La primera vez que la vecina me pidió que la domine
7 minLa primera vez que la vecina me pidió que la domine
La ciudad se hundía en un crepúsculo espeso, con nubes bajas que rozaban los techos de las casas del barrio San José, en Medellín. En el tercer piso del edificio número 47, la luz del vestíbulo parpadeaba cada vez que pasaba un elevador, y el aire olía a café recién hecho y a humedad de lluvia reciente. Sombra —así la llamaban sus amigos desde que tenía veinticinco años y aprendió a moverse con la lentitud de quien sabe qué esperar— estaba sentado en su sofá, con los pies apoyados en la mesa de madera, la camisa abierta hasta el ombligo y una cerveza fría en la mano. Afuera, el eco de una moto se desvanecía en la lejanía.
Fue entonces cuando escuchó el timbre.
No era normal. No uno de esos timbrazos apresurados de quien olvidó las llaves, ni el timbre suave de un repartidor. Era un timbre pausado, casi interrogativo, como si la persona al otro lado dudara si tocar o no. Sombra se levantó sin apuro. Sabía quién era antes de abrir la puerta: Catalina, la vecina del cuarto piso.
La había visto desde el primer día que se mudó: alta, piel morena con bronceado natural de quienes viven en el valle, caderas anchas que marcaban la silueta de sus blusas holgadas, y ojos que parecían mirar más allá de lo que decían sus palabras. Habían intercambiado saludos por el pasillo, frases cortas, sonrisas rápidas. Nunca nada más.
Hoy, sin embargo, Catalina no traía una botella de leche ni una excusa para bajar a recoger algo del supermercado. Llevaba un vestido negro ceñido, que le subía hasta la mitad del muslo y dejaba al descubierto los hombros y una delgada cadena de plata con un pequeño colgante en forma de luna creciente. Sus pies descalzos apoyaban ligeramente sobre la alfombra del pasillo, y el pelo, recogido en un moño torcido, dejaba ver las orejas y la curva de su cuello, donde aún brillaba una gota de sudor.
—¿Sombra? —dijo, con voz baja, casi tímida—. Perdón, no quería molestar… pero se me cortó el aire a mí también, y me di cuenta de que tenía que venir.
Él sonrió, sin prisa. No movió la puerta, solo se inclinó un poco, lo suficiente para que ella entrara sin tener que empujarla.
—¿El aire también se cortó en el cuarto piso? —preguntó, cerrando tras ella.
Catalina no respondió de inmediato. Se quedó parada en el centro del living, con las manos entrelazadas frente al pecho, los ojos fijos en él como si estuviera midiendo el espacio entre ambos. Finalmente, bajó la mirada, se mordió el labio inferior, y susurró:
—Me encanta cómo te miran las mujeres cuando entras a la bodega. Cómo te mueves… como si supieras que estás en tu casa, aunque no lo seas. Como si el mundo fuera tuyo, aunque no lo sea.
Él no dijo nada. Solo la dejó hablar. Se sentó de nuevo en el sofá, cruzó una pierna, y la observó con calma, como quien mira un atardecer que aún no ha terminado.
—¿Y tú? —le preguntó ella, ahora más firme—. ¿Tú me miras?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cada vez que te veo bajar por el pasillo. Cada vez que me saludas y tus senos se mueven un poco más de la cuenta con el movimiento de tus brazos.
Catalina respiró hondo. Se levantó la manga de la blusa, como si necesitara alivio del calor. Y luego, con una lentitud que parecía un ritual, se quitó el vestido.
No fue un gesto de teatro ni de provocación. Fue un acto de entrega. El tejido se deslizó por sus hombros, por sus brazos, y cayó al suelo como una hoja seca. Debajo, llevaba un sujetador negro de encaje, sin alambres ni soportes excesivos, y una mini-falda que apenas cubría la curva de su culito redondo. Tenía pechos grandes, firmes, con pezones oscuros y hinchados por la tensión. Y entre sus piernas —ahora ligeramente separadas— se notaba el borde de la tela de sus bragas, ya húmeda.
—Yo no sé hacer esto —dijo, con voz temblorosa—. Pero quiero que tú me enseñes.
