La primera vez que me ató en su departamento
El edificio de ladrillo visto en la esquina de Billinghurst y Arenales no llamaba la atención. Era uno de esos bloques de Palermo que se mezclaban con los árboles y los bares de moda, sin pretensiones. Pero adentro, en el piso 12, departamento B, todo era distinto. Todo olía a cuero, a sudor contenido, a deseo que no se disculpaba.
Allí vivía Damián, un tipo de treinta y ocho años, alto, con el pecho ancho y los brazos marcados por años de levantar pesas. Tenía una mirada clara, casi transparente, pero cuando te clavaba esos ojos, sentías que te desnudaba sin tocarte. Lo conocía de un grupo de lectura de literatura erótica que había durado dos meses, hasta que alguien se quejó de que “todo era demasiado fuerte”. Damián se había reído. “Si no es fuerte, no es erótico”, había dicho, y después me miró a mí, como si supiera algo que yo todavía no me atrevía a nombrar.
Yo era Lucía, treinta y dos, profesora de literatura, soltera, con una vida ordenada y un deseo que guardaba bajo llave. Hasta esa noche.
Habíamos quedado en su casa para “seguir una charla que quedó inconclusa”. Nada más fácil que mentirse. Yo ya sabía lo que quería. Lo había buscado en Google: “dominación femenina”, “sumisión masculina”, “códigos de consentimiento en BDSM”. No me imaginaba atando a nadie. Pero sí me imaginaba siendo atada. Ser tomada. Ser vista. Ser usada.
Cuando abrió la puerta, llevaba un pantalón de jogging gris, sin remera. El pecho sudado, los músculos tensos. Olía a eucalipto y algo más oscuro, animal.
—Pasá, Lucía. Vine.
Cerró la puerta con llave. No fue un gesto violento. Fue natural. Como si siempre cerrara así.
—¿Tomás algo?
—Un vino, si tenés.
—Mejor un trago fuerte. Vas a necesitarlo.
Sonrió. No fue burla. Fue promesa.
Me sirvió un whisky con hielo. Me lo dio en un vaso bajo, sin decir nada. Nos sentamos en el sillón de cuero negro. El aire acondicionado zumbaba bajo, como un gemido.
—¿Vos sabés lo que querés? —preguntó, sin mirarme.
—Sí.
—Decilo.
—Quiero que me ates. Quiero que me domines. Quiero que me uses.
Damián asintió. Lentamente.
—¿Y si te digo que no?
—Entonces me voy. Pero sé que no vas a decir que no.
Me miró. Esta vez, sin piedad.
—Desvestite.
No fue una pregunta. Fue una orden. Y yo, por primera vez en la vida, sentí que podía obedecer sin perderme.
Me paré. Me saqué la remera. El sostén. Los pantalones. Las medias. Quedé en ropa interior: un conjunto negro de encaje, que había comprado esa misma tarde.
—Lindo —dijo—. Pero no sirve.
Sacó un paquete de cuero negro de un cajón. Lo desenrolló. Eran correas, esposas, un antifaz.
—Sentate en la silla.
Señaló una silla de acero que parecía sacada de un quirófano. No pregunté. Fui.
Me ató las muñecas detrás de la espalda, con un nudo que no conocía. Fuerte, pero sin lastimar. Después me ató los tobillos a las patas delanteras. Quedé inclinada hacia adelante, la espalda arqueada, la concha tensa bajo la ropa.
—Mirá —dijo—, no soy un sádico. Esto no es para hacerte daño. Es para que te sientas expuesta. Para que no puedas escapar. Para que el placer te llegue sin filtro. ¿Estás de acuerdo?
—Sí —dije, y mi voz tembló.
—Dilo completo.
—Sí, Damián. Estoy de acuerdo. Todo lo que hagas, lo hago con consentimiento.
Asintió.
—Bien. Ahora callate.
Se paró detrás de mí. Sentí su mano en la nuca. Bajó despacio, por la columna, hasta el culo. Me palmeó una nalgas. Una vez. Fuerte. El golpe me hizo jadear.
—¿Duele?
—No.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Bien.
Volvió a palmearme. Esta vez las dos nalgas. Una tras otra. El calor se extendió por mi piel, por mi concha. Sentí cómo se humedecía.
Damián se alejó. Escuché el sonido de un cierre. Volvió con una fusta corta, de cuero marrón.
—Voy a darte cinco. Por cada una, decís una cosa que te da miedo.
—¿Cinco?
—Sí. Si no decís, te doy una más.
Asentí.
Primera. El golpe me sorprendió. No fue fuerte, pero fue certero. Me estremecí.
—Habla.
—Tengo miedo de que me veas demasiado.
Segunda. Más fuerte. Grité un poco.
—Tengo miedo de que me guste demasiado.
Tercera. Me mordí el labio.
—Tengo miedo de que no quieras parar.
Cuarta. Esta dolió. Me arqueé.
—Tengo miedo de que me domines y después me abandones.
Quinta. Fue suave. Casi cariñosa.
—Tengo miedo de que esto cambie todo.
Damián dejó la fusta. Se acercó. Me besó el cuello.
—No voy a abandonarte. Pero tampoco voy a ser suave.
