La primera vez que le mamé el pito a mi novia

@mateo_cruz ·29 de abril de 2026 · ★ 4.5 (37) · 1,277 lecturas · 3 min de lectura

Recuerdo el olor a lluvia en la ventana, el silencio del apartamento y el latido de mi corazón como si fuera un tambor en mi pecho. Ella estaba acostada sobre la cama, con la camiseta ya subida hasta el pecho y el sostén tirado a un lado, los pezones duros como cerezas maduras bajo la luz tenue del velador. Yo me había quitado la camisa hacía rato, pero mis manos seguían temblando como si no creyeran que era real.

—¿Segura? —le pregunté, aunque ya lo sabía.

Ella solo me miró con esos ojos que brillaban como azúcar derretida y asintió, con una sonrisa tímida que le partía la cara.

—Sí, mateo… quiero sentirte entre mis muslos, pero primero… quiero que me mames.

Me atraganté con la respiración. Yo nunca lo había hecho. Nunca. Aunque había visto videos, leído historias, soñado con eso, pero nunca lo había hecho de verdad. Y ahí estaba ella, ofreciéndomelo como un regalo, con la misma naturalidad con que le ofrece un café a un amigo.

Me acerqué despacio, como si temiera que si me apuraba, ella desapareciera. Me senté en la orilla de la cama, agarré su camiseta y se la subí hasta la cintura con cuidado, dejando al descubierto su culito redondo, cubierto solo por un slip de encaje negro que dejaba entrever el rastro húmedo que ya llevaba desde hacía rato. Me pasé la lengua por los labios. Me puse de rodillas entre sus piernas y, sin mirarla, apoyé las manos en sus muslos. Los sentí calientes, suaves, como crema recién batida.

—Abre las piernas más… sí… así —le susurré.

Y entonces lo vi. La vulva, hinchada, oscura, con los labios abiertos como pétalos de rosa mojada, brillantes por el líquido que chorreaba sin cesar. El clítoris, pequeño pero erguido, palpitando como si quisiera salir de su capucha. Me quedé ahí, paralizado, con la boca seca y la garganta apretada.

—¿Te gusta? —me preguntó, con la voz quebrada.

—Jesús, sí —le dije, y entonces le di un beso pequeño, apenas un roce, en la parte más sensible.

Ella soltó un gemido que sonó como una súplica.

—Más… por favor.

Y entonces, sin pensarlo más, la abracé con las manos y la tiré hacia mí, para que sus nalgas quedaran mejor a mi alcance. Bajé la cabeza y le lamí el clítoris con la punta de la lengua. Ella se estremeció como si le hubieran dado un chiflido eléctrico.

—¡Ah! —gritó— ¡Dios mío, Mateo!

Y entonces comencé de verdad. La mordí con suavidad, la chupé con fuerza, le pasé la lengua en círculos, en rayos X, en zigzags locos. Le metí un dedo, luego otro, doblándolos un poco, buscando ese punto blando y húmedo que la hacía arquear la espalda como un arco. Me miraba con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, jadeando como si estuviera ahogándose en su propio deseo.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Así! —me decía, agarrando los cobertores con fuerza.

Y cuando sentí que se iba, que su cuerpo se tensaba como un resorte por estirar, le chupé el clítoris con más ganas, le lamí todo el centro como si quisiera saborearle el alma, y entonces ella gritó, como si le estuvieran arrancando un grito del pecho.

—¡Mateo! ¡Me voy! ¡Me voy!

Y luego se deshizo en mis manos, con los ojos cerrados, la cara roja, la boca entreabierta, jadeando como si acabara de correr una maratón.

Me levanté entonces, me limpié la boca con el dorso de la mano, y le sonreí.

—Eres un ángel —le dije.

Y ella, aún temblando, me agarró de la cara y me besó, con su sabor a miel y a ella misma, y me susurró:

—Ahora… mamele el pito, mi amor. Que te lo mame bien rico.

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