sí, pero cuando volvió, no trajo refresco. Trajo dos vasos de sidra, fría, con hielo y un toque de limón. Me los dio uno, y sus dedos rozaron los míos. Ese roce fue como una chispa.
—¿Te acuerdas cuando éramos niños y jugábamos en el jardín de la casa de mamá? —dijo, tomando un sorbo.
—Claro —respondí—. Tú me ganaste siempre en las carreras.
—Sí… pero hoy no vamos a correr —dijo, y se acercó más, hasta que sentí su calor.
No hubo una pregunta, ni una negativa. Solo su mano, que se posó sobre mi muslo, suave, segura. Y luego, otra sobre mi pecho, que me empujó hacia atrás, suavemente, hasta que quedé recostado. Se subió sobre mí, sentada a horcajadas, y me besó. No fue un beso cualquiera: fue lento, profundo, con lengua y sabor a sidra y a ella. Me mordió el labio inferior, y cuando lo soltó, me susurró al oído:
—Quiero sentirte dentro de mí… pero no por donde siempre.
Me giró la cabeza y me miró, con los ojos brillantes, las mejillas coloradas.
—¿Te parece si lo hacemos en el trasero? —dijo, y me besó de nuevo, esta vez con más urgencia.
No dije nada. Solo asentí. Ella se levantó un poco, se quitó el vestido, y quedó con un sostén y medias, el vestido tirado en el suelo como un abandono. Me quitó la camisa, y me desabrochó el pantalón, bajándolo junto con la ropa interior hasta las rodillas.
Se puso de rodillas frente a mí, me tomó el pito en la mano, lo acarició con lentitud, y lo frotó contra su entrepierna, mojándolo con sus propios jugos. Luego se lubricó el culo con la mano, mientras me miraba, sin apartar la vista. Me pidió que la sostuviera, que me pusiera de lado, y cuando se sentó sobre mí, con el culo hacia atrás, con la punta del pito rozando su ano, me dijo:
—Suavito… que es la primera vez.
No fue suave. Fue intenso. Fue el calor de su cuerpo, el apretón de su músculo, el sonido de su respiración, el “ahhh” que soltó cuando entré hasta el fondo. Me agarre a sus caderas, y ella empezó a subir y bajar, lento, como si cada movimiento fuera un juramento. Me volví loco. Me pidió que la tomara más fuerte, que le diera más, y cuando lo hice, ella gritó, no de dolor, sino de placer, y su cuerpo tembló, y yo sentí cómo su cuerpo se cerraba alrededor de mí, como si me quisiera retener para siempre.
Fue corto. No más de cinco minutos. Pero fueron los minutos más largos y más intensos de mi vida.
Cuando terminamos, se derritió sobre mí, sudada, jadeante, y me besó la nuca. Me dijo: —No le digas a Valentina. —No lo haré —respondí, y la besé en el cuello, sabiendo que ya nada sería igual.
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Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.