Me sacó el tanga de un tirón. Sentí el aire frío en la concha húmeda.
—Estás chorreando —dijo—. Mirá cómo te pone esto.
Me metió dos dedos de golpe. Grité.
—¿Querés más?
—Sí.
—¿Querés mi pija?
—Sí, Damián. Quiero tu pija.
Sacó los dedos. Me dio una nalgada más. Fuerte.
—Ahora no.
Se alejó. Escuché cómo se desnudaba. El sonido de la hebilla, del pantalón cayendo. Después, sus pasos. Volvió con un antifaz de cuero. Me lo puso.
—Ahora no vas a ver. Solo vas a sentir.
Me desató los tobillos, pero no las manos. Me hizo parar. Me empujó contra la pared.
—Dame la espalda.
Lo hice. Sentí su cuerpo desnudo contra el mío. Su pija dura en mi culo.
—¿Querés que te coja así?
—Sí.
—¿Cómo?
—Por atrás. Como si fuera tuya.
—Porque sos mía. Ahora.
Me agarró del pelo. Me inclinó. Me metió la pija de una estocada.
—¡Ah! —grité.
Era grande. Llenaba. Me estiraba. Pero no dolía. Era placer puro, crudo.
Empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida me hacía gemir. Sentía el culo caliente, la concha hinchada.
—Mirá cómo me tomás —dijo—. Como si nacieras para esto.
No respondí. No podía. Solo sentía.
Aumentó el ritmo. Las nalgas golpeaban mi culo. El sonido de la carne contra carne llenaba el cuarto.
—¿Querés más? —preguntó.
—Sí.
—¿Querés que te ate otra vez?
—Sí.
Me sacó la pija. Me hizo dar vuelta. Me empujó al piso. Me ató las muñecas con una cuerda gruesa, y las pasó por una argolla en el techo. Quedé de rodillas, con los brazos arriba, la concha al aire.
Damián se paró frente a mí. Me agarró la cara.
—Mirá.
Me mostró su pija. Llena de mi chorreo.
—Chupá.
Lo hice. La tomé entera. Hasta la garganta. Me ahogué un poco. Me gustó.
—Buena mina —dijo—.
Me soltó. Me hizo parar. Me empujó otra vez contra la pared. Me cogió de pie. Esta vez más rápido. Más fuerte.
—Decime que sos mía —dijo.
—Soy tuya, Damián.
—Otra vez.
—Soy tuya.
—¿Y si te digo que no te suelte en tres días?
—Que no me sueltes.
—¿Y si te digo que no puedas hablar hasta que yo te diga?
—Que no me dejes hablar.
—¿Y si te digo que te quedes así, desnuda, atada, solo para que yo te use cuando quiera?
—Quedate así.
Gruñó. Aceleró. Sentí que venía.
—No te corras sin permiso —dijo.
—No puedo…
—No te corras.
Pero no pude. El orgasmo me explotó en la concha. Grité. Temblé. Me desplomé.
Damián me sostuvo.
—Buena mina —repitió—. Muy buena.
Me desató. Me llevó a la cama. Me acostó. Se acostó al lado.
—¿Te arrepentís? —preguntó.
—No.
—¿Querés que pare?
—No.
—Mañana vamos a hacer esto otra vez. Pero más fuerte.
—Sí.
Me abrazó. Dormí con su pija contra mi culo, sus brazos alrededor.
A la mañana, me despertó con un beso en el cuello.
—Despertá, sumisa. Hoy te voy a entrenar.
Sonreí.
—Sí, amo.
No me sentí humillada. Me sentí libre.
Porque por primera vez en la vida, no tuve que decidir. No tuve que planear. No tuve que fingir.
Fui deseo puro. Cuerpo entregado.
Y eso, al final, fue lo más erótico de todo.
Pasaron las semanas. Iba dos veces por semana. A veces más. Me ataba, me azotaba, me cogía, me hacía hablar. Me enseñó a pedir permiso para correrme. A decir “gracias, amo” después de un orgasmo. A caminar con esposas en los tobillos.
Una noche, me llevó a un lugar. Un club privado, en el subsuelo de un edificio de Retiro. Había gente atada, gente follando, gente sirviendo vino con el culo desnudo.
—¿Tenés miedo? —preguntó.
—No.
—¿Y si alguien te reconoce?
—Que me reconozcan.
Me presentó como su sumisa. Nadie se sorprendió.
Una mujer se acercó. Llevaba un collar de cuero negro.
—Primera vez aquí —dijo.
—Sí —respondí.
—¿Y si te digo que Damián me ató anoche?
—Me da placer saberlo —dije, y lo dije en serio.
Porque entendí algo: no era solo el dolor, ni el sexo, ni el miedo. Era la entrega. Era dejar de ser Lucía la profesora, Lucía la soltera, Lucía la cuidadosa.
Era ser Lucía la sumisa.
Y eso, en el fondo, era lo que siempre había querido ser.
Hoy sigo yendo a su departamento. Sigo usando el antifaz. Sigo diciendo “sí, amo”.
Y cada vez que me ata, cada vez que me dice “no”, cada vez que me hace esperar para correrme,
siento que por fin,
estoy en casa.
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