La primera vez que la usé

La primera vez que la usé

@joaquin_noche ·17 de junio de 2026 · 🔥 3.8 (22) · 10 lecturas · 7 min de lectura

Yo no creí que llegaría a hacerlo. No creí que tendría el valor, la osadía, o simplemente la necesidad de cruzar esa línea. Pero fue así: una noche de calor húmedo y silencio denso, con ella sentada frente a mí en el sofá de mi departamento, los pies descalzos apoyados en el borde del cojín, los ojos bajos, las manos entrelazadas como si rezara. Llevaba una falda corta, negra, que dejaba ver las piernas largas y el contorno suave de sus muslos. Su pelo castaño, recogido en un moño bajo, dejaba expuesta la nuca, y allí, justo donde la piel era más sensible, una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna parecía esperarme.

—¿Estás segura? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía.

Ella asintió, sin alzar la vista. Su respiración era superficial, acelerada, pero controlada. No tenía miedo. Tenía confianza. Eso era lo que más me había atraído desde el principio: no era sumisa por debilidad, sino por elección. Había conocido su perfil en una red de personas con intereses similares, donde el lenguaje era claro, los límites explicitados, los acuerdos firmados en palabras antes que en actos. Nos habíamos visto tres veces antes: dos en cafés, una en su casa, siempre hablando, escuchando, dibujando con palabras lo que queríamos. Ella decía: *quiero sentirme deseada, pero también entregada*. Yo decía: *quiero controlar, pero nunca romper*. El consenso no era un trámite: era el piso sobre el que se construía todo.

—Sí —repitió, y por fin me miró. Sus ojos, marrones y oscuros, tenían una luz distinta. No era excitación, ni ansiedad. Era decisión. *Estoy aquí porque quiero que me tomes.*

Le tomé la mano derecha y se la besé en el dorso. La piel era suave, cálida, con una leve fragancia de vainilla y sal. Luego le pasé el pulgar por el antebrazo, sintiendo el latido bajo la epidermis. Le dije:

—Te quitaré los zapatos.

Ella no respondió. Solo soltó un leve suspiro y extendió una pierna. Le desaté la hebilla dorada del zapato de tacón bajo, lo deslicé con lentitud, sin prisa, como si cada milímetro de movimiento fuera una promesa. El pie quedó al descubierto: estilizado, con uñas pintadas de negro mate, los arcos altos, los dedos ligeramente curvados. Le hice lo mismo con el otro. Luego, sin soltar su pie, apoyé la palma contra su pantorrilla y subí el dedo índice por la zona interna del muslo, hasta rozar el borde de la falda.

—¿Dolor? —le pregunté.

—No.

—¿Miedo?

—Un poco. Pero bueno.

Me incliné, le besé la planta del pie, una, dos veces. Luego, lentamente, le subí la falda por las piernas, hasta que quedó sobre la cintura, revelando la lencería: braga de encaje negro, copa a juego, la hebilla de metal que cerraba por delante. Su vientre era plano, con un leve ombligo hundido, y el vello púbico, recién depilado, brillaba bajo la luz tenue del living.

—¿Estoy bien? —preguntó, en un hilo de voz.

—Estás perfecta —respondí, y esto no era flattero. Era verdad. No por lo que veía, sino por lo que sentía: su entrega, su confianza, la forma en que permitía que yo decidiera qué, cuándo y cómo.

Me puse de pie, desabroché mi camisa, me quitó los pantalones. Ella me observaba sin apartar los ojos, sin mover las manos. Cuando quedé en ropa interior, me acerqué y le desabroché la hebilla de la lencería. No la bajé de inmediato. En su lugar, pasé los dedos por el borde del encaje, sintiendo cómo se erizaba bajo mi tacto. Luego, con una lentitud deliberada, le bajé la braga hasta los tobillos, la deslicé con cuidado, como si fuera un pergamino antiguo. Ella levantó ligeramente las caderas para ayudarme, y cuando la lencería quedó en el suelo, la tomé de las muñecas y la guié hacia atrás, hasta que su espalda tocó el respaldo del sofá.

