La primera vez que me dejaron mirar cómo mi vecino se follaba a su novia a través del espejo
6 minLa primera vez que me dejaron mirar cómo mi vecino se follaba a su novia a través del espejo
Yo nunca fui voyeur. Al menos, hasta que mudamos al depto 402 del edificio Las Acacias. La vecina del 401 —Lupita, una morena de ojos grandes, labios gruesos y un trasero que parecía hecho a mano por un dios con buen taste— me saludaba cada mañana con una sonrisa que decía *hola*, pero miraba mis ojos como si supiera algo más. Yo solo pensaba: *chida la chava, pero ya tiene novio*, y seguía con mi café con leche y pan con manteca.
Ella salía temprano, con pantalones ajustados que marcaban cada curva, y volvía tarde, siempre con los tacones sonando en el pasillo como latidos acelerados. Yo, curioso por naturaleza —y un poco aburrido después del trabajo—, empecé a notar que el espejo del baño del 401 estaba roto por la esquina superior derecha. No lo repararon. Y ese pedacito de cristal, aunque torcido, miraba directo al espejo del baño del 402. Un espejo que, por casualidad —o no—, yo había colocado a tal altura que, si te ponías de puntillas y agachabas un poco la cabeza, podías ver exactamente lo que pasaba en el 401.
La primera vez que lo noté fue un miércoles. Llovía. El depto 401 tenía la puerta entreabierta, y la luz del baño se filtraba. Yo estaba en la cocina, preparando mis chilaquiles, cuando escuché risas. No las risas normales. Las que vienen cuando ya te quitaste el chaleco y estás listo para *jugar*. Me acerqué al espejo sin querer, como quien se peina la patilla. Y ahí estaba: Lupita, desnuda, de pie frente al espejo, con el pecho lleno de manitas, y detrás de ella, su novio —un tipo alto, moreno, con brazos como piernas de silla— le metía la verga con una cadencia que hacía temblar hasta el espejo roto.
Yo me quedé paralizado. No por vergüenza. Por *sabiduría*. Porque en ese instante entendí que el universo me había regalado una clave, una ventanita al paraíso. Y no era una ventana cualquiera: era un espejo. Y no solo veía lo que pasaba: *ellos también se veían*. Ella, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, decía cosas como: *“Métele más fuerte, wey, que ya me estás chupando la leche”*. Él le agarraba las nalgas y le decía: *“Tú quieres, porque ya te pides esto todos los días”*.
No lo dejé pasar. La siguiente semana, cuando ellos salieron a cenar —yo vi el auto salir a las 8:32 p.m.—, subí al 402, me puse en puntillas frente al espejo, ajusté mi camiseta y esperé. Cuando regresaron, no entraron directo. Se quedaron un rato en la entrada, besándose como adolescentes, con las manos metiéndose por las playeras, con dedos que buscaban piel. Entonces, Lupita se giró, le quitó la camisa a él y le murmuró algo al oído. Él asintió, sonrió, y ella entró al baño.
Esa noche, mientras me duchaba, me di cuenta de que el juego no era solo ver. Era *participar*. Así que al día siguiente, cuando ella pasó frente a mi puerta con una falda pegada que dejaba entrever la costura del culote, le sonreí y le dije: *“Oye, Lupita, ¿tienes clavos para colgar ese espejo que se cayó?”*. Ella me miró con una ceja alzada, como si ya supiera, y me dijo: *“Ay, sí. ¿Me pasas el martillo?”*. Me acerqué, se lo di. Y cuando me pidió el clavo que se me había caído al suelo, se agachó lento, con esa cintura que daba lástima verla doblarse así, y me miró a los ojos mientras lo tomaba. *“Gracias, wey”*, dijo. Y se fue.
Esa noche, cuando ya era casi medianoche, escuché su voz desde el baño del 402: *“Apaga la luz y déjanos solitos un rato”*. Él se rió, y yo supe. Supe que era mi turno. Subí al 402, me puse frente al espejo, me desabroché los jeans hasta la mitad, y me puse de puntillas. El espejo roto me mostró su reflejo: ella de rodillas, con la cabeza ladeada, y él ya con la verga fuera, apoyado en el lavabo, con una mano en su cabeza y la otra sosteniéndose. Ella lo lamía lento, con una boca que parecía hecha para eso. Él jadeaba: *“Sí, así, chingada, que me estás matando”*.
Yo no me toqué. No aún. Me limité a respirar hondo y a mirar. Pero cuando ella se levantó, se giró y me miró —*a mí*, al espejo, al depto 402—, supe que me había visto. Me sonrió. Y entonces, con la mano libre, se separó los labios de la vulva y los mantuvo abiertos, mirando directo al espejo. *“Mírala, wey. Mírala cómo se abre para ti”*, dijo ella.
Él se acercó, le puso una mano en la cintura, y ella se puso de pie. Me miré en el espejo: yo, con la verga medio dura, los jeans bajados, las manos en las caderas. Ella le susurró algo a él. Él asintió. Ella abrió la puerta del baño. No toda, pero sí lo suficiente. Me miró y dijo: *“Tú, wey del 402. Sí, tú. ¿Vienes o no?”*.
Yo no dudé. Me deslicé los jeans y la ropa interior hasta las rodillas, me di la vuelta y caminé hacia la pared del espejo. Me apoyé en él, con las manos en el cristal roto, y ella se acercó. Me besó en el cuello, me mordió la oreja y me dijo: *“Sabía que te gustaba. Pero hoy no miras. Hoy participas”*. Me giré, y ella ya tenía su blusa abierta, sin sujetador, con los pechos contents y apretados, como dos frutas recién cortadas. Me pidió que me arrodillara. Y mientras yo los lamía, ella le decía a su novio: *“Míralo. Míralo comiéndole la vulva a este wey. ¿Te gusta?”*. Él respiraba fuerte, con la verga ya dura, apuntando al techo.
Cuando terminé, ella se paró, se puso de pie frente a mí, y me dijo: *“Ahora tú, pero sin condón. Que me la quieres meter dura”*. Él se quitó la camisa, se acercó, y me puso la mano en la cabeza. *“No te preocupes, wey. Ella te quiere. Y tú quieres. Ya lo sabemos”*. Ella se puso de lado, separó las nalgas y se inclinó hacia el lavabo. Él me puso la verga en su entrada, y yo la empujé dentro. Ella gritó: *“¡Ay, wey! ¡Qué verga tan gorda!”*. Y yo, entre jadeos, le dije: *“Tú me la pediste, Lupita”*. Ella se giró, me besó, y mientras él le cogía por detrás, yo le metía la lengua a la boca.
No fue rápido. Fue lento, intenso, como si nos hubiéramos conocido hace diez años y estuviéramos repartiendo un viejo cuentas pendientes. Ella me miraba cada vez que él la empujaba, como diciéndome: *“Sí, así. Tú también quieres sentirme”*. Y yo sentía. Sentía su calor, su humedad, el sonido de sus gemidos en mi pecho, y el espejo roto, que ahora sí me mostraba a los tres: a ella, a él, a mí. A los tres juntos. A los tres *vivos*.
Al final, cuando ella se corrió con la lengua aún entre mis labios y él se corrió dentro de ella con un grito que hizo temblar las paredes, yo me senté en el suelo del baño, con la verga aún dura, y ella se sentó en mi regazo, con la cara sudada y los ojos cerrados. Me besó la frente y me dijo: *“Oye, wey… ¿te gustaría venir otro día?”*.
Claro que sí. Y desde entonces, cada vez que escucho sus pasos en el pasillo, ya no me pongo nervioso. Me pongo de puntillas. Y espero.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.