La primera vez que el sol entró por la ventana
Nunca había notado cómo la luz del amanecer dibuja líneas sobre la piel hasta ese día. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas separadas y los dedos entrelazados sobre el muslo izquierdo, esperando. No a él, exactamente. A lo que vendría después. A lo que ya había empezado a sentir en el vientre, un calor lento que se extendía como humo.
Habíamos coincidido en una librería de viejo, semanas antes. Él llevaba una camisa azul desgastada por el sol, y yo hojeaba un libro de poesía japonesa del siglo XVIII. Me preguntó si sabía qué significaba un verso que no podía traducir. No lo sabía, pero dije que sí. Y así comenzó todo: con una mentira pequeña, dulce, necesaria. Como si ya supiéramos que lo que venía no necesitaba verdad, sino disposición.
Nos vimos de nuevo. Luego otra vez. Conversaciones largas en bares con música antigua, risas que se alargaban hasta el cansancio. Hasta que un viernes, sin pactarlo, terminamos en mi departamento. No dijimos nada al entrar. Solo nos miramos, y él cerró la puerta con el pie, sin despegar sus ojos de los míos.
Lo primero que tocó fue mi nuca. Un contacto ligero, apenas la yema de sus dedos deslizándose entre el cabello suelto. Me estremecí, pero no me moví. No quería que pensara que era fácil. Quería que supiera que era intenso. Que cada roce era un paso en una escalera que no tenía regreso.
Me quitó la blusa despacio, como si deshojara una flor que no conocía. Los botones cedieron uno a uno, y el aire frío del cuarto me erizó los pechos. Él no se apresuró. Se detuvo a mirar, a respirar cerca, a dejar que su aliento me rozara la piel antes que sus labios. Cuando por fin me besó allí, en el pezón derecho, fue con una presión exacta, ni demasiado fuerte ni tibia. Justo como si hubiera estudiado mi cuerpo en sueños.
Yo le desabroché el pantalón con las dos manos, temblando un poco. Él soltó un gemido corto, apenas audible, cuando mis dedos encontraron su piel caliente. Estaba duro, sí, pero también palpitante, como si su cuerpo entero respondiera a algo más que deseo. A necesidad. A reconocimiento.
Nos tumbamos sin prisas. Nos besamos como si tuviéramos tiempo, como si el mundo hubiera decidido detenerse en esa habitación. Y entonces, por primera vez, el sol entró por la ventana. No era un amanecer violento, sino una claridad suave, dorada, que cayó sobre su espalda desnuda y la iluminó como si fuera sagrada.
Sentí cómo se acomodaba entre mis piernas. No me penetró de inmediato. Primero, se frotó contra mí, despacio, con una cadencia que me hizo gemir sin querer. Luego, con una mano en mi cadera y la otra en mi mejilla, entró. Profundo. Lento. Completo.
Cerré los ojos. No por placer, sino por miedo. Miedo a que algo así no volviera a pasar. A que fuera un instante perfecto que no podría repetirse. Pero él, como si leyera mis pensamientos, susurró: *“Abre los ojos. Quiero verte cuando esto pase.”*
Y lo hice. Vi cómo el sol le cruzaba el rostro, cómo sus pestañas proyectaban sombras sobre los pómulos, cómo sus labios se separaban cada vez que empujaba. No era solo sexo. Era una entrega. Una entrega que yo también estaba haciendo, con cada jadeo, con cada espasmo de mis muslos, con cada lágrima que se me escapó sin aviso.
Llegué al orgasmo con los ojos abiertos, mirándolo a él, al hombre que había entrado por casualidad en mi vida y que ahora me hacía sentir que el cuerpo no era solo carne, sino memoria. Él llegó poco después, con un gemido ronco que me vibró en el cuello. Se dejó caer sobre mí, sin salir, y nos quedamos así, respirando juntos, mientras la luz avanzaba por el piso.
No hablamos. No hacía falta. El silencio era parte del acto, su epílogo natural. Y cuando por fin se levantó, recogió su camisa y me besó la frente, supe que no era un final. Era una promesa. La promesa de que el sol volvería a entrar por la ventana, y que yo estaría allí, esperando.
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