Me puse entre sus piernas. Ella abrió los muslos automáticamente, sin dudar. Y ahí, con las rodillas separadas, los pies juntos, el cuerpo archivado en una postura de entrega, me miró fijamente a los ojos mientras deslizaba la lengua por su clítoris. No con fuerza. No con apuro. Con intención. Sentí cómo su cuerpo se arqueaba, cómo sus manos se cerraban sobre los brazos del sofá, cómo su respiración se volvía entrecortada. Le chupé con suavidad, presionando con la lengua, lamiendo en círculos pequeños, y cada vez que sentí que se acercaba al borde, la detenía con un beso en el pliegue interno del muslo, para que no cediera.

—No vengas —le dije, en voz baja, pero firme—. No hasta que yo lo diga.

Ella asintió, con los labios entreabiertos, los ojos cerrados. No era una súplica lo que había en su rostro. Era gratitud. Había elegido esto: la negación como parte del placer, el control como forma de cuidado.

Me levanté. Me quitó la ropa interior. Me senté frente a ella, la tomé de la cintura y la coloqué sobre mis rodillas, boca abajo, con las manos a los lados y la frente apoyada en su brazo izquierdo. Le pasé una mano por la espalda, desde la nuca hasta la curva de la cadera, y le susurré al oído:

—Voy a usarte. No porque no me importes, sino porque sí me importas. Porque te respeto demasiado como para no darte esto.

Le di un golpe seco en la nalga izquierda. No fuerte. Lo suficiente para que salpicara un rubor en la piel, para que su cuerpo saltara levemente, y su respiración se cortara. Luego otro, en la derecha. Luego dos juntos, con más fuerza, y esta vez ella soltó un quejido ahogado, una nota que no sabía que tenía. Le besé las marcas con la boca, con los dientes apenas entreabiertos, y luego deslicé una mano hacia abajo, entre sus piernas, y le separé los labios con los dedos. Estaba húmeda. Caliente. Ya no por excitación pasajera, sino por entrega total.

Me levanté, tomé la cintura de la lencería que había dejado sobre la mesa auxiliar, y la atué con suavidad a su muñeca derecha. No era una cuerda. Era un cinturón de cuero que ella misma me había mostrado en la última reunión: *es suave, pero firme. Me gustaría sentirme atada, pero no atrapada*. Le pasé el extremo por detrás del respaldo del sofá, lo tomé con la mano izquierda y le tomé la muñeca izquierda. Le uní ambas manos con un nudo rápido, seguro, sin apretar. Ella no dijo nada. Solo respiró. Y se entregó.

Me puse entre sus piernas. Entré en ella con un solo movimiento. Fue profundo, completo, inevitable. Su cuerpo se abrió como una flor que sabía que debía florecer. La sentí ajustarse a mí, cálida, tensa, perfecta. Le puse una mano sobre la nuca, la atraje hacia atrás, y le besé el cuello, mordiendo apenas, lo suficiente para que sintiera que era mío. Empecé a moverme, despacio, con control, como si cada estocada fuera un verso que escribía en su piel.

—Dime qué sientes —le dije.

—Tuya —susurró, con los ojos cerrados.

—¿Qué más?

—Plena. Entregada. Segura.

No fui suave más. Le tomé la cintura con fuerza, le clavé las uñas en las caderas, y aumenté el ritmo. Ella gritó entonces, un grito limpio, sin vergüenza, sin miedo. Un grito de placer que no ocultaba nada. Sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo sus musculos se contraían, cómo su vagina me apretaba con fuerza, como si quisiera retenerme para siempre.

—¿Quieres que vengas? —le pregunté, mientras la embestía con más fuerza.

—Sí —gimió—. Sí, por favor.

—¿Cómo quieres que vengas?

—Con vos. Todo. Dentro.

Le detuve el movimiento, la miré a los ojos y le dije, con voz grave:

—No. Ven hoy. Ven conmigo. Pero no dentro. Quiero que lo sientas todo, pero no quiero que se pierda. Quiero que recuerdes esto.

Le di un último golpe fuerte en la nalga, y entonces me lancé dentro de ella con fuerza, dos veces, tres, hasta que sentí el impulso, y me retiré, levantándola ligeramente, y dejé que saliera todo sobre su vientre, sobre sus manos atadas, sobre su piel, mientras ella se deshacía en un quejido largo, desgarrado, que parecía venir del fondo de su alma.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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