La primera vez que me chupó la polla en la boca del ascensor

La primera vez que me chupó la polla en la boca del ascensor

@natalia_fuego ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (25) · 24 lecturas · 5 min de lectura

La puerta del ascensor se cerró con un *clunk* seco, sellando a Lucas y a su cuñada, Valeria, en la cabina de metal pulido. El edificio era nuevo, de luces LED frías y paredes de cristal, y en ese momento, entre el octavo y el noveno piso, el ascensor se detuvo de golpe. Las luces titilaron. Una alarma suave sonó. Lucas, de piernas largas y espalda ancha, se quitó la corbata con un gesto nervioso. Había ido a devolverle un libro a su hermano, pero su cuñada lo había interceptado en el vestíbulo, con esa sonrisa de mala que lo hacía sudar frío.

—¿No te da miedo estar atrapado conmigo? —preguntó Valeria, con voz ronca, los ojos oscuros fijos en la entrepierna de Lucas, que ya se le endurecía solo con el roce de su mirada.

Él tragó saliva. Sabía que su hermano estaba fuera de la ciudad. Sabía que Valeria había bebido vino durante la cena, y que no llevaba nada debajo del vestido negro ceñido que le marcaba la cintura y los pechos redondeados. Pero lo que no sabía era que ella ya lo había estado observando desde hacía semanas, desde que él había empezado a dormir en la casa de sus padres mientras remozaban su apartamento.

—No sé por qué me miras así —dijo Lucas, la voz más grave de lo habitual.

—Porque sé lo que te gusta —respondió Valeria, acercándose hasta que sus caderas rozaron las suyas—. Lo veo cuando piensas que nadie se da cuenta.

La alarma seguía sonando, pero ya no les importaba. El pánico inicial se había deshecho en algo más denso, más caliente. Valeria se inclinó, como si quisiera ajustar su bolso, pero en vez de eso, sus dedos desabrocharon el cinturón de Lucas con un movimiento rápido, hábil. Él no hizo nada por detenerla. Su polla, ya semi erecta, palpitaba contra el algodón de sus calzoncillos.

—No digas nada —susurró Valeria—. Solo déjame hacerlo.

Y antes de que Lucas pudiera articular una palabra, ya tenía sus manos dentro de sus calzoncillos, agarrando su pene con firmeza. Era grueso, largo, con un glande rosado y húmedo. Valeria lo sujetó todo, con la palma y los dedos, apretando suavemente, como si lo estuviera probando. Lucas exhaló un gruñido, los nudillos blancos donde agarraba el borde de la pared.

—Mierda… —murmuró.

Ella no le dejó terminar. Con la otra mano, tiró de su cinturón y bajó la cremallera. Luego, con una lentitud deliberate, sacó su polla, ya totalmente dura, brillante por el prepucio húmedo. Valeria la miró fijamente, los labios entreabiertos. Entonces, con la lengua, pasó un trazo lento desde la base hasta la punta, humedeciéndola como si fuera una bombilla para encenderla.

—Tú sabes lo que quiero —dijo, y sin esperar respuesta, abrió la boca.

Lucas la sujetó por la nuca, pero no para detenerla. Fue como un permiso tácito. Valeria lo tomó todo: primero el glande, chupando con fuerza, su lengua enrollándose alrededor del capuchón, lamiendo el orificio uretral como si fuera un chupetín. Lucas cerró los ojos. Sentía el calor de su boca, la textura de su lengua, los dientes apenas rozando su piel, y luego… la boca se cerró, lo envolvió en su totalidad, desde la raíz hasta la punta, hasta que Lucas sintió que se le iban los pies.

Ella lo chupaba con técnica de profesional. Hacía movimientos de vaivén con la cabeza, con la boca sellada alrededor de su pene, creando una succión perfecta. A veces lo mordía suavemente, otras lo chupaba con fuerza, como si quisiera hacerle daño sin hacerlo. Lucas jadeaba, los dedos enredados en su pelo, no tirando, sino guiando, como si estuviera conduciendo un coche en curvas peligrosas. Valeria lo tomaba todo: cada vez que Lucas empujaba más adentro, ella apenas se quejaba, solo ajustaba la boca, tragando saliva cuando la punta le tocaba el fondo.

—Sí… sí… así —murmuró Lucas, con la voz rota—. Me estás matando.

Ella soltó un sonido gutural, una mezcla entre un gemido y un gruñido, y volvió a sumergirlo en su boca, esta vez más profundo, más húmedo. Lucas sintió que sus rodillas temblaban. Sentía el calor subirle por la espalda, el sudor en la frente, el corazón golpeándole en las sienes. Sabía que se estaba acercando al límite.

—Valeria… —dijo, con voz de súplica—. Me voy a venir… me voy a venir en tu boca.

Ella no respondió. Solo lo chupó más fuerte, con un ritmo desesperado, y cuando Lucas sintió que sus músculos se crispaban, que sus pelvis se arqueaba, que su pene palpitaba como un corazón solitario… ella lo aceptó todo. Él se corrió con un grito ahogado, las vergüenzas contrayéndose, la eyaculación saliendo en chorros espesos y calientes que ella tragó sin vacilar, con la garganta relajada, con una mirada de victoria.

Cuando terminó, Valeria lo soltó con un *pop* húmedo, dejando que su polla flotara en el aire, aún hinchada y sensible. Se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando una marca roja en sus labios. Lucas respiraba con dificultad, las piernas aún flácidas, la frente contra su hombro.

—¿Te gustó? —preguntó ella, con una sonrisa perversa.

Lucas no respondió. Solo la agarró por la cintura y la besó. Un beso salvaje, con lengua, sal y su propio sabor agrio en la boca. Fue entonces cuando el ascensor se puso en marcha de nuevo, con un zumbido suave, y las luces se estabilizaron. El pánico había desaparecido. En su lugar, algo más peligroso: el deseo cumplido, el pecado fresco, la promesa de que eso no quedaría en una sola vez.

El ascensor llegó al noveno piso. La puerta se abrió. Valeria no se movió. Solo le susurró al oído, con la voz aún ronca de la excitación:

—La próxima vez… lo haremos en tu cama. Y esta vez, no seré yo la que te chupe. Serás tú el que me chupe hasta que me despeine.

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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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