La Primera Vez Que El Cielo Se Llamó Chilango
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Lupita no era de las que se emborrachaban en fiestas de cumpleaños de primas segundas. Pero esa noche, con dos palomas de tequila y una sonrisa un poco torcida por la nervios, decidió que sí, que se subiría al Tesla del Bruno, el chico nuevo del barrio que ahora estudiaba ingeniería en la UAEM y llevaba audífonos negros como si estuviera en un set de filmación de Netflix.
—¿Y si no me dejas bajar? —dijo ella, asomando la cabeza por la ventana del auto mientras el motor zumbaba como una abeja contenta.
Bruno se rió, ese tipo de risa que le salía de la barriga y le hacía cosquillas en la garganta. —¿Yo? ¡Ni en broma! Tú eres la jefa de esto.
El auto se alejó de la luz amarilla de la calle, dejando atrás las luces de neón del *kiosko* y el olor a tamales humeantes. Lupita se ajustó la blusa, un poco apretada en el pecho, y se dejó llevar por el ritmo del auto y por el silencio cómodo que ya se había instalado entre ellos. No decían mucho, pero cuando hablaban, era como si el mundo se detuviera dos segundos.
Bruno estacionó en un lugar apartado, cerca del río, donde los sauces se inclinaban como si quisieran escuchar. El sonido del agua era apenas un murmullo, y el cielo, ese cielo chilango lleno de estrellas que nadie ve, brillaba como si supiera que algo importante iba a pasar.
—¿Te he dicho que tus ojos se ven más verdes cuando estás nerviosa? —le dijo él, acercándose despacio.
Lupita no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza, dejó que él le quitara el pelo de la nuca con los dedos suaves, y entonces lo besó. No fue como en las películas: no hubo fuego ni truenos. Fue lento, húmedo, con un sabor a tequila y a manzana, y con un escalofrío que le recorrió la espalda como una serpiente tímida que se asoma a ver el mundo.
Bruno la tomó de la cintura y la jaló contra él. Ella sintió la verga dura, pegada a su muslo, y por un segundo pensó que iba a entrar en pánico. Pero no. En su lugar, hubo una calma extraña, como si su cuerpo ya hubiera sabido que eso iba a pasar, y lo estuviera esperando desde hacía años.
Se despojaron de las cosas superfluas: la camisa de él, el sostén de ella, los calcetines que ya no tenían sentido. Él la acostó sobre el asiento del copiloto, con una manta que siempre llevaba en la maletera —“por si acaso”, decía—, y Lupita lo miró con los ojos entreabiertos, como si estuviera viendo su rostro por primera vez.
—¿Estás segura? —le preguntó, con la voz ronca, los nudillos temblando un poco.
Ella no dijo *sí*. Solo le tomó la mano y la puso sobre su pecho, sobre su corazón que latía como si quisiera salirse. Luego tiró de él, y él se dejó caer sobre ella.
La primera vez no fue perfecta. Hubo un momento de tensión, de duda, de “ay dios mío, no sé qué hacer”, y entonces Bruno se detuvo, la miró a los ojos y le besó la frente.
—No te preocupes —dijo—. Ya lo vamos haciendo.
Y así fue. Con paciencia, con curiosidad, con manos que descubrían terreno nuevo y labios que aprendían el sabor de la piel ajena. Ella sintió la verga entrar, lenta, como un río que encuentra su cauce. Y entonces, cuando él empezó a moverse, no con furia, sino con ternura, con respeto, Lupita cerró los ojos y dejó que el mundo se le derritiera en la piel.
No hubo gritos. Solo un gemido suave, apenas un suspiro, que se perdió entre los árboles y el cielo. Él se detuvo un segundo, la miró, y ella le sonrió con los ojos cerrados.
—¿Te gustó? —le preguntó.
Ella le palmeó la cara, con la palma mojada de sudor y de lluvia leve que había empezado a caer.
—Te lo digo con sencillez, Bruno: ya no voy a poder olvidar tu culo.
Él se rió, la besó otra vez, y esta vez fue ella quien tiró de él. Porque, al final, la primera vez no es sobre el clímax ni el orgasmo ni el cómo se hace. Es sobre el cómo se siente la primera vez que alguien te mira y te ve, de verdad, de pies a cabeza, y decide que sí, que te quiere, que te quiere así, tal como eres, con tus nervios, tus miedos y tus tetas flotando como dos peces tímidos.
Y cuando por fin él se dejó caer sobre ella, sudoroso y sonriente, Lupita le acarició el pelo y le dijo, con voz de quemadita de sol y cerveza fría:
—La próxima vez, te pido un churro. Pero de los del parque. Con canela y mucha azúcar.
Bruno solo asintió, y la abrazó fuerte, como si temiera que el mundo se la llevara en ese instante.
Y el cielo, ese cielo chilango, los miró desde arriba, sin juzgar, sin apurar, y les dejó ser, por una noche, dos cuerpos que se encontraron en la mitad del camino y decidieron seguir juntos.
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