La primera vez que me chupó el culo
Nunca pensé que algo así me fuera a pasar, y menos con ella. Pero allí estaba yo, arrodillado en el suelo de su departamento, con el culo al aire, la cara enterrada en la alfombra y las nalgas bien separadas mientras ella, con una lentitud que me ponía los huevos de cristal, me lamía el ano con la lengua afilada como cuchillo caliente. Fue la primera vez que me chupó el culo, y no lo olvidaré ni aunque me muera mañana.
Yo la conocía de la oficina. Ella era la jefa de proyectos, de esas que caminan con tacones que suenan como disparos en el piso de mármol, con el pelo negro hasta la cintura y una boca que parecía hecha para chupar vergas. Siempre andaba seria, con el cuello erguido y el culo envuelto en faldas ajustadas que marcaban cada curva. Yo, en cambio, era el tipo que llegaba tarde, con camisa desabrochada y olor a cigarro barato. Nunca creí que ella me mirara, pero una noche, después de una reunión que se pasó de largo, me dijo:
—Oye, Marco, ¿te quedas un rato más? Necesito ayuda con unos reportes.
Y ahí empezó todo.
Cuando los demás se fueron, el aire entre nosotros cambió. Ella se quitó los zapatos, se sentó en el sofá con una copa de vino y me miró como si ya supiera lo que iba a pasar. No dije nada. Me senté a su lado, a una distancia que no era casual. El silencio se volvió espeso, caliente. Hasta que ella, sin más, me tomó la mano y me la puso sobre su falda.
—Tócame —me dijo, con voz baja, como si alguien pudiera escuchar.
No me hice rogar. Le subí la falda, le toqué las nalgas, le metí los dedos por debajo de la tanga. Estaba mojada, caliente, lista. Le besé el cuello, le mordí el hombro, le desabroché el brasier con torpeza. Ella se dejó, pero con autoridad, como si todo estuviera planeado. Me empujó al suelo, me quitó el pantalón, me sacó la verga y la miró con hambre.
—Qué verga tan buena —dijo—. Grande, gorda, con esa vena que late como si estuviera a punto de explotar.
Y sin más, se la metió a la boca.
No fue un beso, no fue un juego. Fue una chupada profunda, húmeda, carnal. Me la tragó entera, hasta la base, con la nariz pegada a mi vello. Sentí su lengua rodeando la cabeza, sus labios apretados, sus dientes raspando apenas. Me agarró las pelotas con una mano y me las masajeó mientras me chupaba. Yo gemía como pendejo, con las manos en su pelo, empujando, sin control.
—Así, así, joder —le dije—. Chupa esa verga, cabrón.
Ella no dijo nada. Solo me miró con esos ojos oscuros, me sacó la verga de la boca con un pop húmedo y me dijo:
—Voltea. Quiero ver tu culo.
Me puse de espaldas, con las nalgas al aire, y ella me las separó con fuerza. Me miró el ano, lo acarició con el dedo, lo humedeció con su saliva. Luego, sin avisar, me metió la lengua.
Fue como un rayo. Sentí su lengua caliente, húmeda, abriéndome el esfínter, lamiéndome por dentro. No era suave, no era tierno. Era crudo, directo, como si me estuviera follando con la boca. Me chupaba el culo como si fuera una verga, como si estuviera celosa de ella. Me lamía el agujero, me metía la lengua hasta el fondo, me mordía las nalgas con suavidad.
—¿Te gusta? —me preguntó, con la voz ronca.
—Sí, carajo, sí —le dije, con la cara en la alfombra, el culo en el aire, temblando.
Ella volvió a chuparme, más fuerte, más profundo. Me lamió todo, desde el culo hasta los huevos, me pasó la lengua por el perineo, me chupó los testículos uno por uno. Luego, de repente, me dio vuelta y me puso boca arriba.
—Ahora quiero que me cojas —dijo—. Pero no con la verga. Con la boca.
Me subió encima de ella, me sentó sobre su cara. Me miró con deseo, con hambre, y sin más, me metió la lengua al ano.
Grité. No pude evitarlo. Sentí su lengua dentro, caliente, húmeda, abriéndome como si fuera una verga. Me lamía el culo con fuerza, con ansia, como si quisiera devorarme. Me agarró las nalgas con las manos y me separó más, me metió la lengua hasta el fondo, me lamió el interior como si estuviera probando un manjar.
