La primera vez que garché con mi hermana de alquiler
Vos no sabés lo que es vivir con alguien que te mira como si te conociera el alma, pero al mismo tiempo te trata como si fueras un mueble más del departamento. Lucía se mudó hace tres meses. Llegó con dos valijas, una sonrisa de esas que no llegan a los ojos y el culo más prieto que vi en mi vida bajo un jean ajustado. Yo no me di cuenta en ese momento, pero ya estaba jodido.
Era mi hermana de alquiler, no de sangre. Solo compartíamos techo, pero no hablábamos mucho. Ella estudiaba psicología, llegaba tarde, se encerraba en su cuarto y a veces la escuchaba llorar. Yo hacía de cuenta que no pasaba nada. Hasta esa noche.
Llovió fuerte. El cable de luz del edificio se cortó y quedamos a oscuras. Yo saqué unas velas, prendí el fogón de la cocina para dar calor. Ella salió en bata, descalza, con el pelo mojado cayéndole sobre un hombro. Me miró y dijo: *Che, ¿te puedo pedir un favor? No quiero dormir sola con esta mierda de tormenta*. No pregunté por qué. Le dije que sí. Y ahí empezó todo.
Nos sentamos en mi cama, uno al lado del otro, con las velas encendidas. Hablamos de cosas boludas, de la facultad, de los padres, de lo solo que uno puede sentirse aunque viva con alguien. Y de golpe, sin aviso, ella me tomó la mano. Me la puso sobre su pierna, justo arriba de la rodilla. No me moví. Sentí cómo subía su bata con mi dedo índice, cómo vos subís sin darte cuenta cuando estás caliente de verdad.
Cuando le toqué la concha por arriba del calzón, ella no se quejó. Al contrario. Se abrió más, me miró con esos ojos oscuros y me dijo: *No pares*. Yo ya no pensaba en nada. Solo en meterle los dedos, en sentir si estaba mojada, en probar si sabía distinto. Le baje el calzón con una mano, lento, como si tuviera miedo de que se arrepintiera. Pero ella se levantó, se sacó la bata y se quedó desnuda frente a mí. Tenía los pechos chicos, duros, con los pezones parados como si tuvieran vida propia. Y el vello de la concha, cortito, oscuro, húmedo.
Me paré. Me saqué el pantalón, la remera. Saqué la pija del calzoncillo, dura como una barra. Ella no dijo nada, solo se acercó, me agarró la verga con una mano y me miró: *¿Nunca lo hiciste con alguien de tu casa?*. Negué con la cabeza. *Yo tampoco*, dijo, y se arrodilló.
Me la metió entera. No fue suave. Fue profundo. Me la chupó como si quisiera tragármela. Yo le agarré el pelo, sin fuerza, solo para guiar. Sentí cómo me lamía la cabeza, cómo me la succionaba con esa boca caliente, húmeda, que no paraba. Me corrí en menos de un minuto, adentro de su garganta. Ella no escupió. Se levantó, me besó, y me dejó probar mi propio gusto en su lengua.
—Ahora quiero que me cagues —me dijo, acostándose en la cama.
Me subí encima. Le abrí las piernas, le pasé la punta de la pija por el clito, por el agujero del culo, por la concha. Ella gemía, bajito, como si tuviera miedo de que alguien escuchara. Pero no había nadie. Solo nosotros, la lluvia y las velas.
Entré sin más. De una. Hasta el fondo. Ella gritó, pero no me pidió que parara. Al contrario, me clavó las uñas en la espalda y me dijo: *Más fuerte*. Y yo empecé a cogerla como si fuera la última vez. Golpe a golpe, con ganas, con hambre. Sentía cómo se contraía, cómo me apretaba la pija, cómo gritaba mi nombre.
Cuando sentí que venía otra vez, le di vuelta. La puse a cuatro, le abrí el culo con los dedos y le metí la lengua. Ella se corrió gritando, temblando, mojándose entera. Y yo volví a entrar, esta vez por atrás. Fue lento al principio, pero después fue todo fuego. Hasta que me vine otra vez, adentro suyo, sin sacarla.
Nos quedamos abrazados. Sudados. En silencio. A la mañana, todo era normal. Pero yo sabía que algo había cambi override.
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