Sombra se levantó. Lento. Con intención. Se acercó hasta ella, hasta que sus rostros estaban a centímetros, y olía su perfume: jazmín y café con canela.
—¿Quieres que te domine? —preguntó, sin apuro, con la voz tan baja que apenas se oía.
Ella asintió, sin quitarle la mirada.
—Sí. Quiero que me digas qué hacer. Que me ordenes. Que me hagas sentir que soy tuya, aunque sea por una noche.
Él le puso la mano en la nuca. La atrajo hacia él, pero sin besarla. Solo rozó su frente con la suya, y respiró su aliento.
—Entonces no te muevas —susurró—. Y si te pido algo, lo haces. Sin preguntar. Sin dudar. ¿Entendido?
—Sí —murmuró ella.
—Abre la boca.
Ella lo hizo. Con los ojos cerrados, los dientes ligeramente separados.
Él le metió los dedos hasta el fondo, uno por uno, mientras la miraba. Sentía cómo su lengua se acercaba, cómo su respiración se aceleraba, cómo su cuerpo se estremecía. Le masajeó el paladar, le rozó la base de la lengua, hasta que ella gimió, baja y ahogada.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí… sí, me gusta que me hables así. Que me digas qué hacer.
Él sacó los dedos. Se los lamió despacio, mientras la miraba fijamente.
—Ahora ponte de rodillas.
Ella dudó solo un segundo. Se arrodilló frente a él, con las manos sobre las rodillas, la espalda recta, la cabeza baja. Él se quitó la camisa, la dejó sobre el respaldo del sofá, y se desabrochó el pantalón. Se sacó la ropa interior, y su pito salió tieso y grueso, con el glande húmedo y brillante.
—Toma. —Le puso la verga en la mano.
Ella la cerró con fuerza, como si temiera que se le escapara. Lo sintió pesado, caliente, vivo. Lentamente, lo llevó a su boca. Lo rozó con la punta de la lengua, lo lamió desde la base hasta la punta, pasando por el glande, donde había una gota clara que recogió entre sus labios.
—No te apresures —le dijo él, con voz grave—. Hazlo como si fuera el primer beso que me das.
Ella asintió, y lo tomó con la boca. Lo metió hasta la mitad, y Sombra soltó un suspiro, cerrando los ojos. Ella empezó a moverse: subía y bajaba con lentitud, con la boca bien sellada alrededor del pito, con las manos sujetando suavemente los testículos, masajeándolos con los pulgares.
—Así es… —murmuró él—. Mámelo como si fuera lo único que te importa en el mundo.
Ella lo hizo. Con entrega. Con calma. Y cuando Sombra sintió que se venía, tiró suavemente de su cabello, le obligó a soltar la boca, y la giró para que quedara boca abajo sobre la alfombra.
Le subió la falda, le apartó las bragas, y descubrió su culo, ya húmedo y listo. Lo frotó con la punta de su pito, rozando el anillo, y luego lo empujó adentro, poco a poco, con cuidado, hasta que lo tuvo todo dentro.
Ella soltó un gemido largo, como si hubiera estado esperando eso desde siempre.
—Dime qué sientes —le pidió él, agarrándole las caderas con fuerza.
—Siento tu pito dentro de mí… siento que me llenas… siento que soy tuya.
Él empezó a moverse. Lento, profundo, con la mano izquierda pasándole por la espalda, la derecha agarrándole el pelo y tirando suavemente para que alzara la cabeza. Ella se movía con él, con el culo hacia atrás, con las caderas girando en círculos pequeños, como si quisiera retenerlo, como si no quisiera que se saliera.
—Sí… así es, Catalina. Mueve ese culito. Hazme sentir que me quieres. Que me necesitas.
Ella gimió más fuerte, y cuando él sintió que se venía, la agarró más fuerte, la clavó contra el suelo, y se corrió dentro de ella con un gruñido que sonó como una promesa.
Se quedaron quietos unos segundos. Él se sacó, se sentó al lado, y ella se levantó, sin apuro, se acomodó las bragas, y se acostó a su lado. Él le pasó el brazo por encima, le besó el hombro.
—¿Volverás a tocar mi timbre?
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.