—¡Chíngame el culo, cabrón! —le grité—. ¡Chúpame el agujero!
Y ella lo hizo. Me chupó el culo como si fuera su último deseo. Me lamía, me mordía, me chupaba con una fuerza que me dejaba sin aire. Sentía su lengua dentro, su saliva caliente, sus manos apretándome las nalgas. Me corrí sin tocarme, sin que me tocara la verga. Me corrí con la lengua en el culo, con el cuerpo tenso, con el alma fuera del cuerpo.
Pero ella no paró.
Cuando terminé, me empujó, me puso de rodillas y me dijo:
—Ahora tú. Quiero que me chupes el culo.
No lo pensé dos veces. Me acerqué a ella, le separé las nalgas y le lamí el ano. Era pequeño, rosado, caliente. Olía a sexo, a sudor, a mujer. Empecé a lamerlo con suavidad, con cariño, pero ella me empujó la cabeza.
—No seas pendejo. Chúpame como si fuera tu última comida.
Y así lo hice. Le metí la lengua hasta el fondo, le chupé el agujero, le lamí todo. Ella gemía, se retorcía, se agarraba las tetas con las manos. Le mordí las nalgas, le lamí el perineo, le metí un dedo al coño mientras le chupaba el culo. Estaba mojada, caliente, lista para más.
—Ahora —me dijo—. Ahora me coges.
Me paré, me puse detrás de ella, le separé las nalgas y le metí la verga por el culo.
Fue como entrar en el paraíso. Su culo era apretado, caliente, húmedo. Me la tragó entera, sin resistencia. Empecé a cogerla con fuerza, con ritmo, con ansia. Le agarré las caderas, le mordí el hombro, le di nalgadas que sonaban como latigazos. Ella gemía, gritaba, me pedía más.
—¡Cógeme más fuerte, cabrón! —me decía—. ¡Métela hasta el fondo!
Y yo lo hacía. Le clavaba la verga hasta el fondo, hasta que sentía su respiración en la espalda. Le lamía el cuello, le mordía las tetas, le agarraba el pelo. Nos movíamos como si lleváramos años follando, como si supiéramos lo que el otro quería sin hablar.
Hasta que sentí que iba a correrme.
—¿Te vas a correr? —me preguntó, sin dejar de moverse.
—Sí —le dije—. Ya no aguanto.
—Entonces sácala —me dijo—. Quiero que me la metas en la boca.
Y así lo hice. Le saqué la verga del culo, me di la vuelta y se la metí a la boca. Ella me la chupó con hambre, con ansia, con devoción. Me lamía la cabeza, me mordía el frenillo, me agarraba las pelotas. No tardé en correrme.
—¡Me corro! —le grité.
Y ella, sin sacarme la verga, me tragó el semen. Lo chupó todo, gota por gota, como si fuera un manjar. Cuando terminó, me miró con una sonrisa satisfecha.
—Eres un cabrón —me dijo—. Pero me encanta.
Nos quedamos allí, en el suelo, sudados, cansados, felices. Ella me abrazó, me acarició el pelo, me besó el cuello.
—Nunca pensé que me gustaría esto —le dije.
—¿El qué? ¿Que te chupen el culo?
—Sí.
—Pues a mí me encanta —me dijo—. Y vas a tener que repetirlo.
Y lo hicimos. Varias veces. En su oficina, en mi departamento, en un hotel de la Roma. Pero esa primera vez, la del culo, nunca se me olvidará. Porque fue la primera vez que alguien me chupó el agujero con hambre, con deseo, con desespero. Y porque fue la primera vez que entendí que el placer no tiene límites, que el sexo no es solo cojer, sino devorar, ser devorado, perderse en el cuerpo del otro.
Ahora, cada vez que la veo en la oficina, con su falda ajustada y sus tacones altos, recuerdo su lengua en mi culo, su boca en mi verga, sus nalgas en mis manos. Y sé que, tarde o temprano, volverá a pasar. Porque entre nosotros no hay reglas, no hay moral, no hay vergüenza. Solo hay deseo, crudo, carnal, sin rodeos.
Y eso, cabrón, es lo mejor que hay.
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